Hay una diferencia enorme entre informar y ensañarse, y este jueves De lunes a viernes volvió a borrarla de un plumazo. La noticia del día era buena dentro de lo malo: Kiko Rivera, ingresado en un hospital de Sevilla tras sufrir su segundo ictus, había sido trasladado a planta 48 horas después, la primera señal clara de que evoluciona favorablemente. Y sin embargo, el magacín de Telecinco no dedicó la tarde a celebrar esa mejoría ni a desear su recuperación, sino a montar un juicio sumarísimo sobre por qué le había pasado. Un tribunal de sofá, con bata prestada, dictaminando en directo que el DJ «no se ha cuidado». Y conviene decirlo claro desde el principio: se puede criticar a Kiko Rivera —vaya si se puede—, pero cebarse con un hombre que acaba de tener una hemorragia cerebral es otra cosa. Eso ya no es periodismo del corazón. Es carroña con ínfulas de consulta médica.
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El diagnóstico a distancia: buitres con bata
El espectáculo fue de manual. Mientras Kiko Rivera peleaba en planta por recuperarse, en el plató se desplegaba el catálogo completo del reproche. Que «no se ha cuidado, porque habíamos tenido uno en 2022». Que «ha descuidado la medicación». Que él quiere señalar «solamente el estrés», pero que las causas son «muchísimas»: «el tabaquismo, la hipertensión, la diabetes, los problemas cardiovasculares… incluso la depresión». Que es, en fin, «un paciente con muchas patologías». Todo ello soltado con la frialdad de quien repasa un parte meteorológico, y no la salud de una persona que a esas horas estaba en observación.
La traca final la puso una de las colaboradoras, que remató indignada: «Estar en los medios de comunicación, recibir el dinero, hacer montajes, y si tienes estrés, te cuidas, tomas la medicación y vas a un médico serio». Y por si quedaba alguna duda del tono: «Decir que los medios tienen la culpa de tu estrés, yo, por lo menos, no me lo creo. Así que estoy indignada». Léase de nuevo: un programa de televisión, indignado, porque un enfermo se ha atrevido a señalar a la presión mediática. La víctima señala al verdugo y el verdugo se ofende. No hay guionista capaz de escribir una escena tan reveladora de lo que este formato se ha convertido.
Sí, Kiko se ha lucrado. Pero entonces decidlo TODO
Seamos justos, porque la honestidad obliga a conceder lo que hay que conceder. Kiko Rivera no es ninguna hermanita de la caridad. Se ha lucrado con su vida privada, ha vendido exclusivas, ha cobrado entrevistas y ha convertido sus guerras familiares —con su madre, con sus hermanas, con Cantora de fondo— en un negocio del que ha vivido durante años. Quien entra en ese juego sabe que el foco después no se apaga cuando a uno le conviene. Todo eso es verdad y no seremos nosotros quienes lo maquillemos. Que conste.








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Ahora bien, si vamos a hacer la contabilidad completa, háganse las dos columnas. Porque De Lunes a Viernes, su hermano mayor De Viernes y buena parte de sus colaboradores llevan años facturando exactamente con lo mismo: con Los Pantoja. Con el pellizco de Isabel Pantoja, con el culebrón de Cantora, con cada bronca del clan servida en horario de máxima audiencia. Han pagado nóminas, han sostenido escaletas y han inflado datos a costa de esta familia. De modo que ese plató no está en posición de dar lecciones de decoro a quien, mal que bien, les ha dado de comer. Si Kiko Rivera se ha lucrado con su drama, ellos han engordado con él a partes iguales. Y eso también hay que decirlo, porque contar solo media verdad es, precisamente, lo que hacen ellos.
La copia barata de ‘Sálvame’ que no aprende
Lo más descorazonador es que nada de esto es un accidente. Es un patrón. De Lunes a Viernes nació con la etiqueta de resucitar Sálvame, y en tardes como esta se confirma como una copia barata de lo peor de aquel formato: el mismo gusto por el linchamiento, la misma crueldad disfrazada de análisis, idéntica ausencia de límites. No es la primera vez este mismo mes.

Es el programa que, hace apenas unos días, llegó a contactar con los alumnos de la escuela de baile de Lola García, menores incluidos, para rascar información sobre la pareja de Kiko Rivera. Y es el mismo del que Rosa Benito ha decidido marcharse esta misma semana, harta de cómo se trataba en él la memoria de Rocío Jurado. Cuando una veterana de la casa se levanta y se va por vergüenza, algo huele muy mal en ese plató.
Porque una cosa es el legítimo derecho a informar sobre un personaje público —y Kiko Rivera lo es— y otra muy distinta es sentar a una mesa a diseccionar los hábitos, la medicación y las patologías de un paciente hospitalizado como si fuera un caso clínico de sobremesa. Ningún «interés informativo» ampara eso. No es más que morbo con estetoscopio, la enésima vuelta de tuerca de una televisión que hace tiempo perdió la brújula moral y que confunde el rigor con la saña. Y lo peor es que lo hace a sabiendas, porque sabe que el dolor ajeno, bien aderezado, sube la audiencia.
Mientras tanto, en el hospital de verdad
Y mientras en el plató se repartían diagnósticos y culpas, la realidad transcurría muy lejos de las cámaras. Kiko Rivera, de 42 años, confirmaba por escrito el nuevo ictus y ha sido trasladado a planta 48 horas después, «estable dentro de la situación complicada que está viviendo», con secuelas y una rehabilitación intensa por delante. Y aquí conviene recordar un dato que en el plató se despachó a la ligera: este es su segundo ictus. El primero, en octubre de 2022, fue una hemorragia cerebral de la que se recuperó por completo, sin secuelas. Que esta vez permanezca en el Hospital Sagrado Corazón de Sevilla y no lo hayan trasladado al Virgen del Rocío, donde lo atendieron entonces, es justamente la señal de que los síntomas no han sido de extrema gravedad. Un matiz nada menor para quienes, desde el sofá y sin haberle visto una radiografía, se atreven a sentenciar que «no se ha cuidado». A su lado, sin moverse ni un minuto del hospital, su pareja Lola García, la única persona que no se separa de él. Y en casa, ejerciendo de abuela, Isabel Pantoja, que corrió a Sevilla y ahora se ocupa de los nietos: dándoles la cena, la tortilla francesa, jugando con ellos. La vida real, la de las personas, ocurriendo en silencio mientras el ruido lo ponían otros.
Ese contraste lo dice todo. De un lado, una familia recomponiéndose alrededor de un hombre enfermo. Del otro, un programa incapaz de guardar una tarde de respeto, empeñado en decidir cuánta culpa tiene el propio Kiko de haberse puesto malo. Que cada cual saque sus conclusiones sobre quién sale retratado en esta historia. Nosotros ya hemos sacado la nuestra: no es el hombre que lucha en una planta de hospital. Es el circo que, incluso ante un ictus, sigue sin encontrarle el límite a nada. La pregunta, a estas alturas, ya no es qué le pasa a Kiko Rivera. Es hasta dónde están dispuestos a llegar los que viven de contarlo. ¿De verdad hace falta un funeral para que algunos aprendan a callarse?
