Violeta Mangriñán ha vuelto a los cayos de Honduras por la vía del recuerdo y lo ha hecho sin ahorrarse una sola aspereza. La creadora de contenido y su pareja, Fabbio Colloricchio, repasaron su paso por Supervivientes en un directo con el streamer Anas Andaloussi del que han salido cifras de caché con nombre y apellido, un relato durísimo sobre las condiciones del concurso y una petición concreta a la productora del formato.
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La conversación, cuyos cortes empezaron a circular por las redes el fin de semana, llega en el momento más inoportuno para Mediaset España, que calienta motores para el desembarco de una nueva edición de Supervivientes All Stars. Mangriñán concursó en 2019 y de aquella aventura salió con dos cosas opuestas: la relación que hoy mantiene con Colloricchio y con la que tiene dos hijas, y un poso que siete años después sigue sin diluirse. Ella asegura que durante la grabación la trataron «como una basura» y sostiene que las consecuencias de someterse al concurso fueron mucho más serias de lo que se percibe desde el sofá. Su testimonio enumera situaciones concretas, las sitúa en un lugar y en un momento, y pone encima de la mesa lo que, según afirma, cobraban los concursantes que dormían a su lado.
El agua fría que solo veía beber al equipo

El primer episodio que desgrana tiene que ver con algo tan elemental como beber. La exconcursante describe el desembarco en el cayo donde se graban las pruebas como un ejercicio de contención: llegaban deshidratados, exhaustos y se encontraban de frente con el equipo técnico refrescándose delante de ellos. «Te mueres de sed y cuando llegas a las pruebas ves a la gente beber agua fría. Le pregunté al médico por qué no nos daban y me dijo que porque sacia», relató. La explicación que asegura haber recibido del servicio médico del programa apunta a que el agua fría corta el apetito, un efecto que en un formato construido sobre el hambre juega en contra del espectáculo. Mangriñán no se detiene ahí y encadena el resto de las condiciones que, sostiene, acompañaban a los concursantes las veinticuatro horas: la lluvia, el suelo, la falta de descanso y la ausencia de cualquier margen para recuperarse entre una prueba y la siguiente.

Ese cuadro, insiste, se agrava porque desde fuera resulta prácticamente imposible calibrarlo. El espectador ve galas, collares de líder y expulsiones, pero no las horas muertas entre gala y gala, que son las que ella describe como determinantes. «Llueve, duermes en un charco», resume al hablar de las noches en los cayos, y ese detalle —dormir sobre agua, sin posibilidad de secarse— es el que utiliza para explicar por qué el desgaste no se mide en días de concurso sino en secuelas posteriores. La creadora de contenido reconoce, eso sí, un mérito que reparte entre todos los que han pasado por el formato: afirma que quienes se someten a la dureza extrema del concurso «tienen un mérito muy grande».
El rapapolvo del director cuando bajaba la audiencia

El pasaje más incómodo para la organización llega cuando Mangriñán vincula el trato que recibían los concursantes con el dato de audiencia de la semana. Según su versión, cuando el seguimiento del espacio caía, la dirección bajaba a los cayos a pedir cuentas: «Si esa semana se ha hecho menos audiencia y estás tirado como un perro, reventado, llega el director y te dice: «Eh, que aquí no estáis de vacaciones». Te hablan fatal, llueve, duermes en un charco y encima te dan el rapapolvo». La escena que dibuja coloca a un grupo de personas sin comida, sin sueño y sin techo recibiendo una reprimenda por un indicador que no depende de ellos, y es ahí donde encaja la frase que ha corrido por las redes: asegura que uno acaba sintiéndose «como una basura».
La denuncia, tal y como ella la formula, apunta menos al hambre —que es el contrato que firma quien entra— y más a la capa que se superpone al hambre cuando las cámaras se apagan. Es un matiz importante, porque separa las condiciones pactadas del formato de lo que describe como una gestión de las personas basada en la presión. Mangriñán no cita nombres del equipo ni concreta a qué edición se refiere más allá de la suya, la de 2019, y en aquel momento el programa lo producía Bulldog TV, no Cuarzo, la productora que se encarga hoy del formato. Ese cambio de manos impide trasladar automáticamente su testimonio a lo que ocurre hoy en los cayos hondureños, aunque el concurso, en lo esencial, sigue siendo el mismo.
«Mil y pico» a la semana frente a los 42.000 de Colate


El otro frente que abrió durante el directo es el económico, y es el que ha convertido la charla en un asunto de conversación general. Mangriñán calificó de descompensado el reparto de cachés de su edición y lo hizo poniendo su propia nómina al lado de la de los fichajes estrella con los que compartió playa, entre ellos Isabel Pantoja, Carlos Lozano y Colate Vallejo-Nágera. «Yo cobraba mil y pico euros limpios a la semana, que es mucha pasta, pero al lado estaba Colate cobrando 42.000 euros pasando la misma hambre que yo, o la Pantoja cobrando ochenta y tantos mil. Pensabas: estoy sufriendo como un perro y cobrando la mitad de la mitad de la mitad de este que está al lado», lamentó. Las cifras son las que ella atribuye a sus compañeros y ninguno de los aludidos las ha confirmado.
A la cifra le añade el efecto que la diferencia económica tenía dentro del concurso, donde explica que podía convertirse en un elemento más de presión durante la convivencia, encima del hambre y del cansancio. Ella misma reconoce que, si se paraba a pensarlo, se pegaba unas «rayadas» considerables. La exconcursante no reclama para sí lo que cobraron los demás ni discute que su propio caché fuese generoso: ella misma califica de «mucha pasta» los «mil y pico euros limpios» semanales que asegura haber percibido. Lo que señala es la distancia entre unos y otros dentro de una misma playa, en un formato donde, según su relato, el hambre y las pruebas se repartían por igual y la nómina no. Ninguno de los concursantes a los que atribuye esas cantidades se ha pronunciado sobre ellas.
La factura a los 25 años y la petición de un tope de edad
De todo el material, la propuesta que más recorrido tiene es la que menos titulares se ha llevado. Mangriñán pide que el concurso incorpore un límite de edad para los aspirantes, y lo argumenta partiendo de su propio caso: entró con veinticinco años y sostiene que aun así el formato le pasó factura. «Si a mí me ha pasado factura a nivel de salud y entré con 25 años, imagínate a alguien que entra con 40. Para mí debería haber un límite de edad porque te puede dejar tocado para toda la vida», explicó. Es una petición dirigida al diseño del programa, no a un responsable concreto, y llega en un formato que lleva ediciones apoyándose precisamente en veteranos de la televisión con muchos más años que ella para armar sus repartos.

El contrapunto lo pone la propia protagonista, y es el que explica que su balance no sea unívoco. En aquellas playas hondureñas empezó su historia con Fabbio Colloricchio, la relación que hoy sostiene una familia con dos hijas en común y que ha sobrevivido a todo lo que vino después. La aventura que describe como devastadora es también la que le cambió la vida, y esa contradicción atraviesa la charla entera sin que ella intente resolverla. Con este historial encima de la mesa, un eventual regreso suyo a un All Stars parece descartado.
No es la primera vez que el entorno de la valenciana señala a la cadena: su propia hermana ya relató el «asedio» que asegura haber sufrido para convertirse en personaje televisivo durante aquella misma edición de 2019, en una línea muy parecida a la que ella desarrolla ahora sobre el trato dentro del programa. El momento en que llegan estas declaraciones tampoco es neutro: Telecinco tiene el estreno del All Stars fijado para el 3 de septiembre y lleva semanas alimentando la expectación en torno a un reparto de veteranos que todavía no ha confirmado del todo.
