Antes que Hannibal Lecter, antes que los dos Oscar, antes incluso que el teatro, hubo un niño de Port Talbot sentado al piano. Anthony Hopkins ha decidido, a los 88 años, atender por fin aquella primera vocación: el actor galés acaba de firmar con Decca Classics, el sello clásico más prestigioso del mundo, y publicará el próximo 21 de agosto ‘Life Is a Dream‘, su primer álbum como compositor, un disco que recoge más de seis décadas de música propia y que ha grabado nada menos que con Gustavo Dudamel al frente de la Philharmonia Orchestra. «La música fue mi primer deseo, mi primer anhelo. He estado componiendo música toda mi vida», ha declarado el intérprete, que resume su fichaje con una frase de una humildad casi desconcertante en alguien de su estatura: «Firmar con Decca es el honor de una vida».
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El adelanto ya se puede escuchar. Se titula ‘Bracken Road’, se publica este mismo viernes y pertenece a ‘1947: Suite for Solo Piano and Orchestra’. Su historia explica por sí sola el sentido del proyecto: la compuso en 1963, cuando era un actor joven y desconocido que se ganaba la vida en el Liverpool Playhouse, y es un retrato musical de los prados, los caminos y las montañas que rodeaban la casa familiar de Margam, en el sur de Gales. Sesenta y tres años guardada. En el disco la acompañan otras piezas nacidas de la misma nostalgia, como ‘My Fatherland’, inspirada en melodías tradicionales galesas y escrita, según sus palabras, para «honrar mis humildes comienzos». Junto a la orquesta participan el violonchelista Gregorio Nieto y el pianista Sergio Tiempo.
El hijo del panadero que se sentó al piano a los cuatro años
Nacido en Port Talbot el 31 de diciembre de 1937, el intérprete no procede de ningún linaje artístico: «Soy el hijo de mi padre, el panadero», recuerda con una insistencia que no es falsa modestia, sino brújula. Empezó a tocar el piano a los cuatro años y llegó a interpretar a Beethoven y Chopin siendo un adolescente que componía música para las obras de teatro de su pueblo. La interpretación, esa carrera monumental que le dio dos estatuillas de la Academia —la primera en 1992 por ‘El silencio de los corderos’, la segunda en 2021 por ‘El padre’, que lo convirtió en el actor de mayor edad en ganar el Oscar principal— llegó después, casi por desvío. De ahí la carga que arrastra esa palabra que repite en cada declaración: la música fue lo primero, no lo último.
Su vida, además, ha estado atravesada por una disciplina que él mismo considera la verdadera obra de su existencia: dejó de beber el 29 de diciembre de 1975, tras comprender que el alcoholismo iba a devorarlo, y el pasado año cumplió medio siglo de sobriedad. Nombrado caballero por Isabel II en 1993 por sus servicios al arte dramático, ha construido desde entonces una figura pública más cercana al sabio excéntrico que a la estrella: publica sus propias pinturas, baila en las redes sociales, toca el piano ante la cámara. Y compone, siempre ha compuesto. «Algunas de estas piezas han vivido conmigo durante décadas y todavía vuelvo a ellas», admite ahora sobre el material del álbum.
El vals que escondió medio siglo y que André Rieu rescató
Que el actor era compositor no es un secreto absoluto, y quien lo descubrió lo hizo casi por accidente. En 1964 escribió un vals, ‘And the Waltz Goes On’, que guardó en un cajón durante casi cincuenta años sin enseñárselo a nadie. Fue Stella, su mujer, admiradora del violinista André Rieu, quien se encargó de hacérselo llegar al músico neerlandés. Rieu lo interpretó y lo popularizó en 2011 con su Johann Strauss Orchestra, y la reacción del galés al escuchar por primera vez su propia melodía en manos de una orquesta lo dice todo sobre lo que la música significa para él: «Me encanta, me encanta, y tengo lágrimas en los ojos». Aquel vals fue el aperitivo. Lo que llega ahora es la obra completa de un hombre que llevaba seis décadas escribiendo en silencio.

El respaldo que ha encontrado no es menor. Decca Classics, fundada en 1929 y hoy integrada en Universal, es la casa que grabó el primer ‘Anillo’ wagneriano en estéreo y que ha albergado a Luciano Pavarotti, Cecilia Bartoli, Andrea Bocelli o Ludovico Einaudi. Su presidenta, Laura Monks, lo ha celebrado sin disimular el entusiasmo: «Es un privilegio que el gran Sir Anthony Hopkins se una a Decca Classics». Del director venezolano, una de las batutas más cotizadas del planeta, el actor habla con una devoción casi reverencial: asegura que Dudamel, «con la grácil precisión de su batuta, transformó cada nota con un significado profundo e imborrable», y califica de «verdadero privilegio» haber colaborado con la Philharmonia.
Un viejo conocido del cine español

España no es territorio ajeno para él. En 1998 recogió el Premio Donostia, el máximo galardón honorífico del Festival de San Sebastián, que aquel año compartió con John Malkovich. Casi tres décadas después, aquel homenaje a una carrera que ya entonces parecía completa se lee de otra manera: al hombre al que el cine coronó le quedaba todavía por estrenar la vocación que llevaba dentro desde los cuatro años. Pocos artistas se permiten debutar en una disciplina nueva pasados los ochenta y ocho, y menos aún hacerlo por la puerta grande, con una orquesta legendaria y un director de primerísima fila.
Hay algo profundamente conmovedor, y también algo de desafío, en el título elegido. ‘Life Is a Dream’ —la vida es sueño, como el Calderón que su formación teatral no pudo ignorar— es la declaración de un hombre que ha llegado al final del camino sin la amargura del balance. «Toda mi vida es un sueño», ha dicho. Y quizá esa sea la lección que deja este disco que nadie le pidió y que él llevaba escribiendo desde antes de ser nadie: que los primeros deseos no caducan, solo esperan. A veces, sesenta y tres años.
