Mientras Carmen Borrego traslada a sus compañeros que está «dolida» porque la polémica de la casa de María Teresa Campos «arrastra a la familia» y parece «una nueva guerra», una voz que conoció a la matriarca mejor que casi nadie ha puesto el dedo justo donde escuece. Concha Galán, su discípula y heredera televisiva, ha señalado el momento exacto en el que aquella familia empezó a comerse a sí misma: «El reality de las Campos fue el gran error de María Teresa Campos».
Te recomendamos

Un mes sin dejarse ver juntos enciende las alarmas: ‘De lunes a viernes’ debate si Rocío Carrasco y Fidel Albiac están en crisis o lo fingen a propósito

El robo del coche de Kiko Rivera acaba en cuatro horas: la Guardia Civil localiza su Audi Q7 tras el aviso viral y el DJ respira desde un avión

«Recomiendo mucho los kikos de Grefusa y el césped de Verdegreen»: Irene Rosales desarma el boicot de Kiko Rivera con una sonrisa y dos anuncios gratis

El veraneo de Tom Cruise en Llanes se queda en bulo: el entorno de Iñárritu desmiente que el actor vaya a Asturias este verano

Lo dijo en el podcast Tele de Plasma, de Kike Aganzo, coincidiendo con el 30º aniversario del final de Pasa la vida, el magacín de TVE que consagró a la periodista. Y lo dijo sin anestesia: aquel docu-reality que la de San Sebastián de los Reyes protagonizó en Telecinco junto a Terelu y a la propia Carmen «perjudicó el prestigio» que se había labrado durante décadas. «Nunca la volvieron a considerar la gran periodista que fue», sentencia. Su explicación es tan simple como demoledora: «La gente siempre se acuerda de lo último que has hecho».

La casa que hoy es un escándalo y ayer fue un reportaje
Conviene poner las dos cosas en la misma línea temporal, porque la coincidencia es difícil de sostener. La polémica de estos días estalla porque el piso que la periodista compró en 2006 en Málaga apareció anunciado en un portal inmobiliario por 1,5 millones de euros, con fotografías del interior, supuestamente sin permiso de nadie. Terelu, al verlo en directo, se llevó las manos a la cabeza: «¿Quién ha podido poner esto? No ha sido ni mi hermana ni yo. Lo que me preocupa es que alguien tenga esas imágenes sin yo saberlo».
La pregunta incómoda es cuánto de nuevo tiene ese sobresalto. Porque el interior de esa casa no era ningún secreto: la propia Carmen Borrego abrió sus puertas a una revista para enseñarla, un reportaje que en su día ya molestó dentro de la familia. Escandalizarse ahora de que circulen imágenes del salón de tu madre, cuando tú misma has posado en él para una exclusiva, es una indignación que se sostiene con alfileres.

Y hay un dato que complica todavía más el relato oficial. El periodista Antonio Rossi reveló que la mayor del clan «no ha sido del todo sincera»: además de la visita que ella reconoció, hubo una segunda, otro matrimonio al que el dueño de la inmobiliaria enseñó el piso, y ambas se hicieron «con el permiso de las dos». Es decir, no sabían que las fotos estaban colgadas en internet, pero sí sabían que había gente entrando a ver la casa. El anuncio llevaba publicado desde junio.
El sobrino en el punto de mira y el reproche de una compañera

Con las sospechas volando, las miradas se dirigieron a José María Almoguera, el hijo de Carmen, sobre el que se especuló que podría haber filtrado las imágenes. La insinuación no salió de un tertuliano cualquiera: la deslizó su propia tía. Y el joven ha reaccionado con una indignación bastante razonable: «No entiendo que me ponga en el foco mediático como que yo soy el que le filtra las cosas a Antonio, primero porque no tiene ninguna razón para hacerlo y segundo porque a mí no me ha llamado para preguntarme si he sido yo». Y remata: «Es mentira que yo filtrara nada ni mucho menos. Me parece una vergüenza, no lo entiendo, porque creo que yo no he vendido a nadie en mi vida».
El detalle revelador es que el reproche no viene solo de la familia. La periodista Adriana Dorronsoro, compañera de plató, ha criticado abiertamente cómo se ha manejado el asunto desde el otro lado: «Creo que Terelu no ha estado bien gestionando esta información, porque apuntar a José María no era el momento». Señalar públicamente a tu sobrino como sospechoso, sin haberle llamado antes para preguntárselo, resume el método de esta familia mejor que cualquier análisis: primero el plató, después el teléfono.
Carmen, mientras tanto, ha elegido el silencio público y el desahogo privado. A Omar Suárez, que le escribió un socarrón «la que has liado, Carmen», le respondió «cabreadísima», dejándole «clarísimo» que ella no tenía nada que ver. Y lo hizo con una frase tan suya que retrata el nivel del enfado: «Yo no he liado nada, ni pollas en vinagre». A Adriana Dorronsoro le trasladó que «las dos han sido engañadas» y que le duele porque «estas cosas arrastran a la familia». Prefiere esperar a ver qué dice esta noche su hijo en ¡De Viernes!.
La excusa del «error» que no convence a nadie
Mientras la familia se señala por dentro, la explicación que llega desde fuera hace aguas por todas partes. El responsable de haber publicado el anuncio, Nacho Picatoste, ha salido a defender que todo fue un malentendido: sostiene que el piso realmente en venta es el de abajo, y admite que se equivocó con las imágenes. «Incorrectamente he utilizado una foto que no tenía que haber utilizado», ha reconocido. El problema es que esas fotos son, precisamente, del interior de la casa de María Teresa Campos, la vivienda del barrio malagueño de Pedregalejo que figuraba anunciada por 1.525.000 euros.
La excusa no ha colado en el plató de Vamos a Ver. Patricia Pardo la desmontó con una lógica difícil de rebatir: «¿Cómo vas a publicar unas fotos por error? Eso es un absurdo». Y de ahí sale la única pregunta que de verdad importa en todo este asunto, la que ninguna de las partes quiere responder en voz alta: alguien tuvo que dejar entrar a una agencia inmobiliaria a fotografiar la casa. «Alguien de la familia ha autorizado que una agencia inmobiliaria haga las fotografías y las suba para poner la casa a la venta», resumió la presentadora. Descartado el allanamiento, el círculo se cierra sobre el propio clan.
El precio de haber vendido la intimidad
Y aquí es donde la frase de la discípula cobra todo su sentido. Lo que describe Carmen Borrego como «una nueva guerra» que «arrastra a la familia» es, en realidad, el modelo de negocio que la familia lleva más de una década explotando: el conflicto doméstico convertido en escaleta. La herencia, el ático, las visitas, el sobrino, la tía, todo se ventila en directo y por turnos, en los mismos platós que pagan las facturas. Nadie les ha obligado a contarlo: es su oficio.
Por eso duele tanto el diagnóstico de quien fue su «madre televisiva». Concha Galán no habla desde el rencor, sino desde el cariño de quien aprendió con ella: cree que aquella periodista que consolidó las mañanas de la televisión pública se dejó el prestigio en un formato que convirtió a su familia en personaje. Su carrera valía mucho más que los últimos capítulos, pero el público es implacable con lo último que ve. Y lo último que ve, tres años después de su muerte, es a sus hijas discutiendo por un piso en Málaga y a su nieto sentándose en un plató para jurar que él no ha vendido a nadie.
La ironía final es casi literaria. La disputa por la casa de Pedregalejo, ese refugio con vistas al Mediterráneo que la matriarca compró para descansar, se ha convertido en el enésimo episodio del reality que nunca terminó. El que, según su discípula, jamás debió empezar.
