Hay gestos que no necesitan explicación porque se explican solos, y anoche Irene Rosales subió uno a sus historias de Instagram. Un restaurante de lujo, unos platos de carta elitista y una recomendación entusiasta a sus miles de seguidores: «Tengo que recomendaros este sitio porque me ha parecido increíble», con mención y etiqueta al local incluidas. Nada ilegal, nada prohibido, nada que ninguna persona adulta no pueda hacer con su tiempo y su dinero. Salvo por un detalle que ella conocía perfectamente cuando pulsó «publicar»: que el padre de sus dos hijas lleva ingresado desde principios de semana después de sufrir un ictus. Y ahí es donde este medio se baja del papel de notario y opina: no hacía falta. No hacía falta en absoluto.
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Nadie le pide luto, se le pide criterio
Que quede claro desde el primer párrafo, porque el matiz importa y hay quien lo confundirá a propósito. Nadie está exigiendo a Irene Rosales que guarde luto por un hombre del que se separó, ni que suspenda su vida, ni que renuncie a cenar donde le apetezca. Está separada, rehízo su vida y tiene todo el derecho del mundo a ser feliz sin pedir permiso. Lo que se cuestiona no es la cena: es la publicación. Es el acto voluntario, calculado y perfectamente evitable de coger el móvil, grabar los platos y colgarlo ante decenas de miles de personas que llevan tres días leyendo que el padre de sus niñas está en una cama de hospital. Esa parte no es privada. Esa parte es un mensaje.

Y cuando uno lleva años construyendo un personaje público a base de mesura, de silencios elegantes y de esa imagen de mujer que aguanta y calla, cada publicación pesa el doble. Porque el personaje se sostiene precisamente sobre eso. Aquí lo advertimos hace apenas dos días, cuando analizamos aquel vídeo desde el coche que rompía el papel de «buena» que se le había adjudicado. No es una manía sobrevenida ni una campaña de última hora: es una línea que llevamos tiempo señalando y que esta semana ha alcanzado su punto más difícil de defender. Faltó descorchar una botella para completar la estampa.
El argumento lo puso ella. Se lo devolvemos entero

Lo más incómodo de todo esto es que no hace falta inventar ningún reproche: basta con recoger el que ella misma formuló. Cuando Kiko Rivera arremetió contra ella de forma injustificada en sus últimos arrebatos públicos, la sevillana respondió con la pregunta que consideró más devastadora: qué pensarían sus hijas el día de mañana cuando fueran mayores y vieran todo aquello. Era un buen argumento. Era, de hecho, el mejor que tenía. Y por eso mismo hay que hacerlo girar ciento ochenta grados y devolvérselo con la misma calma con la que ella lo lanzó.
Porque la pregunta funciona en las dos direcciones. ¿Qué van a pensar esas mismas niñas cuando sean mayores y recuperen el archivo de aquellos días? Verán a un padre publicando un comunicado desde una cama de hospital para contar que había vuelto a sufrir un ictus, esta vez con secuelas. Y verán a su madre, la misma tarde, recomendando un restaurante de lujo a sus seguidores. No verán una infidelidad, ni un insulto, ni un titular estridente: verán una foto de unos platos. Y esa foto, precisamente por lo inofensiva que parece, va a explicar más cosas que cualquier plató. Quien esgrime el juicio futuro de sus hijas como argumento moral debería ser el primero en aplicárselo antes de darle a publicar.
El silencio de una y el ruido de la otra

El contraste de esta semana es tan nítido que casi resulta didáctico. Lola García, la actual pareja del DJ, ha optado por el silencio absoluto: ni un comunicado, ni una llamada devuelta, ni una filtración, ni una historia. Solo se la ha visto angustiada en las inmediaciones del hospital sevillano. Y conviene recordar que a Lola García este periódico la ha criticado y la seguirá criticando cuando toque, y que ha sido señalada durante meses por medio país con razón y sin ella; nosotros mismos contamos cómo un programa de televisión llegó a acosar a los alumnos de su escuela de baile mientras su pareja estaba ingresado. Pero los hechos son los hechos: en la peor semana, ella ha estado, ha callado y ha ejercido.

Enfrente, Irene Rosales sí habló. Lo hizo ante el programa en el que colabora, con una fórmula que quiso ser prudente y acabó siendo glacial: «Yo quiero desvincularme por completo de la noticia, aunque de manera indirecta, pues sé que me toca de alguna manera por el vínculo que tenemos de las niñas. Pero en público no quiero hacer absolutamente nada. No quiero crear noticias». Es legítimo no querer opinar. Lo que ya no encaja es proclamar que uno no quiere crear noticias y, horas después, generar contenido propio en la única plataforma donde controla absolutamente todo lo que se publica. No se puede pedir desvinculación por un lado y ofrecer espectáculo por el otro. O se está fuera del foco, o se está dentro; pero no en el sitio cómodo de cada momento.
Y hay un dato que duele más que cualquier valoración: en 2022, cuando Kiko Rivera sufrió su primer ictus, quien estuvo a su lado en todo momento fue precisamente ella. Fue su gran apoyo, el que sostuvo aquella crisis y el que se llevó los aplausos merecidos. Cuatro años después, la misma mujer pide desvincularse «por completo». Nadie está obligado a repetir un gesto heroico con un ex. Pero de ahí a la carta de un restaurante de lujo hay un trecho que solo ella ha decidido recorrer.
La pregunta que nadie está haciendo
Vamos ahora con el punto más delicado, y lo vamos a formular exactamente como es: una pregunta, no una acusación. Este medio no tiene ninguna prueba de quién ha filtrado nunca nada del entorno de Kiko Rivera, no señala a nadie y no va a hacerlo. Pero la observación es objetiva y está al alcance de cualquiera que haya seguido este culebrón: durante años, cualquier movimiento del DJ y de su madre aparecía publicado antes incluso de que ellos lo asumieran, y en los mentideros del corazón se ha señalado con insistencia hacia el entorno más cercano. Cada cual recuerda a quién señalaba.

Y esta semana ha ocurrido algo insólito. Un hombre extraordinariamente mediático sufre un ictus a principios de semana. Su madre, Isabel Pantoja, una de las mujeres más perseguidas por las cámaras de este país, vuela desde Canarias y se planta en un hospital de Sevilla para cuidarlo. Y no se entera nadie. Ni un medio. Ni una exclusiva. Ni una foto robada.
El país no lo supo hasta que el jueves el propio Kiko Rivera lo contó en sus redes. ¿Cómo es posible que la información más golosa del verano no saliera de ese pasillo durante tres días? La pregunta se hace sola, y la respuesta no la tenemos. Solo constatamos una diferencia respecto a etapas anteriores: esta vez, en ese círculo, ella ya no está.
Ni el bueno es tan bueno ni el malo tan malo
Que nadie se confunda con lo que va a leer ahora. Este periódico ha criticado a Kiko Rivera con una dureza que está documentada y que no vamos a rebajar: hemos llamado indefendible a lo indefendible, hemos señalado sus formas, sus arrebatos, su manera de utilizar el dinero y el altavoz contra la madre de sus hijas, y lo seguiremos haciendo mañana si hace falta. No estamos santificando a nadie, y desde luego no a él. Pero honestidad intelectual obliga: cuando uno revisa el relato que el DJ lleva años desgranando sobre su exmujer, hay partes que cada semana que pasa cobran más fuerza. Y eso, aunque incomode, hay que decirlo.

Recordemos también que Lola García fue quien empujó el acercamiento entre el DJ y su madre después de años de distanciamiento: viajó con él a Canarias para aquel reencuentro crítico y sostuvo un puente que parecía imposible. En la otra etapa, cuando estalló el episodio de la herencia y aquella intervención televisiva que marcó a la familia entera, se dijo que el DJ había ido azuzado. Él siempre sostuvo que la decisión fue suya, y lo fue. Pero quien decide rodeado de alguien que empuja se equivoca más y peor. Esa es la diferencia entre una compañía que suma y otra que amplifica.
Añádase a la ecuación al actual entorno de la sevillana, del que este medio ya dio cuenta con una exclusiva: la respuesta impublicable que su pareja, Guillermo, soltó a una seguidora en Instagram. Aquello no lo dijo Kiko Rivera, ni un programa, ni un enemigo: lo escribió el hombre que hoy la acompaña. Sumemos ese episodio, el vídeo del coche, la escalada del anuncio, los dardos en lonas gigantes y ahora la historia del restaurante, y dibujemos el conjunto. Porque el conjunto ya no es el retrato de una víctima silenciosa. Es otra cosa.

La conclusión de este periódico, y es una opinión que firmamos con todas las consecuencias, es que aquí no hay un bueno y una mala, ni una santa y un monstruo. Hay dos personas que se han hecho daño y que gestionan el dolor de maneras distintas, y hay una tercera que, criticada hasta la extenuación, esta semana está callada al lado de una cama. A Irene Rosales se le ha comprado durante demasiado tiempo el papel de cordero sin revisar la letra pequeña. Cada gesto como el de anoche lo pone un poco más difícil. Y cuando el relato se sostiene solo en el personaje y no en los hechos, acaba pasando lo que está pasando: que se cae solo, sin que nadie tenga que empujarlo.
