Ha muerto donde nació, y donde tomó prestado el nombre con el que lo conoció medio mundo. Peppino di Capri —Giuseppe Faiella en el registro, aunque nadie lo llamara así— se ha apagado este sábado por la mañana en su villa Castiglione, en la isla de Capri, a los 86 años y tras una larga enfermedad cuya naturaleza la familia nunca hizo pública. Le faltaban apenas dieciséis días para cumplir 87. Con él se va el hombre que le enseñó a bailar el twist a un país entero, el que fusionó la canción napolitana con el rock cuando eso era casi una herejía, y el muchacho al que los Beatles escogieron como telonero cuando aterrizaron en Italia en 1965 y necesitaban a alguien capaz de calentar a un público que aún no sabía muy bien qué estaba a punto de ocurrirle.
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El chico de Capri que abrió los conciertos de los Beatles

Aquella gira italiana de los de Liverpool —Milán, Génova, Roma— es la anécdota que hoy repiten todos los obituarios, pero conviene entender por qué le tocó a él. En 1965, Peppino di Capri ya era el intérprete que había hecho lo que nadie: coger la tradición melódica de Nápoles, ese repertorio venerable y algo solemne, y sacudirlo con el ritmo que llegaba de América. De ahí salieron ‘Let’s Twist Again’ y ‘St. Tropez Twist’, canciones que hoy suenan a museo pero que entonces eran pura insolencia generacional. Los Beatles no eligieron a un veterano respetable: eligieron al único italiano que hablaba su mismo idioma musical.
Lo ha resumido mejor que nadie Caterina Caselli, compañera de generación y hoy productora, en unas palabras que la prensa italiana ha recogido durante toda la jornada: «Fue un auténtico innovador: fue el primero en hacer bailar la canción napolitana con el rock y el twist». Y añadía, con el afecto de quien pierde a alguien de casa: «Un hermano para mí, un poco mayor». Su veredicto sobre el legado no admite grises: «Un grande entre los grandes: Carosone, Murolo, Bruni, Pino Daniele. Su música perdura».
‘Champagne’, la canción que en Brasil se canta en Nochevieja
Si hay un título que sobrevivirá a todos los demás, es ese. ‘Champagne’ convirtió a Di Capri en un fenómeno que desbordó las fronteras italianas y se instaló en la memoria sentimental de países enteros: la propia Caselli recordaba este sábado que «es una canción querida en medio mundo; en Brasil se canta en Nochevieja». No es una exageración de duelo. Es la constatación de que ciertas melodías dejan de pertenecer a su autor y pasan a formar parte del calendario emocional de la gente.
A su alrededor, una carrera de éxitos que empezó pronto y no se detuvo: ‘Roberta’, ‘E mo e mo’, y una relación con el Festival de Sanremo que fue de todo menos episódica. Subió a aquel escenario innumerables veces y lo ganó dos veces, algo reservado a una minoría muy selecta de la canción italiana. En 1991 dio además el salto que lo colocó en el mapa continental: representó a Italia en el Festival de Eurovisión, cerrando así un círculo que había empezado tres décadas antes en las salas de baile de la Versilia, en templos como La Bussola y La Capannina, donde se forjó la leyenda del artista que llenaba la pista sin necesidad de gritar.
Una elegancia que no se llevaba bien con el escándalo

Hay una razón por la que su muerte no llega acompañada de las habituales revelaciones incómodas: Peppino di Capri pertenecía a una estirpe de artistas que entendían la fama como un oficio y no como un escaparate. La prensa de su país lo despide como «el rey de la melodía italiana», y subraya precisamente eso, la elegancia: seis décadas largas de carrera sin estridencias, sin ajustes de cuentas públicos, sin necesidad de reinventarse a golpe de titular. Deja tres hijos —Nico, fruto de su primer matrimonio, y Edoardo y Daria, nacidos de su relación con Giuliana Gagliardi— y una isla entera de luto, porque en Capri no era una celebridad de paso: era el vecino que se había llevado el nombre del lugar por todo el planeta.
Su figura permite además una lectura que va más allá de la nostalgia. Cuando en los años sesenta el rock amenazaba con arrasar con todo lo anterior, la reacción de buena parte de la vieja escuela fue atrincherarse. La suya fue exactamente la contraria: se metió en el ritmo nuevo y arrastró consigo la tradición, demostrando que modernizarse no significa renegar. Ese gesto —hacer bailar a Nápoles sin traicionarla— es el que hoy le reconocen sus colegas, y el que explica que su repertorio siga sonando cuando el de tantos contemporáneos suyos se ha evaporado.
Queda, por último, la imagen que resume su carácter y que estos días circula por Italia: la del artista que aparecía sin avisar en una cena cualquiera, escuchaba a unos desconocidos intentando recordar la letra de ‘Il poeta’, la canción de su amigo Bruno Lauzi, y acababa cantándola él mismo, de pie, entre las mesas, sin cobrar nada y sin que nadie se lo hubiera pedido. Ese era Peppino di Capri: un tipo que nunca dejó de ser el chaval de la isla al que le gustaba, sencillamente, que la gente cantara.
