Se ha apagado una de las gargantas más reconocibles de la historia del pop. Bonnie Tyler, la voz rota e inconfundible de Total Eclipse of the Heart, ha muerto a los 75 años en un hospital de Portugal, donde permanecía ingresada desde el pasado mes de mayo. Lo ha anunciado su propia familia en un comunicado difundido este jueves por la mañana a través de la web oficial de la artista, que confirma el peor desenlace de una agonía que se prolongaba desde hacía más de dos meses.
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«La familia y el equipo de Bonnie están desolados al anunciar que Bonnie falleció inesperadamente anoche en un hospital de Portugal, a consecuencia de la enfermedad por la que estaba siendo tratada», reza la nota. «Emitiremos otro comunicado en breve, pero por ahora pedimos privacidad para afrontar esta Tragedia». La cantante galesa falleció, por tanto, durante la noche del miércoles, y su equipo esperó a la mañana siguiente para hacerlo público, desatando de inmediato una ola de consternación por la muerte de una intérprete cuyo timbre áspero se convirtió en un patrimonio sonoro de varias generaciones.
Dos meses en el filo: una operación de urgencia, un coma y una parada cardíaca
El calvario había comenzado el 6 de mayo, cuando la artista ingresó en un hospital de Faro aquejada de un fuerte dolor abdominal. Los médicos decidieron intervenirla de urgencia y practicarle una cirugía intestinal que se complicó gravemente. La cantante fue sometida a un coma inducido y, en el intento de sacarla de él, sufrió una parada cardíaca que agravó todavía más su pronóstico. A mediados de junio, su entorno difundió un parte que quiso ser esperanzador y resultó, visto ahora, un espejismo: había despertado del coma, aunque continuaba «muy grave» en la Unidad de Cuidados Intensivos. Nunca llegó a abandonar el hospital.
La enfermedad se llevó por delante los planes profesionales de una mujer que a los 75 años seguía en activo y con la agenda repleta. Su gira europea de 2026 quedó suspendida desde el primer momento: el concierto inaugural en Alemania se canceló nada más conocerse el ingreso, y con él fue cayendo el resto del calendario, incluida su participación en un festival escocés previsto para el 16 de agosto. En España no había fechas programadas en esta gira, aunque su repertorio lleva décadas siendo banda sonora obligada de las radiofórmulas y de las noches de cualquier verbena.
De una operación de nódulos a la voz más imitada del planeta

Detrás del nombre artístico había una mujer nacida como Gaynor Hopkins el 8 de junio de 1951 en Skewen, una localidad del condado galés de Neath. Había cumplido 75 años apenas un mes antes de morir. Su rasgo más célebre, esa ronquera desgarrada que la hizo irrepetible, no fue un don natural sino la consecuencia de un accidente médico: en 1977 pasó por el quirófano para que le extirparan unos nódulos de las cuerdas vocales y, en plena convalecencia, forzó la garganta gritando. El daño fue permanente. Aquel timbre roto, que en teoría debía arruinar su carrera, terminó siendo su firma y su fortuna.
Ese mismo año llegó It’s a Heartache, que alcanzó el número Cuatro en las listas británicas y el tercer puesto del Billboard Hot 100 estadounidense, y que la sacó del circuito de los pubs galeses para instalarla en el mapa internacional. Pero la consagración definitiva tenía fecha: 1983, el año en que el compositor y productor Jim Steinman, el hombre que había esculpido el sonido operístico y desmesurado de Meat Loaf, le entregó Total Eclipse of the Heart. La canción se instaló en el número uno de Reino Unido, de Estados Unidos y de medio mundo, superó los seis millones de copias vendidas y se convirtió en uno de los sencillos más vendidos de todos los tiempos. Con el mismo autor firmó también Holding Out for a Hero, escrita junto a Dean Pitchford para la banda sonora de Footloose, otro himno que ha sobrevivido a todas las modas.
Eurovisión, el MBE y medio siglo junto al mismo hombre

Lejos de refugiarse en la nostalgia, la galesa siguió aceptando desafíos hasta bien entrada su séptima década. En 2013 representó a Reino Unido en el Festival de Eurovisión con el tema Believe in Me, una apuesta que terminó en un discreto decimonoveno puesto pero que devolvió su rostro a millones de espectadores europeos que la habían conocido a través de las radios de sus padres. Años después, la corona británica reconoció su trayectoria distinguiéndola con el MBE por sus servicios a la música, en la lista de honores de 2022.
En lo personal, su biografía desmiente el tópico de la estrella del rock devorada por sus propios excesos. Se casó en julio de 1973 con Robert Sullivan, promotor inmobiliario y judoca que había competido en los Juegos Olímpicos de 1972, y permaneció a su lado más de medio siglo, una longevidad conyugal casi insólita en el oficio. Fue precisamente esa vida discreta, repartida entre Gales y el Algarve portugués, la que explica que su última batalla se librara en un hospital de Faro, lejos de los focos que la encumbraron.

Quedan las canciones, que es lo único que de verdad sobrevive. Queda esa voz lijada por un error quirúrgico y convertida en emblema, capaz de sostener un estribillo imposible mientras un coro de niños repetía «turn around, bright eyes» y una generación entera aprendía que también se puede cantar el desamor a gritos. Bonnie Tyler no necesitó afinar como Los Ángeles para durar cuarenta años en la memoria colectiva. Le bastó con romperse la garganta y no arreglarla jamás.
