Ana Milán (Alicante, 1973) no es mujer de medias tintas ni de edulcorantes. La actriz, que ha conquistado al público en ‘Camera Café’ o a través de su exitoso podcast ‘La vida y tal’, aterriza ahora en las librerías con ‘Bailando lo quitao‘ (Planeta). Lo que podría parecer el «libro de una famosa» es, en realidad, un artefacto emocional ácido y certero que huye de los prejuicios. En una entrevista exclusiva con El Confidencial, Milán desgrana una novela que nace del estómago y que reflexiona sobre la memoria, la crueldad del paso del tiempo y la responsabilidad afectiva hacia nuestros mayores.
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Bajo una encuadernación en rojo que evoca un diario antiguo, ‘Bailando lo quitao’ presenta a Josefa —Josi para los íntimos—, una mujer mayor que se asoma al abismo de la muerte con una vitalidad paradójica. La historia, ambientada en el Madrid del franquismo, ha sido un proceso de destilería de cuatro años en los que Milán ha podado y borrado más de lo que finalmente ha visto la luz. Para la autora, la novela es un grito para recordar que la vida está para ser vivida, a pesar de la «putada» que supone el final del camino.
El espejo y la tragedia de los 50
El germen de la obra reside en una conversación real con su madre enferma, quien a los 78 años no reconocía en el espejo a la mujer de 40 que sentía ser al despertar. Esa desconexión entre la mente y la piel atraviesa a la propia Ana Milán, quien a sus 52 años afronta el envejecimiento sin paños calientes. «Envejecer me parece una de las grandes tragedias. Es un ejercicio de crueldad observar cómo tu cara o tu cerebro cambian sin que puedas hacer nada», confiesa con una honestidad brutal.
La actriz denuncia la hipocresía social que rodea a la belleza madura y critica esa frase condescendiente que a menudo se lanza a las mujeres mayores: «qué guapa has tenido que ser». Para Milán, existe una falta de responsabilidad afectiva hacia los ancianos, a quienes dejamos de validar estéticamente y emocionalmente mientras exaltamos la juventud efímera de los veinte años.
Josefa: la voz dictada y el aborto sin alegría
El proceso de escritura de la novela ha sido, según Ana, casi místico. Asegura que Josefa le «dictaba» las ideas con tal rapidez que apenas daba abasto para registrarlas en su iPad. Sin embargo, para recrear el Madrid de posguerra siendo alicantina, Milán se apoyó en la observación y en las historias que le confiaron grandes damas de la escena como Pilar Bardem, Beatriz Carvajal o Amparo Baró, además de relatos familiares de amigos.
Uno de los puntos más valientes de la obra es el tratamiento del aborto. Milán huye de los discursos polarizados para centrarse en la huella emocional: «Incluso cuando abortar es un alivio, es también una tristeza, un proceso absolutamente traumático. Ninguna mujer que yo conozca lo hace desde la alegría», recalca la autora, subrayando que no es un proceso gratuito.
Heroicidades cotidianas y el adiós a la pluma
Durante la charla, Ana Milán rescata una anécdota que define su visión del heroísmo: el día que su madre, emigrante en Alemania, saltó de un tren en marcha en mitad del campo para llegar a tiempo de salvar a su hermana enferma. «Estas historias hay que contarlas, porque si no se cuentan, se mueren», afirma, comparando ese acto de amor puro con la política institucional de Von der Leyen.
Pese a la fuerza narrativa de su debut, Ana Milán se resiste a llamarse escritora. Considera que la escritura es un oficio serio que ella solo ha «visitado» para contar una historia necesaria. De hecho, coquetea con la idea de que esta sea su «primera y última novela», una postura que le relaja. Se despide con una reflexión lapidaria sobre nuestra sociedad: «Estamos muy alejados de la muerte, para nuestra desgracia, porque no hay nada que conecte más con la vida que saber que te vas a morir».
