Tamara Gorro ha vuelto a dejarse ver, y lo ha hecho en la playa. Las primeras imágenes de Tamara Gorro en Ibiza tras el ingreso hospitalario que la apartó de todo la muestran sonriente y en bikini, con el mar detrás y la familia delante: su exmarido, el exfutbolista Ezequiel Garay, y los dos hijos que ambos tienen en común, Shaila, de once años, y Antonio, de ocho. En el grupo no aparece Cayetano Rivera. Y el mismo día en que salen esas fotos, ella responde a la pregunta por su novio con seis palabras: «De él no voy a hablar». El detalle importa porque su verano llevaba semanas contándose en partes médicos y no en imágenes de playa, y porque el hueco que deja el torero lo ocupa el padre de sus hijos.
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Bikini, mar de fondo y el padre de sus hijos en la misma toalla

La escena se ha captado en una playa de Ibiza, la isla en la que Tamara Gorro tiene vivienda propia y a la que ha ido a recuperarse en cuanto ha podido moverse. Ahí está ella, fotografiada al sol, luciendo figura y con una sonrisa que no aparecía en ninguna de las imágenes que había protagonizado últimamente, todas ellas tomadas en un pasillo de hospital o grabadas por ella misma con el móvil desde una cama. A su lado, Ezequiel Garay. Enfrente, los dos niños. La estampa dice bastante más que el bañador y la arena: Tamara Gorro aparece al sol, sonriente y con sus hijos al lado, disfrutando de unos días de descanso en la isla donde tiene vivienda, después de unas semanas en las que su nombre solo iba unido a un parte médico sin diagnóstico. El exfutbolista y ella ya no son pareja, pero nunca han dejado de funcionar como familia, y esa decisión sostiene ahora el verano entero de la colaboradora: quien la acompaña en el momento más delicado de su vida adulta es el padre de Shaila y Antonio.
Tamara Gorro lo ha puesto en palabras al ser preguntada por el papel que está jugando su exmarido en todo esto. «Nos une una gran amistad y no me suelta de la mano.» La frase se suma a la relación de apoyos que ha ido enumerando cuando le piden que señale dónde se está agarrando: «En mi familia, en la gente a la que quiero, sobre todo en mis hijos. Y en mi familia virtual, la que me sigue en las redes sociales.» En esa enumeración hay un orden y hay ausencias, y las dos cosas se leen igual de bien en las fotos de la playa que en la conversación: la familia primero, los niños por encima de todo y el millón largo de seguidores que la acompaña a diario en las redes ocupando un lugar propio, con nombre propio incluido. Tamara Gorro lleva años llamando «familia virtual» a su comunidad, y ha sido esa comunidad, y no un plató ni un comunicado, la que ha recibido cada uno de los avisos sobre su estado.
«He venido a descansar, tomar el sol, ir a la playa»: la isla como prescripción médica

El plan lo ha contado Tamara Gorro sin adornos. «Estoy en Ibiza a mi casa. Sí, sí. Con los enanos, aquí tienen sus amigos, he venido a descansar, tomar el sol, ir a la playa…» No es un capricho de agosto ni una escapada de influencer con patrocinio detrás. Es lo que le han mandado hacer. Preguntada por lo que le recomiendan los médicos, la respuesta llega en forma de lista corta y taxativa. «Mucha paz, tranquilidad y descanso. Que no realice esfuerzos.» Sobre lo que le ocurre, mantiene la misma línea exacta y no la mueve ni un milímetro: «Esto es algo pasajero que va a pasar… ha sido un gran susto y toca remontarlo. Pero no voy a entrar en más detalles, no quiero alimentar el morbo. Lo que importa es que cada día que pasa me voy encontrando mejor.» Tamara Gorro sigue sin poner nombre a la enfermedad que la ha llevado hasta aquí, y el motivo que da es el mismo que ha dado siempre: sus hijos son mayores, entienden lo que oyen y no necesitan cargar con más preocupación de la imprescindible.
El otro asunto que aclara Tamara Gorro es el laboral, y ahí no hay fecha. A la pregunta de cuándo podrá volver a la televisión contesta con una fórmula que deja el calendario en blanco: «Por ahora no, ya veremos más adelante.» Su regreso queda, por tanto, sin calendario, y la próxima temporada televisiva se le plantea de momento en el aire. Lo que no ha perdido es el registro. «El ánimo no hay que perderlo nunca. Es verdad que he tenido veranos mejores, pero hay que ser optimista y seguir adelante. Como yo digo, bicho malo nunca muere, ja, ja, ja.» Con esa risa cerrada por escrito termina la parte del asunto que sí quiere tratar, y en ese punto la conversación se detiene y se pasa a otra cosa. Tamara Gorro describe un verano de siesta obligatoria, playa a media tarde y niños con sus amigos de la isla, que es todo lo contrario del agosto de trabajo, viajes y contenido continuo al que tenía acostumbrada a su audiencia.
La ausencia que se ve en las fotos y las seis palabras de Tamara Gorro sobre Cayetano Rivera

Y luego está lo que no sale en las imágenes. En estas primeras jornadas de Tamara Gorro en la isla no hay ni rastro de Cayetano Rivera. No aparece en la playa, no aparece con los niños, no aparece en el grupo familiar que la ha rodeado desde que aterrizó. Se desconoce si el torero se reunirá con ella más adelante, si tiene previsto pasarse por la isla en cualquier momento del mes o si la pareja ha decidido compartir vacaciones en otro destino y en otras fechas, algo que ninguno de los dos ha aclarado ni tiene por qué aclarar. La ausencia, en cualquier caso, se nota, porque el torero ha sido un apoyo constante durante todo el proceso y porque la relación entre ambos se ha vivido a la vista de todos. Que el hueco de la fotografía lo ocupe el exmarido y no el novio convierte una sucesión de imágenes de playa en la noticia del día dentro del asunto que más se ha seguido este verano en el mundo del corazón.
Tamara Gorro tampoco ayuda a rellenar el hueco. Al preguntarle por su novio, la respuesta es una puerta cerrada de seis palabras: «De él no voy a hablar.» Ni una matización, ni un «está bien», ni un «vendrá luego». La misma mujer que ha detallado en esa misma conversación dónde está, con quién está, qué le han mandado los médicos y cómo se encuentra cada mañana levanta la mano al llegar a ese nombre y no dice absolutamente nada más. El contraste con lo que sí ha dicho del padre de sus hijos —«no me suelta de la mano»— está a tres respuestas de distancia en la misma conversación. En su comunidad, acostumbrada a que Tamara Gorro cuente su vida en tiempo real y a que responda a todo, el silencio se ha convertido en la parte más comentada del día, por encima del bikini y por encima del parte de salud. Y no hay más material que ese: ninguno de los dos ha publicado nada sobre el otro en estas jornadas de isla, y de su entorno no ha salido una sola palabra.
El mes que hay detrás de estas fotos de playa

Para medir lo que valen unas imágenes tan banales como estas hay que recordar de dónde vienen. El 10 de julio, después de pasar por una operación de urgencia, Tamara Gorro rompió su silencio desde el hospital y se negó a revelar su diagnóstico por sus hijos: «Es algo que quiero vivir en la intimidad y, lo más importante, tengo unos pequeños que ya son mayores y hay veces que hay que «ocultar» cosas para no acentuar su preocupación.» Del resultado de aquella intervención dijo lo justo, «no la que me hubiese gustado, pero sí la mejor, estoy segura». Días más tarde contestó desde la cama a quienes la acusaban de jugar al misterio con su enfermedad. Y el 25 de julio reapareció con un gotero en el brazo para contar que llevaba cuatro días ingresada tras «un susto muy grande».
Aquel ingreso fue el final de un recorrido largo que la propia Tamara Gorro resumió con una de sus metáforas caseras: «Esto viene de hace tiempo, ya lo sabéis. Y bueno, como todo tiene un proceso, unas pruebas, un seguimiento… se ataja, se aprieta el tornillo y ya está.» A finales de julio salió del hospital y lo hizo acompañada por Ezequiel Garay y sus hijos, la misma formación exacta que ahora reaparece en la arena, y horas después entró en directo en el programa que llama su segunda casa. De Cayetano Rivera, cuya relación con ella se hizo pública a principios de año, la única imagen conjunta que existía fue un beso en la playa que el torero colgó mientras ella seguía ingresada. Un mes después, la arena vuelve a salir en la fotografía. El que no sale es él.
