Setenta y cuatro segundos ha durado el vídeo con el que Irene Rosales ha contestado este lunes en sus historias de Instagram, y en ellos se defiende con vehemencia de una acusación concreta: «Me está ahí bombardeando mensajes, me hace responsable de una situación que yo no puedo hacerme responsable, no me corresponde». Tiene toda la razón. No le corresponde, y quien se lo haya escrito por privado ha hecho algo miserable. Pero esa no es la crítica que se le hizo en abierto, ni se parece.
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Que nadie confunda los planos, porque en el vídeo aparecen fundidos en uno. Lo que le llega por privado no lo sabe nadie salvo ella, y es más que verosímil que haya crueldad de la que se escribe desde el anonimato: frente a eso, plantarse es lo sano y no admite discusión. Pero el insulto de madrugada y el reproche argumentado no son lo mismo, y al responder a los mensajes se responde a lo más fácil de rebatir. Que la culpen de un ictus es una barbaridad. Lo que se le señaló en público era otra cosa, mucho más pequeña, y esa sigue exactamente donde estaba.
Nadie le pidió luto. Se le pidió criterio
La crítica pública que se le hizo el viernes está escrita y no ha cambiado una coma: nadie le exige guardar luto por un hombre del que se separó, ni que suspenda su vida, ni que renuncie a cenar donde le apetezca. Está separada, rehízo su vida y tiene todo el derecho del mundo a ser feliz sin pedir permiso. Cuando hoy dice «yo lo único que hago es vivir mi vida sin más, con mis proyectos laborales, con mi vida, con mis vacaciones», está defendiendo algo que nadie le había discutido.
Lo que se cuestionó fue un gesto, uno solo, y sigue siendo el mismo: coger el móvil, grabar los platos de un restaurante de lujo y recomendarlo con entusiasmo a decenas de miles de personas que llevaban días leyendo que el padre de sus hijas estaba ingresado en el Hospital Sagrado Corazón de Sevilla. No la cena, que es asunto suyo. La publicación, que es un mensaje. Nadie le pide luto: se le pide criterio, y criterio es esa dosis mínima de prudencia que se le presupone a cualquiera cuando el padre de sus hijas —que es lo único que le es, pero es eso— atraviesa una situación complicada. Un día. Una tarde. No hacía falta. Sobre eso, el vídeo de hoy no dice una sola palabra, y no porque no le hayan preguntado, sino porque prefiere responder a los que le escriben barbaridades antes que a los que le señalan un gesto.
El jueves «no quiero crear noticias»; el lunes «sé que ahora será una noticia»
Y aquí llega la parte que ella misma pone en bandeja, porque el vídeo contiene su propia refutación. En el segundo cincuenta dice: «Me da rabia el tener que subir este vídeo porque sé que ahora será una noticia y tengo que hacerlo». Póngase esa frase al lado de la que pronunció el jueves, cuando pidió a ‘¡De lunes a viernes!’ desvincularse «por completo» de la noticia y remató: «En público no quiero hacer absolutamente nada. No quiero crear noticias». Cuatro días. Ese es todo el recorrido entre una cosa y la contraria. Y esta vez no hay margen para la interpretación benévola de que no calculó el efecto, porque lo dice ella: sabía perfectamente que iba a ser noticia.
«Tengo que hacerlo», añade. No tenía que hacerlo. Nadie le puso un micrófono delante ni la persiguió a la salida de ningún sitio: cogió su teléfono, en su casa, y publicó en el único lugar donde controla absolutamente todo lo que sale. Eso no es verse arrastrada a una polémica; es elegir entrar en ella. Y es exactamente el mismo patrón que señalamos el viernes: pedir desvinculación por un lado y ofrecer contenido propio por el otro. O se está fuera del foco o se está dentro, pero no en el sitio cómodo de cada momento. Que hoy lo haga con una frase que reconoce el mecanismo —«sé que ahora será una noticia»— no lo desactiva: lo confirma.
Invitar a marcharse no es cerrar la puerta
Queda el gesto central, que se presenta como un portazo y funciona al revés. «Hoy va a ser la primera vez a la que invita muchísima gente a que deje de seguirme», arranca, y remata: «Las puertas de mi Instagram están abiertas para todo el que me quiere seguir y, por supuesto, para todo el que no me quiere seguir». Es decir, despide a los críticos y ratifica a los fieles. En términos de comunidad digital eso no es renunciar a nada: es depurar el censo y quedarse con la parte que acompaña. Una cuenta pierde muy pocos seguidores el día que su dueña les invita a irse, y suele ganar bastantes el día que se convierte en noticia. Es lo que haría cualquier profesional de redes bien asesorado, y ella lleva años siéndolo. Llamarlo desprendimiento sería no haber entendido nada.
Y con esto se cierra el círculo. Que nadie lea aquí una santificación de nadie: Kiko Rivera ha sido criticado en estas páginas con una dureza documentada y lo seguirá siendo cuando toque. Pero el papel que a ella se le compró durante años —el de la mujer que aguanta, calla y ejerce— no se sostiene con un vídeo que se defiende de lo que nadie le imputó mientras esquiva lo único que se le señaló. En 2022, cuando él sufrió su primer ictus, quien estuvo al lado fue precisamente ella, y se llevó los aplausos con toda justicia. Nadie le exige repetir aquel gesto cuatro años y una separación después. Se le pedía algo infinitamente más barato: una tarde de prudencia y no darle a publicar. Sigue sin parecerle poca cosa, y ese es justamente el problema.
