Telecinco lo ha bautizado, sin el menor rubor, como «el reencuentro del siglo». Este domingo a las cuatro de la tarde, El show de Paz sentará cara a cara a Paz Padilla y a Aramis Fuster, una década después de la guerra que ambas protagonizaron. La cadena vende la cita como un acontecimiento capaz de resucitar sus anémicas tardes de verano, y lo anuncia a bombo y platillo desde las cuentas oficiales del programa. Pero lo más elocuente no es el reencuentro en sí, sino su procedencia: sale de las mismas entrañas de Sálvame, el fenómeno que Mediaset juró haber enterrado y del que, tarde tras tarde, no deja de exhumar cadáveres.
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Un «acontecimiento» con más de una década de moho
💥10 años después, Paz Padilla y Aramís Fuster vuelven a verse las caras en #ElshowdePaz
— El show de Paz (@elshowdepaz) July 4, 2026
El reencuentro del siglo 💣 DOMINGO, a las 16:00h en @telecincoes y @MedInfinityES pic.twitter.com/nf15t6j2iJ
Conviene detenerse en el envoltorio, porque el envoltorio lo dice todo. «Diez años después, Paz Padilla y Aramis Fuster vuelven a verse las caras. El reencuentro del siglo», proclama la promoción oficial de El Show de Paz. El adjetivo no es inocente: se presenta como novedad rutilante lo que en realidad es la reedición de una vieja trifulca de plató, un rifirrafe que solo puede calificarse de histórico si uno mide la historia de la televisión en trienios de tertulia. La pregunta cae por su propio peso. ¿De verdad el mayor reclamo que una cadena generalista es capaz de ofrecer a sus espectadores en pleno verano de 2026 es desempolvar la enemistad entre una humorista y una autoproclamada vidente que se enzarzaron hace diez años? La respuesta, incómoda, es que sí. Y que además lo hace sin despeinarse, convencida de que la nostalgia por el morbo es un valor en alza.
El problema, claro, no es que Telecinco recurra a rostros conocidos ni a viejas rencillas para llenar minutos; eso ha sido siempre la gasolina de la crónica social. El problema es la contradicción flagrante que supone hacerlo desde una cadena que lleva años empeñada en convencernos de que ha pasado página, de que aquella televisión de gritos, saetas y biombos pertenece a un pasado del que se avergüenza. Se entierra al muerto con gran solemnidad y, acto seguido, se le invita a la fiesta. El velatorio y la resurrección, en el mismo canal y a la misma hora.
La saeta, la pillada y el «libro negro»: crónica de una guerra 100% Sálvame
Porque no hay que engañarse sobre el origen de esta reyerta que ahora se rentabiliza como oro reencontrado. La chispa saltó en Sálvame, allá por abril de 2016. Aramis Fuster acudió al plató asegurando que atravesaba una miseria absoluta, que había dormido en la calle, que apenas podía andar ni le quedaba voz. La respuesta del programa fue de manual del género: emitieron un vídeo grabado esa misma mañana en el que se la veía caminar con total normalidad, dejando su relato en evidencia. La vidente, indignada por la encerrona, abandonó el plató, y fue entonces cuando Paz Padilla, entonces una de las presentadoras de la casa, salió tras ella acompañada de Kiko Hernández para cantarle una saeta desde detrás de un biombo. Ni un solo fotograma de aquel numerito se concibió fuera del laboratorio de Sálvame.
La herida siguió supurando en el tiempo. En abril de 2022, con motivo del decimotercer aniversario del programa, Aramis Fuster regresó al plató para cargar de nuevo contra la humorista con una virulencia difícil de olvidar. «Esa señora se debería llamar Guerra, porque es una desgraciada», soltó, antes de rematar con la frase que hoy explica el reencuentro: «Me cantó una saeta y qué mal le ha salido, porque la han echado de todos los sitios porque está en mi libro negro». La vidente llegó a atribuirse, en aquel arrebato, la mismísima salida de Paz Padilla de Mediaset. Fue un momento tan bronco que hasta el propio plató tuvo que frenarla, recordándole que a quien habían echado por mentir, años atrás, había sido a ella. Toda la munición que El Show de Paz disparará este domingo se fabricó, pieza a pieza, en la cadena de montaje de Sálvame.
💣Paz Padilla y Aramís Fuster vuelven a verse las caras
— El show de Paz (@elshowdepaz) July 4, 2026
MAÑANA, a las 16:00h, en #Elshowdepaz en @telecincoes y @MedInfinityES pic.twitter.com/uU2wxPnzqL
Paz Padilla, del portazo a Mediaset a maestra de ceremonias del mismo circo
Y aquí es donde la jugada alcanza su cima de incoherencia. Porque la anfitriona de este «reencuentro del siglo» no es una recién llegada ajena a aquellas guerras, sino Paz Padilla, una de sus protagonistas más señaladas. La humorista rompió con Mediaset en 2022 tras una etapa agria, en medio de sonoras polémicas, y estuvo años alejada de la cadena que la había encumbrado. Cuando por fin regresó, esta temporada, lo hizo envolviéndose en el discurso de la reconciliación y la madurez, jurando que volvía «para quedarse» y asegurando no arrastrar «ningún trauma» con la casa. Un relato de página pasada, de heridas cerradas, de televisión amable y luminosa que dejaba atrás los excesos.
Apenas unas semanas después, ese mismo relato se hace añicos. Resulta que la nueva y templada Paz Padilla no encuentra mejor forma de levantar su programa que rescatar a su vieja enemiga y reabrir en directo, con música promocional y emojis de bomba, la trinchera que ella misma había ayudado a cavar. La que se fue dando un portazo a aquella televisión vuelve para vivir de ella; la que predicaba respeto y luz reactiva el numerito de la saeta como gran atractivo del fin de semana. No hay reconciliación que valga cuando lo que se busca no es cerrar una herida, sino explotarla ante las cámaras una vez más.
El último cartucho de un verano sin una sola diana
Para entender por qué Telecinco se agarra a un clavo tan ardiendo y tan viejo, basta con mirar los números. El Show de Paz no ha arrancado precisamente como el fenómeno que la cadena prometía: su estreno, a finales de junio, se saldó con un discreto 7,8% de cuota y apenas 638.000 espectadores, y su segunda entrega descendió todavía más, hasta el 6,7% y los 590.000, cifras que se mueven por debajo de la media mensual de una cadena ya de por sí tocada. El formato, sentenció la crítica, «no innova» y «deja mucho que desear». En ese contexto de estreno tibio, apelar al morbo de un viejo duelo de Sálvame no es una ocurrencia creativa: es un manotazo de ahogado.
Y no se trata de un caso aislado, sino de un patrón que define el verano entero de la cadena. Ninguna de sus apuestas ha cuajado, y a cada tropiezo la respuesta ha sido la misma: tirar de nostalgia, de rostros gastados y de tramas recicladas con la esperanza de que el espectador acuda por inercia. La cadena que dijo querer reinventarse acaba, una y otra vez, hurgando en el mismo baúl de los recuerdos porque no ha sido capaz de construir nada nuevo que lo sustituya. El reencuentro de Paz Padilla y Aramis Fuster no es, en el fondo, una anécdota simpática de la parrilla veraniega: es el síntoma de una programación que ha renunciado a inventar y se ha resignado a repetir.
Ni reencuentro ni novedad: la enésima exhumación
Al final, lo que este domingo veremos en El Show de Paz no será un acontecimiento, ni mucho menos «el reencuentro del siglo». Será, sencillamente, una nueva paletada de tierra removida sobre la tumba de un programa que Telecinco se empeña en dar por muerto mientras vive de sus despojos. La cadena tiene, por supuesto, todo el derecho a rentabilizar su hemeroteca de broncas; lo que no puede es hacerlo jurando al mismo tiempo que ha superado esa etapa, porque el espectador no es tonto y distingue perfectamente entre pasar página y arrancarla para volver a leerla en bucle. Enterrar Sálvame fue una decisión legítima. Lo que no resulta creíble es enterrarlo con honores y, acto seguido, montar la fiesta encima de la lápida. Mientras Telecinco siga sin decidir si quiere abrazar su pasado o huir de él, seguirá tropezando en esa contradicción cada tarde. Y cada «reencuentro del siglo» no será una victoria, sino la firma de su rendición.
