Hay una línea que ningún programa de televisión, por muchas audiencias que persiga, debería cruzar jamás. Y De lunes a viernes, el espacio de Telecinco, acaba de cruzarla de la peor manera posible: contactando con los alumnos de la escuela de baile de Lola García —«incluso con menores de edad», según denuncia ella misma— para sacar información sobre la pareja de Kiko Rivera justo cuando el dj lucha por su salud tras haber sufrido un ictus. No es periodismo. Es carroña. Y toca llamarlo por su nombre: los responsables de esta práctica son, sencillamente, unos carroñeros.
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El comunicado desesperado de una mujer acorralada
Lola García no ha tenido más remedio que salir a defender lo único que debería estar completamente al margen de esta feria de los despropósitos: a sus alumnos y a sus familias. A través de un comunicado difundido en las redes sociales de su escuela de danza, la bailarina pedía «por favor, el máximo respeto hacia mis alumnos y sus familias», y desvelaba el motivo: «En los últimos días hemos tenido conocimiento de que personas vinculadas a un programa de televisión están contactando con alumnos de la escuela, incluso con menores de edad, buscando información sobre mí». Que haya que escribir una frase así, en pleno 2026, retrata el nivel al que ha descendido cierta televisión.
Sus palabras son un ejercicio de dignidad frente a la miseria. «Mi escuela es un espacio de aprendizaje, educación y bienestar. Los alumnos acuden a bailar, crecer y disfrutar de la danza, no a verse envueltos en situaciones ajenas a ellos», reivindicaba, antes de lanzar una petición que no debería ni tener que formularse: «Ningún menor debería recibir mensajes o llamadas para hablar de asuntos que no le corresponden». Y remataba con una súplica que resume el hartazgo de quien se sabe acorralada: «Espero que esta situación termine cuanto antes y que se respete la privacidad de quienes no han elegido formar parte de esta exposición pública». Por si quedaba alguna duda sobre a quién señalaba, ella misma lo dejó por escrito, sin medias tintas: «El programa es De Lunes a Viernes».

Cuando el periodismo se convierte en carroña
La prueba del delito la aportó la propia Lola García, que difundió la captura de uno de esos mensajes. «Hola, soy Laura, periodista del programa De Lunes a Viernes (Telecinco). Por casualidad, ¿tú o algún familiar tuyo ha ido a la escuela de baile Lola García? Queríamos saber un poco más sobre la escuela y estamos buscando la opinión de personas que hayan estado», rezaba el texto, rematado con un teléfono personal. La bailarina lo calificó con una sola palabra, tan certera como demoledora: «Vergonzoso». No hay adjetivo mejor. Rastrear a niños que van a clase de baile para exprimirlos como fuentes es lo más bajo que puede hacer un medio que se llame a sí mismo periodístico.
Seamos claros, porque aquí no caben las ambigüedades. Una cosa es informar sobre un personaje público —y Kiko Rivera lo es, y su entorno también asume una parte de exposición— y otra muy distinta es convertir a unos críos, que lo único que han hecho es apuntarse a una actividad extraescolar, en munición para rellenar una escaleta. Esos menores no han elegido nada. No firman contratos, no cobran cachés, no salen en portadas. Son, simplemente, niños. Y utilizarlos como caballo de Troya para acceder a la intimidad de una familia que atraviesa un drama de salud es una indecencia que ninguna audiencia, ningún «interés informativo» y ninguna excusa corporativa pueden justificar. Es carroña disfrazada de reportaje.
Una familia asediada mientras un hombre pelea por su salud
Y lo más sangrante es el momento elegido para semejante cacería. Todo esto sucede mientras Kiko Rivera permanece ingresado tras confirmar que ha vuelto a sufrir un ictus, un golpe que él mismo achacó al «estrés» y a la «presión mediática constante» que arrastra desde hace meses. Es decir: mientras un hombre lucha contra un problema de salud grave, en parte agravado por el acoso que denuncia, hay quien decide que es el momento perfecto para llamar a los niños de la escuela de su pareja. Si alguien buscaba una prueba de que ese «estrés mediático» del que hablaba Kiko Rivera no era una excusa, aquí la tiene, servida en bandeja por los propios responsables.
Conviene recordar, además, que esto no cae en el vacío. Hace apenas unos días, el propio Kiko Rivera anunciaba que había puesto el asunto en manos de un equipo jurídico, harto de una «oleada de insultos» que, según sus palabras, les estaba «destrozando por dentro». «Esto ya no va de críticas. Esto va de señalar, de machacar, de hacer daño sin ningún tipo de límite», escribía entonces, con la prioridad puesta en proteger a sus hijas menores, también salpicadas por la crueldad de las redes. Lo de De Lunes a Viernes no es, por tanto, un episodio aislado, sino un eslabón más de un asedio sistemático a toda una familia. La diferencia es que esta vez las víctimas ni siquiera son famosas: son alumnos de una escuela de danza.
La línea que nunca debió cruzarse
Que quede claro para no caer en la demagogia: el derecho a la información existe y es sagrado, y este mismo periódico vive de contar lo que ocurre en el mundo del corazón. Faltaría más. Nadie discute que la salud de Kiko Rivera, sus conflictos familiares o su relación con Lola García sean legítimo objeto de cobertura; forman parte del relato público de un personaje que lleva décadas en el foco. Uno puede, incluso, entender la presión de una redacción por conseguir el testimonio, la exclusiva, el titular que se despega del resto. Todo eso es el oficio, y no seremos nosotros quienes lo neguemos.

Pero hay un punto en el que el oficio se pudre y se transforma en otra cosa. Ese punto tiene un nombre y una edad: se llama menor y no llega a la mayoría. En el instante en que un programa decide telefonear a un niño para tirarle de la lengua sobre la vida privada de un adulto, ha dejado de hacer periodismo para convertirse en depredador. No importa lo amable que sea el mensaje, ni cuántos emoticonos sonrientes lleve: la intención es la misma, y es abyecta. Lola García ha tenido la valentía de plantarse y señalar con nombre y apellidos al responsable. Ahora la pregunta es otra, y va dirigida a los espectadores, a los anunciantes y a la propia Telecinco: ¿de verdad merece la pena una audiencia construida sobre el acoso a unos niños? Porque si la respuesta es sí, entonces el problema ya no es solo de los carroñeros que hacen las llamadas, sino de todos los que miran hacia otro lado.
