Luis Enríquez se casó el sábado con Susanna Griso en la Costa Brava con pantalón chino y camisa de lino, y desde entonces las redes no han hablado de otra cosa que de su ropa. Este lunes por la noche ha contestado. Y lo ha hecho de la única manera que desactiva una burla: publicando entero el discurso que pronunció esa noche, para que se juzgue por lo que dijo y no por cómo iba vestido.
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Las críticas habían sido bastante duras. «Parece un camarero al que le dijeron «ponte aquí»», escribió alguien. «Es que por no llevar, no llevaba ni la camisa planchada», remató otro. Dos días de chistes sobre un hombre que se casaba, y ni una línea sobre lo que había pasado dentro de la ceremonia.
Éste es muy bueno https://t.co/PF0qtwowf5
— Luis Enríquez (@Lleng7) July 27, 2026
«Una foto no puede ser lo único que valga»
Su respuesta llegó en X, sin acritud y con el humor por delante: «Lo único que me jode de este gran descojono que he desencadenado es haber dado la impresión contraria de lo que pensaba y sentía. Como una foto no puede ser lo único que valga (y a esta boda de íntima no le queda nada) aquí lo que dije, que es lo que pienso. Y ya». No pidió respeto ni reprochó nada a nadie. Colgó el texto y se apartó.
Lo único que me jode de este gran descojono que he desencadenado es haber dado la impresión contraria de lo que pensaba y sentía. Como una foto no puede ser lo único que valga (y a esta boda de íntima no le queda nada) aquí lo que dije, que es lo que pienso. Y ya. pic.twitter.com/ftb8F1C2p4
— Luis Enríquez (@Lleng7) July 27, 2026

El discurso arranca con una idea que explica por qué esta boda no se parecía a una primera boda. «Os diré que esto de casarse por segunda vez es complicado», empieza. «La primera vez los contrayentes van solos, los entregan los padres pero van con las mochilas vacías. Van a construir sobre un terreno yermo. Nosotros vamos a construir sobre dos catedrales». La frase arrancó las carcajadas de los invitados, pero apunta a algo muy concreto: los ocho hijos que aportan entre los dos, cinco de él y tres de ella, de sus matrimonios anteriores.
Ocho hijos y un amigo que ya no está
«No venimos solos, venimos con ocho», dijo. «Esto es un monumento a la generosidad, a la de estos ocho, la que han tenido hasta ahora y la que vamos a necesitar que sigan teniendo en el futuro». Ahí está el motivo de que la boda se organizara como se organizó, con siete padrinos y sin mesas asignadas: una familia que se junta no se sienta por protocolo.
La parte que dejó el silencio en el jardín fue la dedicada a David Gistau, el periodista amigo de los dos que los presentó y que murió hace unos años. «Como vio que no nos enterábamos de nada nos mandó a Romina para que me arrastrara a la fiesta de Susanna del famoso 20 de diciembre de 2024», contó. Y le habló directamente: «Así que hermano ya lo hemos entendido, puedes descansar, cuida de los chicos, ya no tienes nada más que hacer». Es el hombre al que las redes llamaban camarero, hablándole a un muerto delante de doscientas personas.
Morante, Sabina y treinta años por delante
El resto del discurso es una lista de contradicciones asumidas con humor. «Decíamos que jamás volveríamos a casarnos… Ahora vivo en una casa en el campo y tengo tres perros, y ella ha visto en un año a Morante más veces que a Rubén Amón», bromeó, sobre una periodista de plató convertida en aficionada a los toros. Hubo sitio también para el oficio de los dos —«un monumento al periodismo, treinta años de carrera dedicados al asunto»— y para los padres de ambos, los que estaban y los que ya no.
Y cerró con un guiño a Sabina y Rocío Dúrcal que sonó a declaración: «Es un monumento al amor, pero no uno civilizado, con recibos y escenas de sofá, sino uno en el que te dan las 11, y las 12, y La 1, y las 2, y las 3… Un amor en el que caminito al hostal nos besamos en cada farola». Terminó así: «Todas las noches son noches de boda y todas las lunas, lunas de miel. Empezando por esta de hoy. Felices próximos 30 años, amor».
La boda que ya venía dando titulares
El enlace llevaba días siendo material de crónica, y casi todo lo que se contó apuntaba en la misma dirección que el discurso. Antes de la ceremonia ya se sabía que habría siete padrinos, ceremonia a las ocho de la tarde y ninguna mesa asignada, en un hotel de la Costa Brava por el que pasaron Ava Gardner y Sinatra. Siete padrinos para una pareja que se casaba por segunda vez: la cifra ya anticipaba lo de las dos familias. Después llegó el vestido, que fue lo único que la novia consiguió mantener en secreto hasta el final: entró del brazo de su hijo con un palabra de honor de firma mallorquina.
Y hubo un gesto que contaba la misma historia sin necesidad de discurso. Cuando llegó el momento del ramo, ella no lo lanzó al aire: se lo entregó en mano a Blanca, la hija de él. No a una amiga, ni a una de sus tres hijas, ni al azar de quien lo cazara. A la hija de su marido. Dos familias que se mezclan, ocho críos por delante y una manera bastante clara de decirlo sin decirlo. Quien se quedó mirando la camisa de lino se perdió la boda entera.
