La escena dura menos de un minuto y no deja lugar a interpretaciones. Un grupo de reporteros se acerca a Mounir Nasraoui para felicitarle por el cumpleaños de su hijo, Lamine Yamal, y para preguntarle si confía en que España se lleve su segundo Mundial. La respuesta del padre del futbolista no es una negativa educada ni un «no voy a hacer declaraciones»: es un estallido. «¿A mí por qué me queréis felicitar? Ve a felicitarle a él, tío. ¡No me grabes, por favor! ¡No, no me grabes!», exclama, según las imágenes difundidas este martes. Y a continuación va más allá: se levanta, amaga con arrebatarle la cámara a uno de los periodistas y lanza una advertencia que ya circula por medio país: «¡A mí no me tenéis que felicitar! ¿Qué quieres, que te tire el móvil o qué?».
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Una amenaza a un reportero no es una anécdota
Conviene decirlo sin rodeos, porque en la crónica social hay una tendencia perezosa a convertir estos episodios en un vídeo gracioso de sobremesa: amagar con quitarle la cámara a un periodista y amenazar con tirarle el móvil no es un exabrupto simpático, es una forma de intimidación. Los reporteros que se le acercaron no le estaban preguntando por su vida privada, ni por su patrimonio, ni por ninguno de los asuntos espinosos que han rodeado su figura en los últimos años. Le estaban preguntando por el cumpleaños de su hijo y por un partido de fútbol que va a ver medio planeta. La pregunta más inofensiva del repertorio.

Mounir Nasraoui está en su derecho de no querer hablar, de no querer ser grabado y de reclamar que lo dejen en paz: nadie discute eso. El problema no es el «no», sino el cómo. Y en el cómo hay una amenaza explícita a un profesional que estaba haciendo su trabajo en la calle, un trabajo que, por cierto, forma parte del mismo ecosistema mediático que rodea a su hijo y del que la familia lleva años siendo protagonista. La convivencia entre los famosos y quienes los cubren admite tiranteces, negativas y silencios. No admite que se levante la mano hacia una cámara.
Lo que sí explica su ausencia: la epilepsia que le ha dejado fuera del Mundial


Dicho lo anterior, hay un dato que ayuda a entender el estado de ánimo del protagonista, aunque no justifique la reacción. El padre del futbolista no ha estado con su hijo en ningún momento de este Mundial —tampoco el lunes, cuando Lamine Yamal celebró sus diecinueve años en la concentración de la Selección, acompañado por su novia Inés García, su madre Sheila Ebana y su hermano pequeño Keyne—, y la razón es médica. Nasraoui padece epilepsia, una enfermedad neurológica que le condiciona el día a día hasta el punto de impedirle trabajar con normalidad o conducir, y que ha convertido en desaconsejable un vuelo transoceánico hasta Estados Unidos. Lo contó un hostelero de Mataró semanas atrás, recordando una conversación con él: «No sé si podré ir, porque tengo el problema de la epilepsia…».
Así que ha seguido el torneo desde casa, por televisión, mientras el resto de la familia lo veía desde la grada. Que un periodista aparezca precisamente ese día para felicitarle por una fiesta a la que no ha podido asistir explica, probablemente, el fastidio. Explicarlo, sin embargo, no es lo mismo que blanquearlo: se puede entender el hartazgo de un hombre y seguir sosteniendo que amenazar a un reportero con tirarle el móvil está fuera de lugar. Las dos cosas son verdad a la vez, y no hay ninguna necesidad de elegir entre una y otra.
Un apellido bajo el foco permanente
El episodio se suma a una relación con las cámaras que nunca ha sido pacífica. Desde que su hijo dejó de ser un chaval de Rocafonda para convertirse en un fenómeno global, la figura de Mounir Nasraoui ha estado sometida a un escrutinio constante, con episodios de todo tipo y con una notable circulación de bulos a su costa: esta misma semana, verificadores independientes desmintieron dos vídeos manipulados que le atribuían declaraciones que jamás pronunció. Ese ruido de fondo existe y es real. También lo es que, cada vez que aparece ante un micrófono, la escena termina siendo noticia por motivos que nada tienen que ver con el fútbol.
Esta noche, mientras España y Francia se juegan el pase a la final del Mundial, el chaval que celebró su cumpleaños pidiendo como deseo ganar a Kylian Mbappé saltará al césped de Dallas ante millones de espectadores. Su padre lo verá, como todo este verano, desde su casa. Y el vídeo de su enfado seguirá circulando, recordando que el foco que ilumina a los hijos alcanza también a los padres, les guste o no, y que la respuesta a una pregunta incómoda —o simplemente inoportuna— nunca puede ser una amenaza.
