Le habían trasplantado un riñón, había sobrevivido a un ictus y a dos infartos, arrastraba una diabetes que no le daba tregua y hace poco le habían amputado un pie. Y aun así seguía subiéndose al escenario. Gene García —Eugenio de los Reyes García García en el papel, aunque nadie lo llamara así— ha muerto este sábado en Badajoz a los 56 años, y con él se apaga una de las voces más singulares que ha dado la música española: la de un tipo de perilla, aro en la oreja, gafas de sol y boina kangol calada que parecía criado en Detroit y no en la calle de al lado. Los críticos lo definían como «un blanco con garganta de negro». Él se limitaba a cantar como si el soul hubiera nacido en Extremadura.
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El hombre que burló a la muerte y volvió a grabar

Su biografía médica daría para un guion improbable, y él la contaba sin dramatismos. En 2018, cuando presentaba una exposición de pintura en Cáceres, lo resumió con una naturalidad desarmante: «Estoy muy contento. Nuevo tras un trasplante de riñón, y haber pasado un ictus y dos infartos. Ahora estoy limpio y libre. Con diez años menos». No era una bravata. Aquellos episodios lo habían dejado sin voz durante una temporada —para un cantante, la peor de las condenas— y él se dedicó a recuperarla con la misma terquedad con la que había hecho todo lo demás.
El resultado de esa resurrección fue ‘GeneSis’, su primer y único disco en solitario, publicado en la primavera de 2021 tras semanas y semanas encadenando habitaciones de hospital. Ocho canciones originales y tres versiones que decían mucho de él: ‘Isn’t It A Pity’, de George Harrison, grabada nada menos que con la Orquesta de Extremadura; ‘Just The Way You Are’, de Billy Joel; y ‘Soul to Soul’, del cubano Tito Gómez. Un crítico musical lo comparó entonces con una estrella imponente del blues y tituló su entrevista de una manera que hoy suena a profecía cumplida a medias: «el Howlin’ Wolf extremeño que burló a la muerte». La burló, sí. Durante unos años más.
De los Inlavables al Teatro Romano: una vida de escenarios
Su historia empieza en su juventud, ligada desde el principio a Inlavables, la banda pacense con la que grabó varios discos y a la que regresó una y otra vez a lo largo de las décadas, como quien vuelve siempre a la misma casa. Pero Gene García no era hombre de un solo proyecto: tocó con The Moochers, formó el dúo Revrendoes junto a otro extremeño ilustre, Gecko Turner, y hasta se puso tras los platos como discjockey bajo el alias de Doctor G, donde daba rienda suelta a su enciclopédico conocimiento de la música negra. Dominaba además la armónica, con la que envolvía ese chorro de voz rota e inconfundible que transportaba a cualquiera a los setenta.

Su currículum de escenarios compartidos habla por sí solo: The Blues Brothers, The Pogues, Mick Taylor —guitarrista de los Rolling Stones— o Los Lobos. Y sin embargo, todos los que lo conocían coinciden en lo mismo: si hubiera querido, habría triunfado fuera. No quiso. Eligió Badajoz, eligió a los músicos de siempre, esos con los que rumiaba acordes y proyectos en las noches de la mítica sala Mercantil y sus jam sessions. Hace trece años dejó sobre el Teatro Romano una versión ya legendaria del himno de Extremadura, y esa imagen —él, su voz y su tierra— es probablemente la que se le quedará grabada a toda una región.
El otro talento: los pinceles

Porque además pintaba, y pintaba bien. Su devoción por la música negra se le colaba también en la acuarela: en ‘Black Portrait’, una de sus últimas exposiciones, retrató a Lionel Hampton, a la emperatriz del blues Bessie Smith, al trompetista Louis Armstrong y a la dama del jazz Ella Fitzgerald. Su huella está incluso en las paredes de la ciudad: en los años noventa, junto a otros amigos, pintó murales en garitos emblemáticos del Casco Antiguo pacense como ‘El Jueves’ o ‘El Jaquemate’. Hijo de Eugenio García Estop —que tiene calle propia en Badajoz—, casado con Juana y trabajador de la Fundación Municipal de Deportes de la ciudad, nunca hizo de su talento una pose: lo repartió por donde pasaba.
La despedida ha sido inmediata. La presidenta de la Junta de Extremadura le dedicó este sábado un mensaje que apunta justo a lo que lo hacía especial: «Nos enseñó que hay sonidos nacidos en otras latitudes que también echan sus raíces aquí, en Extremadura. Un artista irrepetible, capaz de hacer suyo un lenguaje universal como el jazz, el blues y el soul». Durante toda la jornada, decenas de pacenses, músicos y artistas de todo tipo han ido pasando por el tanatorio Puente Real, donde este domingo, a las once de la mañana, tendrá lugar el sepelio.

Quedan sus discos, quedan sus cuadros y queda esa paradoja preciosa que fue su vida entera: la de un hombre de Badajoz que llevaba el Misisipi en la garganta y que, pudiendo marcharse a buscar la gloria a cualquier parte, decidió que la gloria era cantar en su tierra hasta que las fuerzas se acabaran. Se acabaron este sábado. La voz, no.
