El paleontólogo que enseñó a varias generaciones a mirar hacia arriba cuando el suelo tiembla ha muerto en Sídney a los 78 años. La familia de Sam Neill confirmó este lunes el fallecimiento del actor a través de sus redes sociales con un comunicado sobrecogedor por lo que tiene de cruel paradoja: el intérprete se ha ido de forma «repentina e inesperada» apenas tres meses después de anunciar al mundo, exultante, que un tratamiento pionero había borrado de su cuerpo el Cáncer de sangre contra el que llevaba años peleando.
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«Es con inmensa tristeza que la whānau de Sam Neill comparte la noticia de su fallecimiento el lunes 13 de julio, en Sídney, Australia», arranca el mensaje difundido por los suyos, que emplean la palabra maorí que designa a la familia extensa, la comunidad, la tribu de los afectos. El texto, breve y desnudo, detalla que el actor murió «rodeado de su familia» y que se marchó «con la dignidad que ha caracterizado toda su vida». Y entonces llega la frase que lo cambia todo: «La pérdida ha sido repentina e inesperada, pero bendecida por el hecho de que Sam seguía libre de cáncer». Los suyos agradecen los cuidados del personal del hospital privado St Vincent’s y piden respeto a su intimidad mientras «navegan esta pérdida inconmensurable», al tiempo que avanzan que se conocerán más detalles próximamente.
La batalla que había ganado hace tres meses
Para entender la brutalidad del golpe hay que retroceder al pasado mes de abril. El intérprete neozelandés convivía desde 2022 con un linfoma angioinmunoblástico de células T en estadio 3, una variante rara y agresiva de cáncer sanguíneo que había ido devorando su rutina a base de ciclos de quimioterapia. El tratamiento convencional terminó por dejar de responder, y fue entonces cuando el actor se sometió a una terapia CAR-T dentro de un ensayo clínico australiano. El resultado lo contó él mismo, todavía incrédulo, ante las cámaras de la cadena australiana 7NEWS: «Acabo de hacerme un escáner y no hay cáncer en mi cuerpo. Es algo extraordinario». Aquella noticia recorrió medio planeta como un pequeño milagro de laboratorio y devolvió a los fans a un hombre que jamás había ocultado su enfermedad ni la había envuelto en épica barata.

De hecho, el veterano actor había convertido su diagnóstico en literatura. En sus memorias, tituladas Did I Ever Tell You This?, escribió una línea que hoy se lee con un nudo en la garganta: «Ahora soy un hombre vivo, con toda la intención de seguir viviendo y viviendo y viviendo». Ese humor seco, esa manera de plantarle cara al miedo sin dramatismo, es exactamente lo que ha subrayado el primer ministro australiano, Anthony Albanese, en su despedida: «Irónico y seco, reflexivo y lacónico, Sam luchó contra la enfermedad con la misma dignidad, el mismo humor y la misma convicción que daban fuerza a cada una de sus interpretaciones». El jefe del Gobierno australiano ha recordado además que el actor participó «en tantas historias australianas queridas» que acabó ganándose «un lugar especial en el corazón» del país.
Del sombrero de Alan Grant al policía más siniestro de los Peaky Blinders

Nacido en 1947 en Omagh (Irlanda del Norte) como Nigel John Dermot Neill, se trasladó con su familia a Nueva Zelanda en 1954, y allí se fraguó una carrera de más de cinco décadas que arrancó con Sleeping Dogs (1977) y estalló internacionalmente con My Brilliant Career (1979). Pero fue en 1993 cuando su rostro se volvió universal: Steven Spielberg le entregó el sombrero y el gesto huraño del doctor Alan Grant en Jurassic Park, la adaptación de la novela de Michael Crichton que redefinió el cine de aventuras. Volvería a calzarse las botas del paleontólogo en Jurassic Park III (2001) y, casi treinta años después del original, en Jurassic World: Dominion (2022), reencontrándose con Laura Dern y Jeff Goldblum en una de las reuniones más celebradas por los nostálgicos de los noventa.


Reducirlo a los dinosaurios sería, sin embargo, un desprecio a una filmografía camaleónica. Ese mismo 1993 protagonizó El piano, la película de Jane Campion que se llevó la Palma de Oro, y antes había firmado títulos tan distintos como Calma total (1989) junto a una jovencísima Nicole Kidman o La caza del Octubre Rojo (1990). En televisión dio vida al mago en la serie Merlín (1998) y, sobre todo, al inspector jefe Chester Campbell, el policía corrupto y sádico que atormentó a los Shelby en las dos primeras temporadas de Peaky Blinders. También asomó por el universo Marvel en Thor: Love and Thunder (2022) y deja rodado un papel en la esperada Godzilla x Kong: Supernova. Nominado en varias ocasiones a los Globos de Oro y a los Emmy, fue nombrado caballero de la Orden del Mérito de Nueva Zelanda en 2022. Y hay una anécdota que resume su carrera oblicua: se presentó al casting de James Bond en los ochenta, y el esmoquin acabó en manos de Timothy Dalton.
El viticultor que llevó las historias de su país al mundo
Lejos de los focos, el actor tenía otra vida: la de bodeguero. Fundó el viñedo Two Paddocks, en la región neozelandesa de Central Otago, y presumía de sus pinot noir con la misma sorna con la que se reía de sí mismo en las redes sociales, donde se había convertido en una figura entrañable a base de vídeos caseros con sus animales. Le sobreviven cuatro hijos y ocho nietos. El primer ministro neozelandés, Christopher Luxon, lo ha despedido como «uno de los grandes» y ha puesto el acento en el pionero: «Empezó cuando en este país apenas existía una industria del cine de la que hablar. Durante más de cincuenta años llevó las historias de Nueva Zelanda al mundo». La actriz Rebecca Gibney, compañera de tantos rodajes, resumió en una línea el sentir del gremio: «En completo shock. Esto es desgarrador».
Quedan las películas, claro, y queda esa imagen imborrable del hombre que se quitaba las gafas de sol en mitad de una llanura de Costa Rica y se olvidaba de respirar ante un braquiosaurio. Pero queda, sobre todo, la lección de alguien que hizo del pudor una forma de valentía: contó su cáncer sin autocompasión, celebró su curación sin triunfalismo y se marchó, según los suyos, tal y como vivió, con dignidad. Que el destino le concediera tres meses de victoria antes de bajar el telón es, quizá, el único consuelo posible en una despedida que nadie esperaba.
