Saltar al contenido
Opinión

Opinión: Nadie le ha preguntado nada a Ferran Torres y ya le han contestado tres veces: Pedri, Ana Mena y ahora Marcos Llorente

Pedro Serrano González
18 min 19
opinión ferran y marcos llorente

En una sola semana le han puesto tres parejas a Ferran Torres. Primero Pedri, aunque eso viene de mucho antes. Luego Ana Mena, que tuvo que salir a decir que no le conoce. Y ahora Marcos Llorente, por un abrazo al salir del agua en una cala. Él no ha dicho nada de ninguna de las tres, y no tiene por qué: no ha preguntado nadie y ya le han contestado. Esto no va de con quién se acuesta un futbolista. Va de la extraña incapacidad que hemos desarrollado para ver a dos hombres queriéndose bien sin ponerles un apellido.

Te recomendamos

«Campeones de la vida»: lo que hay en la foto y lo que le han puesto encima

Repasemos el material, porque conviene ver de qué estamos hablando exactamente. Tras ganar España el Mundial el 19 de julio, un grupo de internacionales se fue a celebrarlo a Ibiza: Ferran Torres, Marcos Llorente, Lamine Yamal y Oyarzabal, entre otros. El 23 circulan las primeras imágenes de esos días y el 24 se viralizan. Y aquí conviene detenerse, porque medio mundo ha escrito «el yate» y las fotografías que lo desencadenaron todo no están hechas en ningún yate: están hechas en una cala, sobre una pasarela de madera, con las rocas detrás y otros bañistas al fondo. Los dos aparecen empapados, acabando de salir del mar.

En la secuencia concreta, uno está sentado en los tablones y el otro se inclina sobre él por detrás y le rodea el cuello con el brazo. En otra suben juntos desde el agua, abrazados, y uno lleva una copa en la mano.

Llorente sube a Instagram una foto con Ferran y escribe: «Campeones de la vida». Ese es el corpus completo. No hay una filtración, ni una fuente, ni una declaración, ni un solo medio serio que sostenga otra cosa: todos escriben «rumores en redes», que es la manera elegante de decir que no tienen nada.

Y sin embargo, ese material dio para una semana de veredictos. Aquí conviene medir en lugar de opinar, así que lo hemos hecho: hemos revisado todo lo que entró por nuestras ciento cuarenta fuentes sobre esas vacaciones desde el 20 de julio. Más de treinta piezas publicadas en la prensa española de sociedad y corazón, y en todas el enfoque es el mismo: el chiringuito, el vino de treinta mil euros, el yate, las gafas amarillas de Llorente. Ni una sola tituló sobre un romance.

Las dos únicas piezas de nuestra captación que lo enfocan como rumor sentimental son extranjeras: Caras México y Caras Portugal. Fuera, el patrón se agrava y se vuelve literal: «¿Ferran Torres es gay?» en portada, sobre todo en medios latinoamericanos. El mismo gesto, tres lecturas distintas según quién mire. La prensa que conoce el código —el abrazo, el beso en la mejilla, el cachondeo de vestuario— no vio noticia. La que lo mira desde fuera, sí.

Hay un detalle en todo esto que retrata el nivel de exigencia con el que se ha trabajado. Caras México, en el artículo que titula sobre los rumores, escribe literalmente que de los dos «tampoco se sabe que mantengan una relación sentimental con otras personas». Eso es sencillamente falso, y se comprueba en treinta segundos en cualquier buscador. No lo traigo aquí para zanjar nada —no zanja nada, y quien crea que la vida privada de alguien se certifica con un dato del registro civil no ha entendido tampoco esto—. Lo traigo porque el medio que se lanza a especular sobre la intimidad de dos personas ni siquiera comprobó lo que está publicado desde hace años. Ese es el rigor que se ha exigido a sí mismo antes de opinar sobre con quién se acuestan dos hombres.

Antes de Llorente fue Pedri, y esto no nace en el Mundial

Conviene desmontar de entrada la idea de que esto es un calentón de la euforia. No lo es. En TikTok y en X lleva tiempo circulando #Fedri, el shippeo —imaginar o desear una relación romántica entre dos personas— entre Ferran Torres y Pedri, compañeros en el Barça desde que el primero fichó en enero de 2022 y también en la selección. Más de cuatro años de vestuario compartido, entrevistas y celebraciones.

@feridrii His smile when they mention pedri😢❤️#ferran #ferrantorres #pedri #pedrigonzalez #fcbarcelona #fedri #friends #fyp #foryou #fypage #explore ♬ original sound – 𝓾

El fenómeno tiene cuentas dedicadas y fanbase propia, y hemos podido fecharlo: el edit más antiguo que hemos conseguido datar de una de esas cuentas es del 6 de abril de 2025, más de un año antes de que empezara el Mundial.

@7fedri8 estos tres 🫶 #ferrantorres #pedri #pubill #friendship #fedri ♬ sonido original – sonidoslyrics

El vídeo más viral es de mayo de 2026, también anterior. Lo del Mundial fue el altavoz, no el origen. Y eso, lejos de rebajar el asunto, lo agrava: hablamos de un rumor sostenido durante años sobre las mismas personas.

El material del que se alimenta es tan inofensivo como revelador: abrazos, bromas, miradas y entrevistas en las que, cuando les preguntan con quién tienen una relación especial o con quién se irían a cenar, la respuesta se repite. Ferran dice Pedri y Pedri dice Ferran. Sobre eso se montan vídeos con música de Call Me by Your Name y de Heartstopper.

Y entre medias, en la misma semana, apareció el tercer nombre: Ana Mena, a la que se emparejó con Ferran porque actuó en la celebración de Cibeles llevando una camiseta con su dorsal, un rumor que ya entonces frenó en seco un periodista. Ella lo zanjó ante las cámaras con un desarme perfecto: sobre la camiseta, «la que me pusieron, chicos, yo qué sé»; sobre él, «no le conozco». Tres parejas atribuidas al mismo hombre en el plazo de unos días, y ninguna dicha por él.

Y hay un detalle en el caso de Ana Mena que prueba que esto no va de orientación sexual, sino de algo más simple y más tonto. A ella, semanas antes, le habían montado otro romance con Carlos Alcaraz a partir de una fotografía en la que le saludaba en un torneo de pádel en Marbella. Su respuesta merece enmarcarse: «Sacáis muchas cosas de contexto, chicos, de verdad. Era una foto saludando a una persona que está en un mismo sitio donde estoy yo, ya está». Y el remate: «son conclusiones absurdas». Es decir, que la misma máquina que a Ferran Torres le adjudica tres parejas en una semana le adjudicó a ella dos en un mes. Ahí no hay nadie leyendo en clave sexual: hay simplemente gente incapaz de ver a dos personas en el mismo sitio sin emparejarlas. Cuando eso se aplica a un hombre y una mujer, produce un titular bobo. Cuando se aplica a dos hombres, produce otra cosa. Y todo esto le cae encima al mismo futbolista que se quedó soltero a un día del España-Bélgica y que meses antes se bajó a sacar barro a la Horta Sud estando lesionado, sin que aquello ocupara ni una décima parte del espacio que ha ocupado un abrazo.

Hay un nombre para el miedo del que se ríe

Aquí está el fondo del asunto, y por qué importa más de lo que parece un cotilleo de agosto. El sociólogo Eric Anderson, de la Universidad de Winchester, le puso nombre hace años: homohisteria, el miedo a ser percibido socialmente como gay. Anderson describe las tres condiciones que la producen —saber que la Homosexualidad existe, un clima de desaprobación y confundir lo femenino con lo homosexual— y una consecuencia: cuando la homohisteria es alta, los hombres heterosexuales se ven obligados a exagerar la masculinidad para que nadie los confunda. Cuando baja, recuperan libertad de gesto. Lo demoledor del concepto es que le da la vuelta al foco. El que se ríe del abrazo no está diagnosticando a los que se abrazan: está confesando su propio miedo. La información que aporta ese comentario no es sobre ellos. Es sobre quien lo escribe.

Y hay una prueba histórica que lo remata. John Ibson reunió para Picturing Men más de cinco mil fotografías corrientes de entre 1850 y 1950: hombres sentados unos en el regazo de otros, abrazados, cogidos de la mano, posando así ante el fotógrafo con toda normalidad. No eran parejas: eran amigos, hermanos, soldados, compañeros de trabajo.

Lo que el libro documenta es la desaparición de todo eso a medida que avanza el siglo XX, hasta que en los años cincuenta los hombres ya posan rígidos y con un repertorio de gestos mínimo. O sea que lo raro no es el beso de Ferran a Llorente: lo raro, históricamente, es escandalizarse. Añádase que el famoso gaydar tampoco existe: William Cox y su equipo, en la Universidad de Wisconsin-Madison, publicaron cinco estudios demostrando que el supuesto acierto al adivinar la orientación por una foto se evaporaba en cuanto se igualaba la calidad de las imágenes. Su frase lo dice todo: si no lo llamas estereotipar y le pones esta otra etiqueta, parece más aceptable. Y no es inocuo: los mismos investigadores demostraron que inferir la orientación por estereotipos aumenta la agresión por prejuicio.

Y hay una regla no escrita que gobierna el contacto físico entre hombres en este país, una regla que el fútbol enseña mejor que ningún otro sitio del mundo. Se puede saltar encima de un compañero, abrazarlo por la espalda, tirarse diez al suelo en una piña y besarle la cabeza a alguien delante de cincuenta mil personas, siempre que acabe de entrar un balón. Y se puede agarrar a un rival por el cuello, frente contra frente, empujarse en un córner. Tocarse para celebrar o tocarse para pelear: las dos cosas están permitidas y ninguna llama la atención de nadie. Lo que no está en el guion es lo de en medio. El abrazo sin motivo. El cariño sin gol y sin bronca. Y eso, precisamente eso, es lo único que hay en esa pasarela de madera.

El precio de esa regla no lo pagan solo aquellos de quienes se sospecha: lo pagan, sobre todo, los que sospechan. Según el American Perspectives Survey, el porcentaje de hombres sin ningún amigo íntimo pasó del 3% en 1990 al 15% en 2021, y los que declaran tener diez o más se desplomaron del 40% al 15%. Solo el 21% recibe apoyo emocional de un amigo cada semana, frente al 41% de las mujeres. Pero detrás de esos porcentajes hay una escena muy concreta y muy poco graciosa: un hombre de sesenta y tantos, con la casa en silencio, que tiene gente con la que ver un partido y tomarse una caña, y ni una sola persona a la que llamar un martes a las once de la noche para decirle que está mal. No es que no quiera. Es que nunca aprendió a tener eso. Le enseñaron, desde niño y a base de codazos, que la ternura era sospechosa. Cada carcajada por un abrazo entre dos tíos pone un ladrillo más en esa pared, y la levantan exactamente los mismos que años después se quedarán solos detrás de ella.

No todos los que hablan están haciendo lo mismo

Meter en el mismo saco a todo el que ha comentado esto sería injusto y además falso, porque aquí hay cuatro cosas muy distintas ocurriendo a la vez. Está, primero, el que difunde el rumor sabiendo que no es verdad y precisamente por eso: porque cree que decirlo humilla. Ese merece toda la dureza, y conviene explicarle por qué fracasa dos veces. Si el rumor es falso, lo que hace es difamar por diversión, fabricar la intimidad ajena y repartirla. Y si algún día resultara ser cierto —lo que no sabe nadie y no le corresponde a nadie averiguar—, lo que estaría haciendo es preparar el arma con antelación. En las dos ramas pierde: no consigue que una mentira sea verdad, y tampoco consigue lo otro, que es lo que de verdad pretendía, que ser gay sea un daño. No lo es. El único daño aquí es el que él intenta hacer, y ese sí existe.

Está, segundo, el que cree que está haciendo gracia, y este ni siquiera tiene mala intención: tiene el reloj parado. Es el chiste de plumas de la revista de los sesenta, el codazo y el «uy, uy, uy». En su día aquello arrancaba una carcajada colectiva, tristemente, porque el marco cultural entero la sostenía. Hoy no arranca nada: cae al suelo y deja al descubierto al que lo ha lanzado. No es que el chiste ofenda, es que ya no funciona, y al caer le cuelga a su autor las dos etiquetas que menos buscaba: rancio y homófobo. Lo segundo se lo pone él solo, sin proponérselo, porque para que aquello tuviera gracia hacía falta creer que ser gay es ridículo. Ahí es donde el humorista trasnochado y el que insulta a mala fe acaban diciendo exactamente lo mismo, aunque uno crea que va de broma. Y está, tercero, el medio que especula sin verificar, que no merece indignación sino la crítica del oficio: publicar que de dos personas «no se sabe que mantengan relación con otras» sin haber hecho una sola búsqueda es un fallo profesional, y se llama así.

Y está el cuarto, que es el que exige matizar y con el que hay que ser justo: la parte del público LGTBI que fantasea con el shippeo. Eso no nace del odio. Nace de una ausencia. Lo explicó Shangay mejor que nadie al describir el fenómeno: funciona como una fantasía compartida, «la posibilidad —todavía inexistente— de ver algún día a dos futbolistas de élite, y en activo, viviendo su propia historia de amor con total libertad». Quien desea eso no está agrediendo a nadie: está echando de menos algo que no ha visto nunca. Se entiende perfectamente. Y aun así hay que decir lo otro con la misma claridad: desear que ocurra no da derecho a decidir por otro que ya ha ocurrido. La diferencia entre una cosa y la otra es toda la diferencia que hay entre una ilusión y una etiqueta.

Y está ocurriendo una quinta cosa que merece contarse, porque es la única que invita al optimismo: la reacción contra la burla también se ha viralizado, y con más fuerza que la burla misma.

Una reflexión publicada por Pablo Maca en Instagram sobre estas mismas fotografías —sobre lo revelador que resulta que miles de personas hayan decidido convertir una muestra de cariño entre dos hombres en motivo de mofa— acumula cerca de cuarenta mil «me gusta», más de mil comentarios y se ha compartido 2.653 veces. Su tesis, que suscribo, es que el gesto no habla solo de homofobia: habla de una sociedad que sigue castigando cualquier cosa que se salga del guion de la masculinidad tradicional. Ese dato importa porque desmiente la sensación de que el país entero está en el chiste. No lo está. Lo que pasa es que el chiste hace más ruido, y quien lo cuenta suele creer que habla en nombre de una mayoría que hace tiempo que dejó de acompañarle.

Ni siquiera hace falta ser gay para pagarlo

Que el problema no es la orientación sino el veredicto ajeno se demuestra con dos casos donde no hay nada que interpretar. Héctor Bellerín denunció que recibía insultos homófobos en los estadios —incluido el suyo— por llevar el pelo largo; le gritaban «lesbiana». Su reflexión es exacta: si lo que haces entra en la casilla de lo masculino, puedes hacer lo que quieras y nadie lo relaciona con tu rendimiento; pero si te pasas media hora pintándote las uñas, te culparán de haber fallado un gol.

Borja Iglesias y Aitor Ruibal de izquierda a derecha

Borja Iglesias y Aitor Ruibal, los dos heterosexuales, han recibido insultos constantes por pintarse las uñas y por llevar un bolso en una boda. Cuando la afición del Celta organizó ir al campo con las uñas pintadas en apoyo de Borja Iglesias, la respuesta en redes fue un catálogo: «bujarrada», «mariconada», «julandrones». A Ruibal, en Vallecas, un aficionado le gritó «píntate las uñas». El mismo mecanismo, la misma gente, el mismo daño.

Y conviene entender dónde aterriza de verdad todo esto, porque no es donde parece. El insulto no le hace mella a dos futbolistas millonarios con un Mundial en la vitrina; a ellos, con toda probabilidad, les resbala, y mañana estarán entrenando. Aterriza en otro sitio.

Aterriza en el chaval de quince años que juega de extremo en el equipo de su pueblo, que abre el móvil en el autobús de vuelta de un partido, lee los comentarios debajo de esa fotografía y aprende de golpe, sin que nadie se lo explique y sin que nadie le haya preguntado nada, que aquello que él es —o que sospecha que es, o que todavía no sabe cómo llamar— resulta ser lo peor que te pueden gritar en un campo de fútbol. Ese chaval no sale en ninguna portada. Pero es el destinatario real de cada chiste, y es por él, y no por Ferran Torres ni por Marcos Llorente, por lo que esto no es un cotilleo de verano.

Y aquí es donde hay que decir la frase entera, sin ambigüedad y sin ponerla entre algodones: si alguno de ellos, o cualquier futbolista, fuera gay o bisexual, no pasaría absolutamente nada. No habría nada que perdonar, porque no hay nada que perdonar. Lo único que está mal en todo este asunto es quién decide, y cuándo. Si algún día hay algo que contar, lo contarán ellos, cuando quieran y como quieran, o no lo contarán nunca, y también estará bien. Porque conviene recordar el dato que ordena todo lo demás: en casi un siglo de fútbol profesional español, ningún jugador ha salido del armario estando en activo. Ninguno, entre decenas de miles. Eso no describe la realidad, describe el precio.

Justin Fashanu

Justin Fashanu, el primero del mundo en decirlo, se suicidó en 1998 tras años de acoso, repudiado en público por su propio hermano.

Josh Cavallo

Josh Cavallo, que lo dijo en 2021, contó después que recibe amenazas de muerte a diario.

Jakub Jankto

Jakub Jankto, el único con pasado en LaLiga que lo ha declarado, lo resumió así: «Ya no quiero esconderme más».

En febrero de este año, Borja Iglesias y Aitor Ruibal conversaron ante las cámaras sobre si llegarán a ver a un futbolista de élite viviendo su vida en libertad. Iglesias respondió: «Ojalá. Hace unos años sería imposible, pero ahora siento que podría pasar. Sería fantástico, sería dar un paso enorme». Y Ruibal, que estaba imaginando en voz alta, dijo esto: «Estaría guapísimo. Que en una final de un Mundial, alguno le plante un besazo en vez de a una periodista, a un periodista».

Cinco meses después hubo una final de un Mundial. La ganó España. La ganó, además, con un gol de Ferran Torres.

Y lo que llegó no fue el beso que Ruibal imaginaba. Lo que llegó fue un abrazo entre dos amigos empapados, saliendo del agua en una cala cualquiera, convertido en un interrogatorio de una semana en cuatro continentes. Esa es la distancia exacta que nos queda por recorrer, y no la mide el gesto: la mide la reacción. Mientras tanto, y por si alguien sigue esperando un comunicado que no tiene por qué llegar, lo que hay es lo que se ve en la foto y nada más. Dos tipos que acababan de ganar un Mundial, celebrándolo. Eso es todo lo que ocurrió aquel día. Todo lo demás lo hemos puesto nosotros.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *