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Opinión

Kiko Rivera firma su comunicado para que nadie lo dude y ‘De lunes a viernes’ se ríe del ictus, de la IA y del cortisol de Lola García: un 7,9% de audiencia y dando lecciones de moral

Pedro Serrano González
12 min 17
de lunes a viernes kiko y lola

Un hombre de 42 años que lleva dos ictus encima ha tenido que terminar hoy su parte de salud con algo que no debería existir en ningún país serio: «Texto escrito por Kiko Rivera… por si hay una pregunta en el aire». Desde el plató de De lunes a viernes le han contestado que no frivolice con la palabra bullying, que del periodismo ha comido toda la vida, que suelte el móvil y que a Lola García le pongan «un prompt a la IA» para que el próximo comunicado no salga tan descarado. Todo eso, en la misma tarde, sobre un enfermo que salió del hospital el domingo.

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«Por si hay una pregunta en el aire»: la frase que ningún enfermo debería escribir

El texto que Kiko Rivera ha publicado este miércoles empieza donde debería acabar todo: «me paso por aquí para deciros que la recuperación va de escándalo. Me encuentro de maravilla y estoy avanzando incluso mejor de lo que esperaba. Al final, la desconexión, la familia, la rehabilitación y la medicación que me han mandado están siendo el mejor tratamiento posible». Explica también por qué informa él: «prefiero ser yo quien os lo cuente para que no tengan que ser otros quienes hablen por mí o se inventen cosas. Si los medios quieren saber cómo estoy, de aquí pueden sacar la información». Y deja caer una frase que retrata veinte años de vida bajo el foco: «no os podéis imaginar lo bonito y, a la misma vez, lo extraño que es poder ser yo mismo quien os diga cómo estoy, sin que haya filtraciones. Después de tantos años, poder hacerlo así tiene un valor enorme». Un hombre celebrando, como quien celebra un lujo, que por una vez la información sobre su propio cerebro no la dicte un tertuliano cobrando.

Después llega el peaje, que es la parte que sonroja. El mismo texto tiene que gastar dos párrafos en defenderse: «me parece increíble que haya personas que piensen que los textos me los escribe Lola. De verdad, es sorprendente hasta dónde puede llegar la imaginación de algunos». Y a continuación: «también me parece increíble el bullying al que seguimos estando sometidos, incluso una semana después de haber sufrido un ictus. Pero eso, al final, habla mucho más de quien lo hace que de quien lo recibe». Cierra con la línea que resume el estado de las cosas: «Dios me debe querer mucho porque, después de dos ictus con solo 42 años, todavía quiere que siga aquí». Y remata firmando lo que ha escrito: «texto escrito por Kiko Rivera… por si hay una pregunta en el aire». Que un enfermo tenga que autentificar su propia voz, como quien enseña el DNI en un control de carretera, es la medida de lo que se le ha hecho estos días. Nadie firma sus palabras si nadie se las ha puesto en duda antes. Y quien se las puso en duda tiene nombre, cadena y hora de emisión.

«Del que tú has estado comiendo»: hablemos de quién come de quién, y de qué

La respuesta de Óscar Repo a esas dos palabras —una semana de hostigamiento a un convaleciente— fue esta: «a mí lo que me molesta es que se frivolice con la palabra bullying cuando, cariño, estamos haciendo nuestro trabajo del que tú has estado comiendo y llevas comiendo toda la vida». El «cariño» dirigido a un hombre al que dieron el alta el domingo ya dice bastante del registro del bloque. El argumento, además, es tramposo y viejo. Que alguien haya cobrado por sentarse en un plató no le retira el derecho a recuperarse sin que le persigan: un contrato de televisión no es una renuncia firmada a la salud, y desde luego no es un salvoconducto para especular en abierto con quién teclea los mensajes de un hombre que tiene medio cuerpo sin responder. Pero si de verdad quieren jugar a esa regla —quien ha comido de esto no puede quejarse de esto—, que la apliquen hasta el final, porque se les vuelve entera en contra. Ellos comen de esto. Comen de esto en directo, esta misma tarde, y lo que se están comiendo esta semana es la convalecencia de un enfermo. Él comió de contar su vida; ellos comen de contar la de él sin haberle preguntado.

Hay que situar además desde qué altura se están repartiendo estas lecciones de moral. De lunes a viernes firmó ayer martes un 7,9% de cuota y 540.000 espectadores, según los datos de audiencia publicados. No es un tropiezo puntual: en su duelo de tarde con Y ahora, Sonsoles viene perdiendo, y en la franja de coincidencia directa se quedaba en un 8,1% y 595.000 espectadores frente al 9,1% y 674.000 de Antena 3. Ese es el púlpito. No hay detrás un servicio público que justifique el bloque de esta tarde, ni una investigación, ni un interés general que proteger. Hay una tarde de verano, una audiencia que se les escurre entre los dedos y un enfermo célebre al que exprimir porque es lo único que mueve el mando. A eso se le llama carroñeo, y no deja de serlo porque se emita con rótulos bonitos y una escaleta.

«Que le pongan un prompt a la IA»: la burla iba dirigida a la mujer que le cuida

El segundo turno de Óscar Repo fue directamente una mofa: «él en el comunicado dice que la recuperación va de escándalo, pero por favor, ya que tienen experiencia en hacer comunicados y en utilizar la IA, que le pongan un prompt a la IA, que no sea tan descarado lo que vamos a poner». Ese «tienen» no es un descuido gramatical. Va dirigido a Lola García y apunta al comunicado que ella publicó anoche, el que rompió seis días de silencio.

Traducido: que la próxima vez que su pareja salga a defenderle, se lo escriba mejor la máquina. Debajo del chiste hay una acusación de tres pisos. Primero, que miente sobre cómo está. Segundo, que ni siquiera escribe lo que firma. Tercero, que existe un «ellos» organizado fabricando partes médicos de mentira. Ninguna de las tres se apoya en un solo dato. Nadie de esa redacción ha entrado en esa casa, ni ha visto un informe médico, ni ha hablado con el neurólogo que lleva el caso. Lo único que existe es un hombre contando cómo se encuentra y un plató decidiendo, desde un decorado, que se encuentra peor de lo que dice y que además lo dicta otra persona.

Hay algo todavía más revelador si se ponen los dos días seguidos. Ayer, en ese mismo programa, la tesis era que los textos se los escribía Lola García; llegaron a rotularlo en pantalla —«en el estado actual de Kiko, ella parece responsable de la cuenta personal del DJ»—. Hoy, veinticuatro horas después, la tesis es que se los escribe una Inteligencia Artificial. Las dos no pueden ser verdad a la vez, y a nadie del plató parece importarle la contradicción. La conclusión estaba puesta antes que la prueba, y cada tarde se busca un camino nuevo para llegar a ella. Da igual la novia, da igual la máquina: lo que no entra en el guion es la versión que no da titular, la de un hombre de 42 años escribiendo desde su casa lo que le apetece contar. Porque esa versión no da minutos, no da bloque y no da pie a un debate de hora y media. Y el negocio no es la salud de Kiko Rivera: el negocio es la duda sobre su salud, que se puede estirar indefinidamente y no obliga a comprobar nada.

«Que deje el móvil a un lado»: la consulta médica más barata de la televisión

Laura Matamoros aportó el diagnóstico: «después de un ictus lo que tienes que hacer es estar en reposo absoluto, no hacer cinco comunicados, dejar el móvil a un lado». Y la presentadora, Beatriz Archidona, en lugar de cortar el asunto, lo completó: «y no estar tan pendiente de lo que se dice». Ahí se rompen dos cosas a la vez. Por un lado, un programa de televisión recetándole reposo a un paciente al que no ha visto y contradiciendo de paso lo que ese paciente ha explicado que le han mandado sus médicos: desconexión, familia, rehabilitación y medicación. Por otro, la trampa de siempre, que la conocen de sobra. Si Kiko Rivera calla, el plató especula a placer porque no hay nadie enfrente que desmienta. Si habla, el plató le dice que hable menos y se centre en curarse. La única salida que le dejan abierta es la que a ellos les conviene: que se calle y que sean otros quienes cuenten cómo está. Que es, casualmente, el modelo de negocio de la casa desde hace veinte años con esta familia.

Esos «cinco comunicados» que se le reprochan tampoco salieron de un capricho de vanidad. Salieron de que el 23 de julio, con él todavía ingresado, ese mismo espacio atribuyó su ictus a su forma de vida sin que existiera parte médico alguno, y de que fue a preguntar por él a la escuela de baile donde trabaja su pareja, alumnos menores incluidos. Cuando alguien lleva una semana respondiendo a lo que se inventan sobre su cuerpo, informar deja de ser estrategia de comunicación y pasa a ser defensa propia. Él lo dejó escrito hoy con una claridad que no admite réplica: «si los medios quieren saber cómo estoy, de aquí pueden sacar la información». Un programa que dijera la verdad sobre su oficio lo agradecería, porque le ahorra el trabajo y le da la fuente directa. Y es lo último que quieren, porque un enfermo que informa de sí mismo deja sin negocio a quien vive de adivinarlo en voz alta durante hora y media.

El cortisol, el «mucho respeto» y una mujer que solo había pedido tregua

Faltaba el capítulo de Maica Benedicto, que ayer fue quien abrió el bloque preguntando quién escribe los textos «si Kiko está grave y con medio lado paralizado». Hoy, en tono de mofa, se ha dirigido a Lola García para decirle «que no se enfade, que cuando una se enfada aumenta el cortisol y eso es muy peligroso». Acto seguido ha soltado una frase que hay que leer dos veces para creerla: «a eso nos dedicamos y siempre lo hacemos con mucho respeto». Y preguntada de forma directa por si se retractaba de algo, ha zanjado: «yo lo mantengo, claro que sí». Burlarse del cortisol de la mujer que cuida a un enfermo de ictus y llamarlo respeto en la misma intervención no es un desliz: es cinismo puro, y encima autoconsciente. Que lo haga alguien cuyo bagaje en la crónica social cabe en el reverso de un cromo lo hace más difícil de tragar, no menos. El propio Santi Acosta —que se emplea a fondo bailando en su propio programa, méritos no le faltan para cualquier otro formato de la casa— confirmó de qué iba todo esto al reconocer en directo que Lola «se ha enfadado con nosotros, especialmente con nuestra compañera Maica». Lo dijeron ellos solitos: la respuesta de Lola era por ellos.

Esa respuesta, la de anoche, no se parece en nada a lo que el plató está dibujando. Lo que Lola García escribió al romper seis días de silencio no llevaba un solo nombre propio, ni una amenaza, ni un anuncio de acciones legales: llevaba una petición —«de verdad, dejad de hacer daño, dar un poco de tregua»— y una frase de amor a un hombre convaleciente. Lo colgó gratis, en una historia de Instagram, sin plató, sin exclusiva y sin cobrar un euro, frente a un bloque entero de colaboradores que sí cobran por opinar de ella. Veinticuatro horas antes, él había reaparecido abrazado a ella llamándola «la mujer de mi vida» en su primera imagen tras el alta, y el domingo había contado él mismo que las secuelas le afectan a la parte izquierda. Ese es todo el material verificable que hay encima de la mesa: dos personas contando su vida en primera persona, gratis y a cara descubierta. Lo demás lo pone un programa que ayer hizo un 7,9% y que hoy, para llenar la tarde de un miércoles de julio, ha decidido que un hombre con dos ictus a los 42 años miente cuando dice que se está recuperando, y que su pareja necesita una máquina para escribir que le quiere. No hay periodismo ahí. Hay una tarde que rellenar y una familia a la que exprimir hasta que deje de dar audiencia, y eso, eso no lo van a conseguir nunca, antes llegará la extinción de los abanderados de la moral.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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