Barcelona se queda sin una de sus voces más libres. Gilda Love, la transformista más veterana del mundo y una leyenda viva de la noche del Paralelo, ha fallecido a los 100 años en su vivienda del barrio de Sant Andreu, según ha confirmado una amiga íntima de la artista. Con ella se apaga el último eco de aquella Barcelona canalla y dorada, la de los cabarés que desafiaron a la censura, y desaparece una figura que convirtió su propia existencia en un acto de resistencia. «Me gustaría que dijeran que siempre he sido una transformista como Dios manda», había pedido apenas el pasado diciembre. Lo fue hasta el final.
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Su vida, digna del guion de una película, arrancó muy lejos de los focos. Nacida en San Fernando (Cádiz) en 1925 en el seno de una familia de veinte hermanos, abandonó su isla natal a los diecisiete años huyendo de las palizas que recibía por su orientación sexual, después de que intentaran quemarla y ahogarla. Aquel niño señalado se marchó como paracaidista al desierto de El Aaiún, donde permaneció hasta 1948 y donde, con su sorna característica, aseguraba haber hecho «un poquito la guerra» y otro tanto el amor entre sus compañeros de la Legión. De aquel infierno saldría la coraza de humor y descaro que la acompañaría toda la vida.
De Rita Hayworth al mítico Madame Arthur de París

El nombre artístico no fue casual. Lo tomó prestado de Gilda, la película que consagró a Rita Hayworth, y de ella heredó también su número estrella, aquel ‘Amado mío’ que nunca faltaba en su repertorio y que interpretaba con un garbo inconfundible. Su gusto por la pista lo cultivó en el escenario más prestigioso posible: el parisino Madame Arthur, templo del transformismo a mediados del siglo XX, donde compartió cartel con auténticos mitos del género como Coccinelle o Dolly Van Doll. Allí aprendió que el escenario podía ser un refugio y un altar, y no lo abandonaría jamás.
Ya asentada en Barcelona, su figura quedó ligada para siempre a las salas legendarias de la noche catalana: la Bodega Apolo y la Bodega Bohemia, desde donde el año 2000 rodó ‘Yo soy así’, el documental de culto de la cineasta holandesa Sonia Herman Dolz. Con su peluca pelirroja de grandes dimensiones y sus trajes desbordantes de color, se convirtió en una de las artistas más aclamadas del Raval, un personaje que hizo del descaro su bandera. «Mi padre quería un niño; mi madre, una niña, y yo nací café con leche», soltaba ante un público siempre entregado, resumiendo en una frase toda una vida de dignidad a contracorriente.
Superviviente de la represión y musa de una nueva generación
La suya no fue solo una carrera artística, sino un testimonio de supervivencia. Gilda Love fue una de las figuras más castigadas por la brutalidad policial durante la Transición, una época en la que subirse a un escenario vestida de mujer podía costar la libertad. Pese a todo, resistió, y su singular estampa permaneció intacta durante las últimas tres décadas. Lejos de retirarse, en sus últimos años reapareció en salas como El Cangrejo o Candy, donde ofreció sus postreras actuaciones y donde regresó convertida en referente absoluto para las nuevas generaciones de artistas drag, que veían en ella el eslabón vivo con una historia que casi se había perdido.

Su reconocimiento definitivo llegó con ‘Cantando en las azoteas’, la película dirigida por Enric Ribes con la que sorprendió a todos en 2022 y que llenó de homenajes el cine Maldà y el Ateneo del Raval, donde sus incondicionales acudían en masa a cada proyección. A esas alturas ya no era solo una vedete: era un mito viviente, la memoria de un mundo desaparecido y la prueba de que la libertad, una vez conquistada, no se rinde. Su horda de fans la acompañó hasta el último aplauso.

Una despedida sin sueños pendientes
El fallecimiento ha sumido en una profunda tristeza a su entorno más cercano, encabezado por su sobrino Daniel, uno de los pocos familiares con los que la artista quiso mantener el vínculo, y por su inseparable amigo, el cupletista Adrián Amaya, que la ha acompañado hasta sus últimos días y que, por expreso deseo de la vedete, será quien custodie sus enseres personales. Aún no han trascendido los detalles del último adiós, aunque se espera que la fecha y el lugar de la despedida se conozcan a lo largo de esta jornada.

Queda, sobre todo, una lección de vida serena frente a la muerte. Quienes la trataron cuentan que no le importaba marcharse porque sentía que había cumplido todos sus sueños y no le quedaba ninguno pendiente. Se va en paz, con la certeza de haber vivido exactamente como quiso, la que fue durante décadas la reina indiscutible de las noches del Paralelo. Barcelona, que tantas veces la castigó y tantas otras la aplaudió, se queda hoy definitivamente sin su voz más gamberra y más libre.
