Pepe Rodríguez se ha vuelto a casar con la misma mujer. El jurado de Masterchef y Mariví Fernández han repetido el «sí, quiero» veinticinco años después del primero, en una ceremonia religiosa celebrada en plena Sierra de Madrid ante un puñado de familiares y amigos, con música en directo y sin una sola cámara invitada. Lo cuenta este lunes la revista ¡HOLA!, que resume la noche con el brindis que sonó en el jardín: «¡Por 25 años más!».
Te recomendamos

Bertín Osborne se queda sin fecha de vuelta a los escenarios tras suspender el concierto de Chamberí y un amigo íntimo avisa: «No remonta, no remonta»

Luis Enríquez contesta a las burlas por su camisa de lino en la boda con Susanna Griso y publica entero el discurso: «Una foto no puede ser lo único que valga»

Aterrizó el domingo por la mañana, justo cuando su hijo se iba: Juan Carlos I vuelve a Mallorca ocho años después y entra en Marivent de noche

«Lo sabe quien lo tiene que saber»: Tamara Gorro sale del Ruber con Ezequiel Garay y sus hijos, cuenta cómo está y se guarda para ella qué tiene
La cita no era una improvisación de verano. Hace justo un año, el chef ya avisaba en una entrevista con El Debate de que estaba «a punto de celebrar sus bodas de plata», y lo decía con la misma naturalidad con la que habla de todo lo suyo. Ha tardado en montarla lo que tarda un hostelero en encontrar un hueco, pero la ha montado.
Champán en lugar de blanco y lino azul para el novio
Los detalles del día los da ¡HOLA!, y dibujan una boda deliberadamente pequeña. La ceremonia fue religiosa y, en palabras de la revista, «entrañable», con los mensajes de los allegados como parte del guion y música en directo para acompañar. Nada de gran salón, nada de listado interminable de invitados, nada de lo que suele acompañar a un rostro con doce temporadas de televisión a la espalda. Quien conozca mínimamente al cocinero no se sorprenderá: lleva años repitiendo que su plan preferido es cenar en casa con su mujer y sus hijos, y que todo lo que huela a alarde le sobra.

El vestuario fue en la misma línea. Él apostó por un look veraniego y relajado, de pantalón de lino azul y chaqueta blanca, sin corbata a la vista. Ella cambió el blanco por el color champán, con un vestido satinado de cuello halter rematado con capa, una elección que suele hacerse cuando ya no se estrena matrimonio sino que se confirma. Los otros protagonistas de la jornada fueron sus tres hijos, María, Jesús y Manuela, que en el verano de 2025 tenían veintidós, veinte y dieciséis años y que su padre describe como la razón por la que organiza su agenda como la organiza.
Un bar de Illescas, un partido de tenis y una rubia que no era del pueblo
La historia empezó detrás de una barra. Pepe Rodríguez servía copas en un local que había montado con su hermano en Illescas, su pueblo de Toledo, cuando entró Mariví con una amiga a tomar algo después de jugar un partido de tenis. Él lo ha contado sin adornos: «Como ella no era del pueblo, ya me pareció extraño, exótico. Y aunque no quiero sexualizar la cosa, la verdad es que era, y es, una mujer guapísima: una rubia de esas que llamaba la atención». No hubo contacto inmediato. Se fueron encontrando por la localidad en diferentes circunstancias, como dos vecinos más, lo que propició las primeras conversaciones.
Lo que él dice que le sigue enamorando de ella no tiene nada de cinematográfico: «Cómo hace que todo sea normal, desde la humildad y la sencillez. No hemos buscado hacer nada extraordinario, pero compartimos las cosas importantes». Y remata con una descripción de sí mismo que explica bastante bien por qué la boda ha sido como ha sido: «Yo era un tío, y sigo siéndolo, muy elemental, precario, del centro de Illescas… muy básico. No sé qué vio ella en mí, porque era un chico que podría parecer no estar dentro de sus cánones». A los veinticinco años de matrimonio hay que sumarles, según su propia cuenta, «casi ocho de novios» previos.
«No sé cuál es nuestro secreto para vivir en este mundo»
Preguntado por la receta de un matrimonio que aguanta veinticinco años en un país donde se rompe la mitad de ellos, el cocinero se negó a dar lecciones. «La verdad es que no lo sé, porque lo hago desde la inconsciencia y desde la ignorancia. Lo que intento es cuidar y respetar a mi mujer y a mi familia, a las personas a las que amo, para intentar que estén bien», respondió. Reconocía además que su casa se ha vuelto una rareza estadística entre su propio círculo: «A veces parece que somos muy raros, porque invitamos a muchos amigos a casa y la gran mayoría ya van por su segundo o tercer matrimonio». De uno de ellos, decía, ya le había organizado tres bodas en el restaurante.
Tampoco quiso ponerse solemne cuando le plantearon que lo suyo era casi una familia exótica. «Es una suerte, porque nos entendemos, nos comprendemos, somos felices, sufrimos los problemas de nuestros hijos, nos alegramos de las virtudes de nuestros hijos… Y en ese caminar diario es donde uno se encuentra», contestó, antes de frenar en seco: «No quiero dar rollos moralistas, que no sé si sirven para algo. Yo no sé cuál es nuestro secreto para vivir en este mundo. Sólo actúo desde la sencillez, el cariño y el respeto. Como hace mi mujer, y con mucha más generosidad que yo». La frase que más se le ha citado desde entonces resume el resto: «No sé si tengo mayor regalo que estar en casa y poder cenar con mi mujer y mis hijos».
El chef que hace un mes decía que muchas veces quería salir corriendo

La celebración llega en un momento particular de su vida profesional. A finales de junio, en el pódcast La escalera roja, el chef admitió que se plantea cerrar El Bohío pese a estar en su mejor momento económico: «Ahora que es cuando mejor va me digo: ¿qué hago yo aquí solo? ¿Necesito estar felizmente esclavizado como estoy?». Habló del desgaste, de los bancos azuzando en las malas épocas y de las ganas de echar el cerrojazo y dejarle la casa al equipo. Es el restaurante que abrió su abuela en 1934 como casa de comidas y donde él mismo sirvió mesas de joven, y esa mochila sentimental es lo único que, de momento, le frena.
El curso tampoco ha sido plácido en lo personal. Hace apenas unos días despedía por carta a Paco Ron, el cocinero de Viavélez, con un texto que dolía leer. Y en enero le tocó, junto a Jordi Cruz, romper el silencio sobre la marcha de Samantha Vallejo-Nágera tras trece años juntos en el programa. Con ese año a la espalda, montar una segunda boda con la misma mujer, en un jardín de la sierra y sin prensa dentro, se entiende mejor que como un capricho de aniversario.
