Le han preguntado por el boicot que su exmarido ha lanzado contra la marca de frutos secos que ella anuncia, y Irene Rosales ha contestado con la única fórmula que desactiva por completo una guerra: una sonrisa y un anuncio gratis. «Recomiendo mucho los kikos de Grefusa y, por supuesto, el césped artificial de Verdegreen», ha soltado entre risas. En una sola frase ha publicitado la campaña que enfadó a Kiko Rivera y la empresa de su actual pareja. Jaque en dos movimientos.
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Era la primera vez que se le preguntaba por el asunto desde que él pidiera a sus seguidores que no compren productos de la marca, el último capítulo de un enfado que arrancó con aquel eslogan que se tomó como algo personal: «un mix con un mal Kiko es un mal mix». Por el camino ya había anunciado medidas legales contra ella, algo que no consta que llegara a hacer, y la había tachado de «patética». Faltaba saber qué opinaba la aludida. Ya se sabe.
«No voy a entrar en ese tipo de chorradas»

La respuesta de ella al llamamiento al boicot no puede ser más demoledora precisamente por lo poco que se emplea a fondo. «No voy a entrar en ese tipo de chorradas. Yo estoy en otro momento de mi vida para ponerme… He pasado página por completo», ha asegurado. Y cuando le han preguntado si del todo, ha rematado con un «totalmente» que no deja espacio a la interpretación.
Lo mejor llegó después, con una frase que retrata mejor que ninguna otra en qué punto está cada uno: «Si ese comentario le ha servido para que pase un buen rato con sus amigos y demás, yo que me alegro por ello». Es decir: donde él ve un agravio que merece una campaña de castigo contra una empresa, ella ve una anécdota de sobremesa. La distancia entre ambas lecturas es el verdadero titular.
El vídeo del césped y la mano tendida

El segundo frente abierto estos días fue el vídeo en el que Lola García, la actual pareja del artista, aparecía barriendo con una escoba el césped artificial de la zona de la piscina del chalet en el que él vive a las afueras de Sevilla. Media España lo leyó como un dardo a Guillermo, el novio de la sevillana, propietario precisamente de una empresa de césped artificial. Él lo desmintió muy enfadado, arremetiendo contra los reporteros y llamándoles «tontos» por preguntarle.
Aquí es donde la exmujer del dj hace algo que no se lleva mucho en este culebrón: rebajar el tono en lugar de avivarlo. «No es un asunto que a mí me importe mucho, y yo creo que se sacan todas las cosas un poco de contexto y no creo que las cosas sean con segundas», ha explicado. Y ha ido más allá, poniéndose del lado de la otra parte: «No creo que lo haya hecho en ese aspecto ni nada. Ni muchísimo menos».
Su argumento para no entrar al trapo es puro sentido común, y suena casi a advertencia: «Como estemos así, al final va a ser una guerra abierta continuamente». Traducido: si cada vídeo de una escoba se convierte en un misil, esto no termina nunca. Y ella, con dos hijas en común de por medio, parece tener claro que ese desgaste no le compensa.
Lo único que no ha querido contestar
Hubo, eso sí, una pregunta que esquivó, y no es casual que fuera la más íntima de todas: en qué punto está hoy su relación con el padre de sus hijas y si el contacto entre ambos sigue produciéndose únicamente a través de los abogados. Ahí no hubo sonrisa ni frase ingeniosa. Dejó en el aire si le gustaría un acercamiento por las niñas, que es exactamente lo que separa el ruido publicitario de lo que de verdad importa en esta historia.
El resumen del episodio es casi didáctico. Él ha convertido un eslogan de frutos secos en una cruzada con llamamiento al boicot incluido; ella ha respondido recomendando esos mismos frutos secos y de paso el negocio de su pareja, sin levantar la voz y sin dedicarle un reproche. Quien quiera saber quién ha pasado página de verdad, que compare las dos reacciones. No hace falta más.
