Durante cinco meses, la tumba del actor más taquillero del Cine Español fue una hoja de papel. Un folio de los servicios funerarios con su nombre mal acentuado, una maceta y unas flores de plástico: eso era todo lo que señalaba, en el cementerio zaragozano de Torrero, el lugar donde descansa Fernando Esteso. De aquella imagen desoladora nació un relato demoledor —el del cómico arruinado que ni siquiera tenía para pagarse una lápida— que ha corrido por los platós de televisión durante semanas. Ese relato se ha terminado hoy. La lápida ya está puesta, y su hijo, Fernando José Esteso Egea, ha salido a desmontar el bulo con una frase rotunda: «Es mentira que mi padre no tuviera un seguro de decesos». Y con un segundo desmentido, aún más doloroso: «Mi padre no ha estado solo en la vida».
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Porcelana, una foto de su mejor momento y una frase que casi no llega

La lápida, según ha detallado el propio hijo del artista, no es de granito, sino de porcelana, y la elección tiene una explicación muy concreta: la familia quería colocar una fotografía del actor, y en granito la imagen se pixelaba y no quedaba bien. «La foto es de un momento de su vida que todo le salía bien. Yo quería recordarlo así, en su punto más álgido. Y no quería poner una foto de mayor», ha explicado. Hubo que hablar con la compañía aseguradora para comprobar si el material entraba en la póliza —«nos dieron la autorización, todo fenomenal»—, y esa gestión, contada casi de pasada, es precisamente la prueba que hace saltar por los aires la versión que se había instalado en televisión: había póliza, y la póliza cubrió la lápida.
La pieza está coronada por una de las frases favoritas del cómico, «viví la vida a mi manera», y completada con una dedicatoria que resume el vínculo del zaragozano con varias generaciones de españoles: «Admirado y amado por todos los que te conocieron. Siempre en nuestra memoria y nuestros corazones». Su hijo ha reconocido que incluso esa inscripción se debatió a fondo, porque la fórmula original —«viví la vida y la viví a mi manera»— podía malinterpretarse: «Podía inducir a que era un poquillo golfo y no una persona a la que le gusta disfrutar de la vida». Y ha revelado el motivo real de la tardanza, que no tenía nada que ver con el dinero: «Fue complicado consensuar qué hacíamos con la lápida porque mi padre era un pedacito de cada español, no solo nuestro. Cómo haces una lápida para todo el mundo. Hay gente que irá a visitarlo y él tenía que hablarle a aquellas personas. Por eso tardamos tanto». A eso se sumó el duelo: «Mi hermana lo ha estado pasando realmente mal. Cada vez que tocábamos el tema no podía porque le dolía».
El origen del bulo: un plató, un reportero y un nicho con un folio

La polémica se incubó a fuego lento. A finales de abril, un creador de contenido que recorre cementerios grabó un vídeo ante la tumba del actor y constató lo evidente: «Lo único que hay por ahora es la identificación provisional del cementerio con su nombre y sus fechas». El 1 de mayo, un equipo de ‘Fiesta‘ (Telecinco) se desplazó hasta Torrero y lo retrató con crudeza: «Lo que encontramos es un papel de los servicios funerarios con su nombre, al segundo apellido le falta el acento. Sorprende muchísimo que una persona tan querida y uno de los actores más taquilleros de la historia del cine español tenga así el nicho». En el plató, el periodista Juan Luis Galiacho remató con la frase que lo cambió todo: «Es triste que después de la vida que ha tenido Esteso no tenga ni dinero para poner una lápida». Y una colaboradora fue más allá, asegurando que el actor no tenía contratado ningún seguro de decesos y que su situación económica no era óptima.
Esa afirmación —que la familia no podía costear la lápida— es exactamente la que su hijo ha reventado ahora, y la ha reventado desde ‘Y Ahora Sonsoles‘ (Antena 3), el mismo plató en el que su padre concedió una de sus últimas entrevistas y donde, ha dicho, «se sintió muy querido». Allí desmintió también las voces —incluida la de una vecina— que dibujaron los últimos años del intérprete como una vejez en soledad, y matizó el relato de la ruina: es cierto que Esteso rodó medio centenar de películas, firmó contratos millonarios y acabó perdiendo buena parte de su patrimonio por una mala gestión y por confiar en gente interesada; es falso que muriera abandonado. En sus últimos meses, ha contado, nunca quiso aparentar que estaba enfermo, aunque se le veía decaído y necesitaba ayuda hasta para acostarse.
El niño de la jota que hizo reír a España y al que se le olvidaron los honores

Fernando Esteso Allué murió el 1 de febrero, a los 80 años, en el Hospital Universitario La Fe de Valencia, por una insuficiencia respiratoria, y fue enterrado en Zaragoza, la ciudad donde había nacido en 1945 en una familia de joteros que actuaba como Brisas del Ebro y donde debutó con seis años como el Niño de la Jota. De aquel crío salió el hombre que, junto a Andrés Pajares y bajo la batuta de Mariano Ozores, construyó el fenómeno más rentable del cine español de su tiempo: ‘Los bingueros’, ‘Los liantes’, ‘El erótico enmascarado’. El que grabó ‘La Ramona’ y ‘El Bellotero’ y encabezó listas de ventas. El que presentó ‘La ruleta de la fortuna’ en Telecinco. El que dejó dicho, con una lucidez que hoy resuena distinta: «No estoy arruinado, porque el patrimonio personal, el de la alegría de vivir, no te lo pueden quitar».
En su funeral, en la capilla número 1 de Torrero, entre las coronas había una con una inscripción que se convirtió al instante en la imagen más viral de la despedida y en su último chiste: «Perdonen que no me levante». Aquel día, varios asistentes —su hijo entre ellos— lamentaron la ausencia de autoridades. El agravio ha tenido después su reparación institucional: en mayo, el Gobierno de Aragón aprobó concederle la Medalla al Mérito Cultural a título póstumo, y Zaragoza estudia dedicarle una calle. Ahora, por fin, también tiene una lápida con su cara, su frase y su nombre bien escrito. Cinco meses ha tardado. Su hijo ha explicado por qué, y la razón, lejos de ser miserable, resulta casi conmovedora: cuando el muerto pertenece a todo un país, hasta escribirle un epitafio se convierte en una responsabilidad insoportable.
