Conviene recordar un detalle que el relato oficial ha ido borrando: la primera burla pública, la que se pagó, se imprimió y se colgó de una fachada en el centro de Madrid, no la puso Kiko Rivera. La puso Irene Rosales. Y llevaba el nombre de él.
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Trabajar es lícito y el eslogan tenía gracia: la pregunta es quién paga el chiste
Empecemos por lo que es de justicia reconocer, y conviene hacerlo sin regatear. Irene Rosales tiene todo el derecho del mundo a trabajar. Lleva años ganándose la vida delante de una cámara, ha criado a dos hijas, se ha separado y necesita ingresos propios: reprochárselo sería, además de injusto, bastante rancio. Que una mujer de treinta y cinco años firme una campaña publicitaria y cobre por ella no admite discusión, y quien pretenda convertir eso en un pecado se retrata solo. Reconozcamos también lo segundo, que muchos se resisten a admitir: el eslogan tenía gracia. «Un mix con un mal kiko es un mal mix» es un juego de palabras bien construido, con doble sentido limpio y sin una sola palabra gruesa, del tipo que un creativo tarda semanas en encontrar. Quien no le vea el ingenio es que anda escaso de sentido del humor. Y funcionó exactamente como se esperaba: durante una semana entera se habló de la marca de aperitivos en todas las tertulias del país, que es precisamente para lo que se paga una lona en la plaza de Antón Martín el 15 de junio, el día que ella cumplía treinta y cinco años. Hasta ahí, todo defendible: una profesional trabaja, una marca acierta y el público se ríe. Nadie tendría por qué haber escrito una línea sobre el asunto.

El problema aparece donde suele aparecer: en el precio y en quién lo paga. Porque el chiste no iba sobre el producto ni sobre ella misma, que habría sido lo elegante y lo verdaderamente ingenioso. Iba sobre un hombre concreto, con nombre y apellidos, que resulta ser el padre de sus dos hijas, y se imprimió en una fachada del centro de Madrid para que lo leyera un país entero. Y ahí caben dos lecturas, las dos legítimas, y sería deshonesto esconder cualquiera de ellas. Están quienes sostienen, con razón, que ese contrato también da de comer a esas niñas, que el dinero que entra en esa casa entra para todos y que bastante ha aguantado ella como para exigirle ahora delicadeza con quien no la tuvo. Y están quienes sostienen, con la misma razón, que no todo vale para facturar; que ridiculizar al padre de tus hijas ante toda España tiene un coste que no aparece en el contrato; que dentro de unos años esas niñas van a teclear el nombre de su padre y se van a encontrar una campaña nacional en la que su madre lo convirtió en el ejemplo de lo que estropea una bolsa de aperitivos. No voy a sentenciar cuál de las dos posturas pesa más, entre otras cosas porque no me corresponde. Me limito a dejar encima de la mesa la pregunta que nadie ha querido formular en voz alta: ¿de verdad no había otra manera de trabajar?
Dos hombres, dos exabruptos y una sola condena
Él reaccionó como reacciona siempre, que es la peor manera posible: llamándola «patética» y soltando aquello de que su relevancia se reducía a haberse comido un Kiko. Una salida machista y miserable que le retrata de arriba abajo. Y no lo decimos de oídas ni por quedar bien: esta casa tituló «El descontrol de Kiko Rivera en ¡De Viernes!: ataques machistas, dedos levantados» y documentó, imagen a imagen, cómo el dj perdió los papeles señalando con el dedo al periodista Antonio Rossi en horario de máxima audiencia. Le hemos afeado cada episodio, uno por uno, y lo seguiremos haciendo mientras los protagonice. Pero fíjense en el orden de los factores, porque es justo lo que se ha perdido por el camino: primero se colgó la lona y después llegó el exabrupto. En la crónica que se ha impuesto desde entonces, en cambio, él es el provocador y ella la mujer serena que aguanta. El primer movimiento, el que costó dinero, se planificó con una agencia y ocupó una fachada entera, ha desaparecido del resumen.

Y llegamos al otro integrante del bando de los sensatos. El 20 de junio este medio publicó, tras acceder a las capturas y contactar con la autora para verificarlas, la respuesta que Guillermo Famín dedicó a una usuaria de Instagram que le había criticado. Dos palabras: «Putita, chúpala».

No a un periodista que le acosaba en la calle, no a un rival mediático con altavoz y capacidad de réplica: a una mujer anónima que le escribió un mensaje. Dos días antes había avisado de que a Kiko Rivera mejor no encontrárselo. Aquello no abrió ningún programa, no mereció mesa de debate ni tertulia indignada, y a la semana siguiente nadie se lo recordó. Aquí es donde el reparto de papeles se cae solo: si el criterio para repartir etiquetas fuera el comportamiento y no la simpatía, habría que explicar cómo es posible que el bando que insulta a desconocidas por privado y amenaza veladamente con encontronazos siga siendo, en la conversación pública, el bando de los buenos. Que el dj tenga un historial largo de salidas de tono no convierte automáticamente en templanza todo lo que venga del otro lado. Son cosas distintas, y confundirlas es un favor que alguien está cobrando.
«Una vida de color y no una vida apagada»: la conversación del coche
El 19 de julio llegó el capítulo que ya no admite interpretación, porque está grabado y se puede escuchar entero. En un vídeo casero rodado desde el coche, él la va interrogando con entonación de anuncio sobre la empresa de césped artificial que dirige: «¿Te suena de algo esa empresa? ¿Te puedo dar datos de esa empresa?». Ella entra al juego con entusiasmo de teletienda: «Te puedo decir que son los que mejor montan el césped artificial», «son los números uno», «te los recomiendo». Hasta ahí, un publirreportaje doméstico de manual, con la marca Verdegreen repetida hasta el agotamiento y el eslogan incluido: «Ponen color a tu vida, a tu jardín». Pero entonces la conversación abandona el jardín. «A mí me ha venido súper bien», dice ella. «¿Y a ti cómo te ha cambiado la vida el césped?», pregunta él. «Totalmente». Y ahí cae la frase, lanzada en forma de pregunta y ratificada al instante por la otra voz: «Pero esto es una vida de color… y no una vida apagada, ¿no?». «Total. Esto es una vida verde, bonita, llena de vida».
Léanlo otra vez, porque no hay dos lecturas posibles y conviene no hacerse el ingenuo. Nadie está hablando de césped cuando se contrapone «una vida de color» a «una vida apagada» delante de una cámara que va a ver medio país. La vida apagada tiene fecha, tiene domicilio y tiene nombre: son los once años de matrimonio con el padre de sus hijas. Y el hallazgo, si se le quiere llamar así, consiste en haber envuelto el dardo en un anuncio, de manera que quien lo señale quede como el malintencionado que ve fantasmas donde solo hay un jardín bonito. Es la misma técnica del 17 de julio, cuando, preguntada por el boicot que su exmarido había lanzado contra la marca de snacks, respondió aquello de «recomiendo mucho los kikos de Grefusa y, por supuesto, el césped artificial de Verdegreen» y media España aplaudió la elegancia sin reparar en que acababa de colocar dos anuncios en una sola frase, el de la campaña que encendió el conflicto y el del negocio de su pareja. Cinco semanas encadenando alusiones al mismo señor, cada una envuelta en algo aparentemente inocente —una lona, una risa, un césped—, y cada una perfectamente descifrable para el público al que iba dirigida. A eso, cuando lo hace él, se le llama provocación.
Lola dice lo evidente y le llueve encima
Entonces habló Lola García, y se le echaron encima. Lo que dijo, sin embargo, es difícil de rebatir: «Él siempre habla de sus ex, ¿pero sacar una campaña con el nombre de Kiko cómo es, buscar trabajo?». Y remató con la pregunta que sostiene todo este artículo: «¿Por qué una publicación que va sobre algo bonito y sobre mí tiene que ir hacia una ex? ¿Y por qué sus publicaciones son porque están superenamoradas, súper todo bien, y él no puede estar enamorado de mí?». Se puede opinar que eligió mal el momento o el tono. Lo que no se puede es fingir que la pregunta no tiene sentido.
Porque el desequilibrio es medible. Cuando ella publica una declaración de amor, es una mujer enamorada. Cuando lo hace él, es un dardo. Cuando ella cuelga una lona con el nombre del otro, es una campaña divertida. Cuando él responde, es un energúmeno —y a menudo lo es, pero eso no altera el reparto—. Esta misma semana, en el plató de De lunes a viernes, se le atribuyó a la joven un afán de protagonismo por haber contestado, y en esa mesa nadie recordó que su intervención llegaba después del vídeo del coche, después de la frase publicitaria y después de la lona. El apunte lo hizo Antonio Rossi, un periodista con oficio de sobra para saber que una respuesta no se juzga sin contar antes lo que la provocó. Él tiene motivos personales para no sentir ninguna simpatía por Kiko Rivera: fue a él a quien el dj señaló con el dedo en directo, y esta casa lo contó y lo condenó sin matices. Pero una cosa es no tenerle aprecio a alguien y otra distinta empezar la película por la mitad, justo en el fotograma en el que el que te cae mal queda peor.
Ni siquiera hace falta simpatizar con el dj para ver la asimetría: basta con aplicar a los cuatro la misma vara, que es literalmente lo único que pedía ella. Y conviene añadir algo que nadie dice: la joven no es colaboradora de televisión, no vive de esto y no ha buscado el foco. Aguanta el ruido de una guerra que no empezó, y cuando abre la boca una sola vez para decir en voz alta lo que muchos piensan en casa, se convierte en la que quiere notoriedad. Hay una palabra vieja para eso, y no es periodismo: es tener elegido el bando antes de repartir las cartas.
La pregunta incómoda: ¿para qué sirve todo esto?

Queda la cuestión de fondo, y no tengo respuesta, solo la pregunta. ¿Por qué ahora? ¿Por qué alguien que durante años ejerció de contrapeso sereno de este culebrón ha pasado en cinco semanas a la lona, al plató, a la frase publicitaria y al vídeo del coche? Uno puede aventurar que el foco es un sitio caro de mantener y que el silencio no cotiza; que una colaboradora de televisión necesita materia prima y que este conflicto es la que tiene más a mano. O puede pensar, simplemente, que se le han pegado los modos de quien tiene al lado. No lo sé. Nadie lo sabe. Pero la pregunta es legítima, y llevaba tiempo sin hacerse.
Que quede claro lo que este texto no dice. No dice que ella sea culpable de nada ni que él sea un ejemplo: Kiko Rivera ha protagonizado episodios indefendibles, los seguirá protagonizando y esta casa se los ha contado uno por uno. Dice otra cosa, más incómoda: que en esta historia hay dos bandos que se provocan, y que a uno se le mide con la lupa y al otro con la mano abierta. Que la etiqueta de la que reconcilia y tiende puentes se sostiene sobre un relato, no sobre los hechos de las últimas cinco semanas. Y que quien reparte ironías desde una fachada del centro de Madrid, y remata comparando su vida actual con la «vida apagada» de antes mientras vende el césped de su novio, ha perdido el derecho a mirar por encima del hombro a quien contesta desde una story. En medio de todo esto hay dos niñas. Ese, y no el ingenio publicitario, debería ser el criterio.
