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EXCLUSIVA: Irene Rosales reprocha a este periódico «los tiempos» de una historia que colgó ella misma con el padre de sus hijas ingresado

Pedro Serrano González
10 min 154
irene rosales 33

Irene Rosales ha respondido dos veces a este periódico en menos de una hora. Lo ha hecho este viernes por la tarde, desde su cuenta verificada de Instagram, en los comentarios de la publicación en la que Vibras en Corte difundió su artículo de opinión sobre la historia del restaurante de lujo que ella misma colgó mientras el padre de sus dos hijas permanece ingresado tras sufrir un ictus. Primero escribió: «Qué necesidad de querer crear polémica… Quizás seáis vosotros lo que no respetáis los tiempos por hacer de una noticia una polémica». Y después, tras la contestación del medio, remató: «No soy ningún Cordero, soy una mujer que simplemente hago mi vida», con un guiño incluido. En ninguno de los dos mensajes discute un hecho: los dos reprochan al periódico haber contado algo que publicó ella.

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«Los tiempos» los eligió ella, no este periódico

La frase que ordena todo lo que vino después es la primera, y merece leerse despacio: «Quizás seáis vosotros lo que no respetáis los tiempos». Es un reproche de calendario, y el calendario no lo fijó esta redacción. Los tiempos los eligió ella.

Nadie la obligó a coger el móvil aquella noche, ni a grabar los platos, ni a publicarlos en el momento exacto en que los publicó, con el padre de sus hijas ingresado y el país entero pendiente de un parte médico. Si este asunto tiene un «cuándo», es porque se lo puso ella. Exigir a un medio que respete unos tiempos que rompió la propia protagonista es, en el fondo, pedir que un hecho público deje de existir porque incomoda que se comente. En el segundo mensaje reaparece el mismo mecanismo con otras palabras: «me otorgáis una responsabilidad públicamente para generar polémica». Esa responsabilidad no se la otorgó nadie. La ejerció ella sola, con su cuenta verificada y ante decenas de miles de seguidores, que es precisamente lo que distingue una cena privada de un contenido publicado.

Conviene dejar constancia de algo más, aunque baste una línea, porque tiene su peso: en ninguno de los dos mensajes hay un desmentido. Y no lo hay porque no puede haberlo. Aquí no existe una versión enfrentada a otra, ni un dato en disputa, ni un testimonio anónimo al que exigir pruebas: existe una publicación suya, con su fecha y con su firma, colgada por ella misma. Nadie desmiente lo que ha publicado con su propia mano. De ahí que ninguna de sus dos respuestas entre a discutir lo que ocurrió y las dos discutan, en cambio, que se cuente. El debate se desplaza del hecho al agravio y el hecho, mientras tanto, sigue exactamente donde estaba.

Este periódico le contestó públicamente y en el mismo hilo, sin acritud: «Quizás la polémica no sea generada por el medio, ni siquiera es nuestra pretensión. Recogemos lo que vemos. Saludos». La réplica de ella llegó minutos después y es la que conviene leer despacio: «Recogéis lo que veis y me otorgáis una responsabilidad públicamente para generar polémica e incluso me señaláis y juzgáis por mi manera de actuar. No soy ningún Cordero, soy una mujer que simplemente hago mi vida».

«Hago mi vida»: nadie ha dicho lo contrario

Aquí está el punto que ordena todo el debate, y merece decirse con claridad porque lo ha puesto ella misma sobre la mesa. Nadie ha cuestionado que Irene Rosales haga su vida. Ni este periódico ni nadie tiene nada que opinar sobre dónde cena, con quién o cuándo: eso es suyo, es privado y es intocable. Lo que se comentó no fue su vida. Fue su publicación. El acto voluntario, meditado y perfectamente evitable de coger el móvil, grabar unos platos y colgarlos ante decenas de miles de seguidores en un día concreto.

Esa distinción no es un matiz de abogado: es toda la diferencia entre la intimidad y lo público. Si hubiera cenado y no lo hubiera contado, no habría artículo, porque no habría nada que comentar. Existe artículo porque ella decidió que aquello dejara de ser su vida privada para convertirse en contenido. Y desde el instante en que un contenido se publica entra en el terreno donde otros lo leen, lo valoran y también lo comentan. Eso no es señalar a nadie: es la consecuencia natural de publicar.

La palabra «cordero», la hemeroteca y el movimiento de siempre

Sobre el «no soy ningún Cordero» conviene precisar, porque el titular decía otra cosa. No se la llamó cordero: se escribió que el papel de cordero se le cae solo. La diferencia entre lo que alguien es y el papel que le adjudica el público no es un juego de palabras, y este periódico lleva semanas señalando esa distancia. El 22 de julio ya publicamos que el vídeo desde el coche rompía el papel de «buena» que se le había adjudicado. No es una ocurrencia de esta tarde: es una línea sostenida y anterior a esta polémica.

Y sobre la idea de que un medio la «señala» por su manera de actuar, la hemeroteca reciente aporta contexto. El 15 de junio lanzó una indirecta a Kiko Rivera desde una lona gigante en pleno centro de Madrid. El 16 de junio respondió a su exmarido en directo en Telecinco con una frase que recorrió todas las redacciones. El 17 de julio contestó al boicot de él a su campaña publicitaria recomendando dos marcas en pantalla. Nada de eso es reprochable: es su trabajo y está en su derecho. Pero describe a alguien que maneja el altavoz público con soltura, no a alguien a quien los focos persiguen contra su voluntad.

Hay además un patrón que el archivo permite describir sin necesidad de adjetivarlo, porque son piezas fechadas y publicadas. Cuando el foco se coloca sobre una decisión suya, la respuesta rara vez discute la decisión: recoloca la conversación en el terreno del daño recibido. «Me señaláis y juzgáis por mi manera de actuar» es exactamente ese movimiento. El 30 de abril, ante las acusaciones de Isa Pantoja, rompió su silencio con «la respuesta definitiva». El 12 de mayo, frente a Kiko Rivera, marcó límites con un «no le voy a permitir ni una». El 16 de junio, tras la réplica de él, contestó con un mensaje de autoafirmación. Y el 18 de junio, cuando Carmen Lomana la acusó de aprovechar la fama de su exmarido, respondió con dureza.

Cuatro episodios en tres meses con la misma arquitectura: alguien cuestiona una decisión, y la contestación no va sobre la decisión, sino sobre lo injusto de que se la cuestione. Es una estrategia legítima y la usa mucha gente en el foco. Pero conviene nombrarla, porque explica por qué esta tarde no hay un solo desmentido y sí dos mensajes sobre lo mal que está que un periódico opine. El debate se desplaza del hecho al agravio, y el hecho —la publicación, el día, el contexto— se queda intacto y sin discutir.

«No quiero crear noticias»: lo que dijo veinticuatro horas antes

El elemento que más pesa es el más reciente, y está documentado por todos los medios. El jueves, preguntada por el ingreso de su exmarido, Irene Rosales declaró ante el programa en el que colabora, De lunes a viernes: «Yo quiero desvincularme por completo de la noticia, aunque de manera indirecta, pues sé que me toca de alguna manera por el vínculo que tenemos de las niñas. Pero en público no quiero hacer absolutamente nada. No quiero crear noticias, ni crear nada. No, no, es que no quiero entrar, no quiero verme vinculada en el tema directamente». Añadió: «no es un tema que yo ya tenga que estar involucrada».

Un día después de pedir desvincularse «por completo» y de asegurar que no quería «crear noticias» ha publicado dos comentarios públicos, con su cuenta verificada, en el perfil de un medio de comunicación y sobre ese mismo tema. Está en su derecho y este periódico no se lo discute: cualquiera puede replicar a lo que se escribe sobre él y es sano que lo haga. Pero conviene señalar lo evidente, porque es información y no valoración: quien dijo que no quería verse vinculada al tema ha protagonizado esta tarde, con sus propias respuestas, dos episodios nuevos del tema.

No es solo su exmarido: es el padre de sus hijas

Conviene dejar sentado lo que nadie discute, porque es exactamente lo que ella reclama y se le concede entero: Irene Rosales ya no es la mujer de Kiko Rivera, no le debe nada, no tiene obligación alguna de acompañarlo, ni de suspender sus planes, ni de rendir cuentas a nadie sobre cómo organiza sus días. Es su exmarido, ella hace su vida y está en su pleno derecho, exactamente como escribió. Ese terreno es suyo y este periódico no ha entrado en él ni piensa entrar. Lo que ocurre es que el hombre ingresado no es un ex cualquiera ni un desconocido: es el padre de sus dos hijas, las mismas niñas por las que ella misma reconoció el jueves que el asunto le toca «de alguna manera» por «el vínculo que tenemos». Y con el padre de tus hijas en un hospital tras un ictus, colgar los platos de un restaurante de lujo no es un delito, ni una traición, ni un asunto que competa a la justicia. Es, sencillamente, de mal gusto. Eso fue lo que se comentó: el gusto de la publicación, jamás su derecho a cenar.

De ahí que no haya, en el fondo, nada que rectificar, y que este periódico tampoco vaya a pedírselo. No hay dos versiones enfrentadas, ni un dato en disputa, ni una fuente anónima a la que exigir pruebas: está la historia que ella subió, el día que ella eligió, en la cuenta que ella gestiona y ante los seguidores que ella reunió. No hay nada que contrastar porque la prueba la aportó la propia protagonista, y una prueba propia no se rebate. Por eso sus dos mensajes no discuten ni una fecha ni un hecho, sino el derecho de un periódico a comentarlo. Y por eso el único movimiento que queda sobre la mesa es el de siempre, el que el archivo permite describir sin necesidad de adjetivarlo: el papel de víctima. Este periódico mantiene íntegramente lo publicado, no tiene nada que retirar y recoge sus dos respuestas completas y sin recortar, que es la obligación de quien opina sobre una figura pública. Lo que no puede pedirse a un medio es que unos hechos dejen de existir porque incomode que se cuenten. La polémica no la creó quien la escribió: la creó quien la protagonizó y después decidió, dos veces, comentarla.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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