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Cultura

José Sacristán y la lucidez frente al final: «Se sabe que esto se acaba ya»

Pedro Serrano González
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A sus 88 años, el incombustible José Sacristán regresa al Teatro Bellas Artes para rendir tributo a su gran amigo Fernando Fernán Gómez. En una charla sin filtros con el diario El Mundo, el actor madrileño reflexiona sobre la finitud, el juego de la interpretación y su rechazo frontal a la nostalgia paralizante.

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La veteranía en el mundo del espectáculo español tiene nombre y apellidos, pero sobre todo tiene una voz quebrada y profunda que sigue resonando con la misma fuerza que hace siete décadas. José Sacristán no es solo un actor; es la memoria viva de una industria que ha visto cambiar el país desde el blanco y negro hasta el streaming. A sus casi 90 años, el intérprete se encuentra en un momento de lucidez absoluta, donde el éxito ya no se mide en premios —aunque los tiene todos— sino en la capacidad de seguir subiéndose a un escenario por voluntad propia y no por necesidad. Su regreso a las tablas madrileñas con ‘El hijo de la cómica’ supone no solo un ejercicio de interpretación, sino un acto de amor y respeto hacia la figura de Fernando Fernán Gómez, el hombre que, según el propio Sacristán, mejor entendió el oficio de contar historias en este país.

Esta etapa vital, que muchos podrían considerar de retiro, para él es simplemente una extensión de aquel juego que empezó en su Aranjuez natal. Sacristán mantiene intacta esa capacidad de asombro y esa disciplina férrea que le permite dirigir, escribir y protagonizar al mismo tiempo, demostrando que la edad es un dato en el carné de identidad, pero no una frontera para la creatividad. En su reciente encuentro con la prensa, ha dejado claro que su motor sigue siendo esa curiosidad elegante por el ser humano y por los personajes que todavía tiene la suerte de encarnar, siempre bajo el amparo de un público que le profesa una fidelidad inquebrantable.

La cruda honestidad sobre el telón final

Hablar de la muerte suele ser un tabú en las entrevistas promocionales, pero con Sacristán las reglas de cortesía mediática saltan por los aires para dejar paso a una verdad aplastante. Según recoge «Lecturas«, el actor es plenamente consciente de que el final del camino está más cerca que el principio. “Si no pensáramos en el final a estas alturas, seríamos unos idiotas, joder. Se sabe que esto se acaba ya. Ahora estar obsesivamente pendiente de eso, te paraliza. Yo cada día hago mi trabajo, vivo, oigo música, veo mis películas…”, confiesa con una naturalidad que desarma cualquier intento de sentimentalismo barato. Esta filosofía le permite afrontar su agenda con una mezcla de humor y realismo, llegando incluso a bromear sobre los contratos que le proponen a largo plazo.

De hecho, relata entre risas que le ha pedido cautela a Jesús Cimarro, responsable del Teatro Bellas Artes, porque este le ha «contratado todo el año 27». Para Sacristán, la muerte no es una tragedia, sino una certeza con la que convive sin angustia: «sólo hay que ver mi carné de identidad e igual no llegamos. Es que cómo no vas a pensar en la muerte». Sin embargo, esta aceptación no implica una rendición. Mientras el cuerpo y la mente se lo permitan, el actor tiene claro que el escenario es su lugar natural, aunque con condiciones muy precisas sobre cómo desea que sea su despedida profesional. «Nos vamos a morir, por supuesto, pero mientras podamos seguiremos jugando. Yo no voy a caer en lo patético de pedir que me saquen al escenario con una silla de ruedas. No, no, no. Cuando esto no me divierta o deje de ser un juego, me quedaré en mi casa. Pero mientras pueda y haya unos cuantos dispuestos a sentarse ahí para vernos, vamos para adelante».

El teatro como el único elixir de juventud

A pesar de la contundencia de sus palabras sobre el final, José Sacristán asegura que no se siente un anciano en el sentido estricto de la palabra. Para él, actuar es la herramienta definitiva para burlar al paso del tiempo. «Yo sé que tengo unos años, pero no me siento viejo. Hasta ahí podíamos llegar. Solo lo noto cuando bajo las escaleras», bromea en la entrevista concedida a El Mundo. Esa energía vital se alimenta de la satisfacción de haber cumplido el sueño de aquel niño que fantaseaba con ser una estrella de Hollywood. «Seguir haciendo teatro es estar vivos. En mi caso tengo la suerte de que la vida y el trabajo han ido de la mano. Las películas, el teatro y la televisión era lo que quería el niño de Aranjuez que soñaba con ser Tyrone Power. He ido consiguiendo el propósito de ganarme la vida con esto de contar historias y seguir a esta edad».

El actor se considera un privilegiado por gozar de una autonomía que pocos compañeros de profesión alcanzan a su edad. En un sector donde el olvido es moneda corriente, él celebra tener el control total sobre su carrera: «Sobre todo, tengo la suerte o el privilegio de no depender de que suene el teléfono, de tener la fidelidad de unas personas que me permiten hacer lo que quiero. Celebro eso cada día». Esa fidelidad del público es la que le permite seguir arriesgando y explorando textos que, como el actual, tienen una carga emocional profunda y personal.

Una mirada ácida a la realidad mediática

Sacristán no solo analiza su propia trayectoria, sino que también observa el panorama social y político con una agudeza que no deja títere con cabeza. A diferencia de otros veteranos que se refugian en la nostalgia de «cualquier tiempo pasado fue mejor», él prefiere mantener los pies en el presente, por muy amargo que este resulte a veces. «me importa mucho de dónde y de quién vengo, eso me facilita la vida. Pero no tengo esa cosa regresiva de andar mirando para atrás porque te das contra las farolas y al hígado no le sienta nada bien», explica con su habitual tono directo. Para él, la melancolía es un sentimiento que nace de la pérdida, pero que debe combatirse con el «optimismo de salir cada día a librar la batalla con la mayor dignidad y la mayor alegría».

Su diagnóstico sobre el mundo actual es, cuanto menos, punzante. Al reflexionar sobre la muerte, no puede evitar mencionar el entorno en el que nos movemos: «Lo elemental del juego del crío. La melancolía me viene de esa sensación de pérdida, de esa necesidad permanente de seguir y de saber que te vas a morir rodeado de hijos de puta, de ladrones y de Donald Trump«. A pesar de esta visión crítica, Sacristán elige la acción frente a la queja, refugiándose en el «juego» de la interpretación como un escudo protector frente a la mediocridad ambiente.

El legado del juego infinito

En última instancia, la figura de José Sacristán se erige como un ejemplo de coherencia artística y personal. Su regreso al Bellas Artes no es solo una cita teatral más; es la confirmación de que se puede envejecer con una dignidad envidiable si se mantiene vivo el espíritu lúdico del comienzo. El actor deja claro que su compromiso es con el público y con la verdad de cada personaje, huyendo de homenajes vacíos o de la autoparodia. Mientras haya alguien al otro lado del patio de butacas dispuesto a escuchar, Sacristán seguirá dando guerra, demostrando que la lucidez de los 88 años es el premio más valioso de una carrera dedicada por entero a la emoción. Su mensaje es nítido: disfrutar del juego mientras dure, sin ignorar que el reloj no se detiene, pero sin dejar que el miedo a la última escena nos impida disfrutar del resto de la función.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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