Lucía Pombo y Álvaro López Huerta salieron este viernes del hospital con Lola Belén en brazos, y lo que contaron a las puertas de la clínica no fue la típica foto feliz de alta médica. La influencer destapó que el parto, inducido por llegar a la semana 41, se torció desde el principio y que hubo un momento de auténtico pánico. «Fue inducido y hubo un pequeño problema al inicio. Nos asustamos mucho, dejé de sentir a la bebé, es para no recordar», explicó. Todo terminó bien, y ella insiste en subrayarlo, pero el relato de esas horas es bastante más duro de lo que se había contado hasta ahora.
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Un parto inducido que no salió como esperaba
La inducción vino impuesta por el calendario: Lucía Pombo había superado las 41 semanas de embarazo y la niña no llegaba. A partir de ahí, según su propio relato, las cosas se complicaron muy pronto. Ella lo resumió sin dramatizar pero sin edulcorarlo: «No fue todo lo bien que pensaba que iba a ir». La frase que se le ha quedado clavada y que repitió en varias versiones es la del momento en que perdió la percepción de los movimientos de la niña. «Dejé de sentir a la bebé, es para no recordar», dijo, y ese «es para no recordar» dice bastante más que cualquier descripción clínica.
Lo que salvó la situación, según ella, fue el equipo médico, y ahí es donde puso el acento con más insistencia. «Gracias al equipo todo fue bien y la niña está bien. Todos los males luego se fueron», recordó, y añadió que el parto terminó «maravillosamente bien» porque tuvieron detrás a unos profesionales que les ayudaron «muchísimo». Es una manera de contar un susto que evita el titular fácil y coloca el mérito en quien la atendió. Pero el susto existió, y ella misma ha querido dejarlo dicho en lugar de vender una llegada idílica.
La primera noche: «Se quedaba morada… venía el pediatra»
El segundo capítulo llegó cuando el parto ya había pasado y todo parecía resuelto. La primera noche con la recién nacida fue, en sus palabras, «muy angustiosa», y el motivo era la alimentación. «Con las tomas se privaba, se ahogaba, iba y venía, se quedaba morada… Venía el pediatra», relató. Cualquiera que haya pasado por unas primeras horas así entenderá el nivel de tensión que describe: una niña de horas de vida que se atraganta en cada toma y un pediatra entrando y saliendo de la habitación en plena madrugada.
De nuevo, el desenlace fue bueno y ella lo cerró en positivo: «Ya está todo bien. Nos han enseñado muchísimas cosas, a cuidar de esta niña preciosa y a disfrutarla». Ese aprendizaje es, según cuenta, lo que se lleva del hospital junto a la niña. Y explica también por qué ha querido contarlo: no como queja ni como reclamación, sino como el relato real de unos días que desde fuera parecían solo una buena noticia y que por dentro tuvieron dos sobresaltos serios.
«Yo no sabía ser madre y, de repente, te sale»

Superado el susto, la parte luminosa del testimonio es la que ella misma ha formulado mejor que nadie. «Yo no sabía ser madre y, de repente, te sale», confesó. Y añadió una frase que resume el estado en el que está: «Es un cansancio de amor, es la primera vez que no me puedo quejar de estar cansada». Viniendo de alguien que viene de dos noches sin dormir y de un parto complicado, la observación tiene su peso.

También quiso desmontar una idea muy repetida en una familia con tantos niños alrededor como la suya: que tener sobrinos te prepara para esto. «Da igual tener 20.000 sobrinos, cuando es tuyo cambia la cosa», sentenció. Su marido, por su parte, lleva desde el nacimiento sin bajarse de la nube y así lo reconoció: «Es un cúmulo de tantas cosas, la mayoría positivas. Estoy un poquito con la cabeza en otro lado». Y sobre ella, sin medias tintas: «La madre es una jabata, Lu puede con todo. Súper orgulloso de ella».
La séptima nieta, un padre impaciente y una madrina
Lola Belén es la séptima nieta del clan, y su llegada tiene para Lucía Pombo un matiz personal que dejó caer con humor. Siendo la hermana mayor, había visto cómo las pequeñas iban formando familia antes que ella: «Como soy la hermana mayor, mi padre me veía ya sin hijos porque estaba esperando y tardando mucho». El matrimonio no quería «molestar» a los suyos ni que hicieran el viaje desde Cantabria hasta Madrid, pero no les hicieron caso: se plantaron todos en el hospital.
Pasaron por allí María Pombo con sus padres, Teresa Ribó y Víctor Pombo de la Serna, y también Gabriela Toral; y por su lado Marta Pombo con su marido, Luis Zamalloa. A la salida describieron a la niña como «una monada» y «una cosita increíble», y dijeron que con ella la familia había «completado el círculo». Marta Pombo, además, será la madrina, y confesó que conocerla le ha removido cosas: «He visto fotos, es un bebecito enano con muchas ganas. Hasta me ha animado a pensar en un cuarto, imagínate».
De la falsa alarma de julio al alta: cómo se ha llegado hasta aquí

El desenlace de este viernes cierra un proceso que este periódico ha ido siguiendo desde el principio y que explica por qué el susto del parto tiene tanto contexto. En abril, ella misma desveló el nombre de la niña en un homenaje muy personal. El 6 de julio acabó en el hospital por una falsa alarma y avisó de que no era «nada exagerada ni quejica». El 21 de julio salió de casa con las maletas hechas ya en la semana 41, dos semanas después de aquella falsa alarma. Y el 22 nació la niña, y contamos que el segundo nombre, Belén, es por la amiga que murió de cáncer.
Por delante, un verano sin plan cerrado. Lucía Pombo dice que quiere «dejarse llevar» y no sabe todavía si viajará a Cantabria con sus hermanas, si se quedará en el pueblo o si acabará en Almería. Lo único que tiene claro es cómo está siendo la niña estos primeros días, y lo dijo con la cautela de quien acaba de pasar dos sustos seguidos: «La niña es un ángel, vamos a ver si tenemos la suerte de seguir así».
