La pregunta llevaba veinticuatro horas suspendida en el aire y nadie de la familia la ha respondido: ¿de qué ha muerto Sam Neill? El actor neozelandés se apagó el lunes en Sídney, a los 78 años, de forma «repentina e inesperada» y, según subrayaron los suyos en el comunicado, «libre de Cáncer», apenas unos meses después de celebrar que un tratamiento pionero había borrado de su cuerpo el linfoma contra el que peleaba desde 2022. Ese vacío informativo lo ha llenado este martes una voz muy cercana: la actriz Rima Te Wiata, su compañera de reparto en la aclamada comedia neozelandesa ‘Hunt for the Wilderpeople‘, ha asegurado al New Zealand Herald que su amigo estaba luchando contra una neumonía antes de morir. Y ha puesto en su boca la frase que resume la crueldad del desenlace: «Por el amor de Dios, ya superé mi cáncer. Y miren, ahora tengo neumonía. ¿Qué sigue?».
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«En realidad, es un asco»: el testimonio de quien le conocía bien

La actriz habla con la mezcla de rabia y ternura de quien acaba de perder a un amigo, y no oculta lo absurdo que le resulta todo. «En realidad, es un asco lo que pasó», declaró al diario neozelandés, antes de dibujar el retrato de un hombre que no tenía miedo a morir pero que se habría enfadado muchísimo con la manera en que sucedió. Ese «¿qué sigue?» que le atribuye no es una queja lastimera: es exactamente el sarcasmo elegante que caracterizó al intérprete durante los años en los que documentó públicamente su enfermedad, con un humor seco que desarmaba a cualquiera. Te Wiata, eso sí, no dio más detalles ni precisó desde cuándo estaba Neill aquejado de la infección pulmonar.
Conviene ser escrupulosos con lo que sabemos y lo que no, porque la información circula rápido y el rigor se paga caro. Lo que hay, a día de hoy, es el testimonio de una amiga y compañera de rodaje, no un parte médico ni un comunicado oficial. La familia del actor no ha confirmado la causa de la muerte: se ha limitado a decir que el fallecimiento fue repentino e inesperado, que él permanecía libre de cáncer y que se darían más detalles «más adelante». De momento, por tanto, la neumonía es la explicación que aporta su entorno profesional, no un dato certificado. La distinción importa, y mucho.
La paradoja de un hombre que había ganado la batalla más difícil
Lo que hace este desenlace especialmente amargo es el punto exacto de su biografía en el que le sorprendió. Sam Neill fue diagnosticado en 2022 de un linfoma angioinmunoblástico de células T en fase 3, un cáncer de la sangre agresivo y poco frecuente, y se sometió durante años a un tratamiento durísimo del que llegó a hablar con una franqueza inusual: contó sus quimioterapias, su calvicie, su cansancio y su miedo, y lo hizo sin épica y sin autocompasión. Poco antes de morir había anunciado, exultante, que la enfermedad había desaparecido de su cuerpo gracias a un ensayo pionero. Había ganado. Y precisamente entonces, cuando por fin podía respirar, llegó lo otro.
Su familia lo expresó en el comunicado con una frase que ahora se lee de otra manera: la pérdida fue repentina e inesperada, «pero bendecida por el hecho de que Sam seguía libre de cáncer». Murió rodeado de los suyos, «con la dignidad que ha caracterizado toda su vida», en el hospital privado St Vincent’s de Sídney, y los suyos emplearon la palabra maorí whānau —la familia extensa, la tribu de los afectos— para anunciarlo. Pidieron respeto a su intimidad. Aún no han dicho nada más.
Hollywood despide al hombre que hizo creíbles a los dinosaurios
Mientras se despeja la incógnita médica, la industria sigue rindiéndole tributo. El doctor Alan Grant de ‘Parque Jurásico’ fue solo la punta de un iceberg descomunal: ‘El piano’, ‘Calma total’, ‘La caza de los espíritus’ y una carrera televisiva en la que brilló como el implacable inspector Chester Campbell en ‘Peaky Blinders‘, la némesis perfecta de Tommy Shelby. Su compañera de reparto Laura Dern le ha dedicado un tributo desolado, y las voces más destacadas de Hollywood llevan dos días lamentando una pérdida que a nadie le cuadra.
Porque eso es, exactamente, lo que retrata el testimonio de Rima Te Wiata: la sensación compartida de que esto no debía haber pasado, no ahora, no así, no después de haberle ganado el pulso a un linfoma en fase 3. Si la neumonía se confirma como la causa, el epitafio será de una ironía difícil de digerir: el hombre que sobrevivió al monstruo se fue por la puerta de atrás. Y mientras tanto, en algún lugar, sigue sonando esa frase suya que su amiga imagina y que suena tan verdadera que duele: «¿Qué sigue?».
