Ya no se trata de un rumor mal contado ni de una foto sacada de contexto. Shakira ha tenido que salir a explicar que algunas de las imágenes suyas que circulan por las redes sociales sencillamente no existen: las ha fabricado una máquina. «En las últimas semanas se han generado artificialmente algunas imágenes mías, colocándome en situaciones que no han ocurrido o con personas con las que no he estado», ha escrito la cantante en un comunicado difundido en sus perfiles.
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El texto es breve, mide cada palabra y no señala a nadie en concreto, pero deja claro el alcance del problema. «Muchas se utilizan para publicidad de marcas con las que no tengo contratos o para alimentar rumores falsos», continúa la colombiana, que sitúa así el asunto en dos terrenos distintos y ambos incómodos: el comercial, porque su rostro está vendiendo productos que ella jamás ha aprobado, y el sentimental, porque esas fotografías la colocan junto a personas con las que nunca ha coincidido.
«Mi equipo está trabajando activamente para desmontar dichas imágenes»
Lo más llamativo del comunicado es el tono. No hay indignación ni amenazas judiciales explícitas, sino una resignación casi filosófica ante lo inevitable. «Entiendo que es parte de convivir con la revolución tecnológica a la que todos estamos sujetos», admite la artista, antes de anunciar que no piensa quedarse de brazos cruzados: «Sin embargo, actualmente mi equipo se encuentra trabajando activamente para desmontar dichas imágenes».

Es la frase de alguien que ha entendido que la batalla no se gana con un desmentido, sino con un despacho de abogados y un rastreo constante. Cada imagen retirada es reemplazada por otra en cuestión de horas, y quien la genera no necesita más que una frase escrita en un ordenador. La intérprete de Loba se enfrenta, en realidad, a un enemigo que no tiene rostro ni dirección postal.
La segunda vez en poco más de un mes
Conviene subrayar que no es un episodio aislado, y ahí está lo verdaderamente preocupante. El pasado 5 de junio, la barranquillera ya tuvo que emitir otro comunicado para desmentir una serie de montajes que la vinculaban con la campaña electoral de su país. Aquellas imágenes la mostraban apoyando a candidatos presidenciales, y ella fue tajante: no ha respaldado a ninguno ni ha autorizado el uso de su imagen en campaña alguna. Dos comunicados en cinco semanas por el mismo motivo dibujan un patrón, no una casualidad.
El problema se ha agravado además con el Mundial, un altavoz planetario del que ella forma parte activa. Su nombre y su voz han aparecido en vídeos manipulados que difundían bulos sobre el torneo, y su figura arrastra desde hace semanas una polémica paralela con una imitadora que ha explotado el parecido físico hasta el punto de que se ha llegado a discutir públicamente si vulnera derechos de imagen y patrocinios oficiales. En medio de todo eso, la propia artista canta en la ceremonia inaugural y volverá a hacerlo en el descanso de la final junto a Madonna, Justin Bieber y BTS.
Cuando la cara ya no prueba nada
La denuncia de la cantante ilumina un cambio de época que apenas empezamos a asimilar. Durante un siglo entero, la fotografía funcionó como prueba: si salías ahí, estabas ahí. Esa certidumbre se ha evaporado en cuestión de meses. Hoy cualquiera con un teléfono puede fabricar una imagen indistinguible de la realidad en la que una estrella global aparece abrazada a un desconocido, promocionando una crema o asistiendo a un acto político.
Para las figuras públicas, el daño es doble. Está el evidente, el uso comercial no autorizado de una imagen que vale millones. Y está el otro, más sutil y más difícil de reparar: el de la sospecha permanente. Cuando cualquier fotografía puede ser falsa, también las verdaderas empiezan a ponerse en duda, y quien quiera negar algo real dispone de una coartada perfecta.
Ella, que atraviesa el año más expuesto de su carrera entre una gira mundial, doce conciertos en Madrid y dos actuaciones ante la mayor audiencia televisiva del planeta, parece haberlo asumido con una lucidez incómoda. No pide que se detenga la tecnología. Solo avisa de que lo que se ve por ahí no siempre ocurrió. Y de que su equipo está peinando la red, imagen por imagen, para ir borrando una realidad que nunca existió.
