Hay una conversación privada entre dos de los presentadores más veteranos de la televisión española que Iker Jiménez ha decidido contar al despedir la temporada, y que retrata bastante bien cómo se mira desde dentro el trabajo del vecino. Coincidió con Pablo Motos y le soltó, entre risas, lo que llevaba años pensando: «Yo no te envidio. Me alegro mucho, además, porque eres un currante nato, pero no me pongo en tu lugar. Yo no voy a hacer un programa diario en mi vida».
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La frase la ha revelado él mismo en el discurso con el que cerró la vigésimo primera temporada de ‘Cuarto Milenio‘ en Cuatro, y tiene su gracia por lo que vino después: acabó haciendo casi eso. Porque quien juraba que jamás firmaría un diario terminó aceptando ‘Horizonte‘ y doblando carga de trabajo. Él mismo lo cuenta y explica por qué cambió de idea, que es la parte que de verdad interesa.
Por qué dijo que no durante años y por qué acabó diciendo que sí
El argumento con el que se había resistido no era de comodidad, sino de oficio: creía que el ritmo diario era incompatible con la forma de trabajar que ha construido durante dos décadas. «Pensaba que eso iba en contra de mantener ese espíritu que les cuento, de cuidar tu producto», reconoció. Es la vieja discusión de la televisión: el formato semanal permite reposar, documentar y montar; el diario obliga a llenar antena todos los días pase lo que pase. Quien lleva veintiún años sosteniendo un programa sabe perfectamente cuál de los dos desgasta antes, y por eso su comentario a Pablo Motos no era una pulla sino, según lo cuenta, admiración con distancia.
Lo que rompió esa resistencia no fue el dinero ni la audiencia, sino una deuda. Cuando Mediaset le propuso ponerse al frente de ‘Horizonte’, dijo que sí por la confianza que la dirección del grupo había depositado en él «durante uno de los momentos más complicados» de su trayectoria profesional. Su frase es corta y no admite mucha interpretación: «No podía decir que no». El balance, visto con perspectiva, lo da por bueno: «¿Qué nos ha pasado con el programa hermano? Pues que la verdad lo estamos disfrutando y lo hemos disfrutado, aunque siendo mucho más trabajo». No es una frase de compromiso: ‘Horizonte’ cerró a principios de julio la mejor temporada de su historia.
Veintiún temporadas y una etiqueta que le sigue molestando

El resto del discurso fue un ajuste de cuentas tranquilo con la etiqueta que arrastra el programa desde el primer día. «Nunca Cuarto Milenio ha sido un programa de fenómenos paranormales. Siempre ha sido un programa de historia, arqueología, curiosidad humana… Es un cajón desastre de la curiosidad», defendió. Y remató con un desdén medido: «Intentar estigmatizar a Cuarto Milenio como un programa de cosas paranormales no sé de dónde viene. Tampoco me preocupa mucho». Es la primera vez en mucho tiempo que se detiene tanto en ese punto, y lo hace justo al cerrar la temporada número veintiuno.
Ese número es, de hecho, el eje de todo el balance. «Por vigésima primera vez llegamos a la orilla del final de una temporada. Es bastante extraordinario. Muy poco frecuente a lo largo de la historia de la televisión en España», arrancó. Y midió el éxito con una vara que no es la del audímetro: «Después de 21 años hemos seguido surcando los mares con un programa que no se parece a ninguno. Eso sí que es el éxito». Para dimensionarlo conviene recordar cuántos formatos han nacido y muerto en Cuatro mientras el suyo seguía en antena los domingos por la noche.
El presentador que se volvió empresario, y lo que eso le pesa
La parte más personal del discurso no fue sobre televisión sino sobre lo que hay detrás. «Hay un lado visible y una especie de paralelo o de materia oscura. Las dos capas gravitan», reflexionó, antes de recordar sus inicios en la radio en 1990, cuando grababa programas de forma completamente amateur. De ahí sacó la advertencia que se hace a sí mismo: «Uno se convierte en empresario de los medios, tiene la responsabilidad sobre un equipo muy grande, pero tampoco te puede condicionar la vida para hacer cosas que tú no quieres hacer, porque si no la fórmula fallaría». Y admitió que detrás de esa estabilidad hay «presiones», «peleas» y una «mochila» que carga él.
Hubo también un reconocimiento al ruido del año, dicho sin nombrar a nadie: «Ni siquiera la tormenta de la política, el que el otro programa nuevo sea el fenómeno, nos ha impedido estar aquí disfrutando de lo que hacemos». Esa tormenta tiene episodios concretos y recientes, como el dardo que le lanzó Gabriel Rufián en junio. Es la frase que mejor resume su temporada, la de alguien que ha visto pasar por delante formatos más celebrados y sigue en el mismo sitio. Se despidió emplazando al público a septiembre —«Seguiremos en esta increíble travesía, que es una de las más largas de la historia de este medio. No es poco»— y dejando, casi de pasada, la promesa que más gracia hará releer dentro de unos años: que un programa diario, en su vida, jamás.
