La influencer Amelia Bono ha paralizado las redes sociales al mostrar las consecuencias de un accidente que pudo ser fatal. Lo que comenzó como un debut deportivo de la mano de su novio, el entrenador Alejandro Reina, terminó en un «estreno» sangriento marcado por un impacto contra el suelo que la propia protagonista ha calificado como una auténtica «hostia».
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«Me podría haber matado»: El estremecedor relato tras el golpe
La salida al campo de la exnuera de Raphael no pudo tener un final más dramático. Tras recorrer sus primeros 16 kilómetros, la determinación de Amelia se truncó en una caída aparatosa que le ha dejado el cuerpo y el rostro cubiertos de heridas, cortes y rozaduras. Con la voz quebrada y el susto todavía reflejado en su mirada, la hija de José Bono ha sido tajante sobre la gravedad del asunto: «Qué hostia me he dado, si me podría haber matado».
El accidente, que ha dejado a sus más de medio millón de seguidores en shock, se produjo por un error técnico fatal al no utilizar los frenos adecuados, lo que provocó que Amelia saliera despedida hacia delante. La imagen de la influencer en el suelo, conmocionada y dolorida, es el testimonio gráfico de un «estreno» que casi acaba en tragedia de no ser por un elemento clave: «¡Bendito casco!».
Alejandro Reina y la premonición que se cumplió
El novio de la empresaria, Alejandro Reina, ya le había advertido antes de arrancar la ruta que era «propensa a caerse», una frase que Amelia intentó desmentir antes de que el asfalto le diera la razón de la peor manera posible. Pese a estar equipada como una auténtica profesional, la falta de experiencia le jugó una mala pasada que la obligó a regresar a casa magullada.
Sin embargo, en un alarde de resiliencia, Amelia Bono ha dejado claro que no piensa tirar la toalla. Tras divorciarse de Manuel Martos y consolidar su relación con Reina a finales de 2025, la madrileña parece haber adoptado una filosofía de hierro: se cae, se limpia la sangre y ya está pensando en la siguiente ruta. Una actitud que define a la perfección el momento de «corazón en calma» y felicidad que atraviesa, a pesar de los baches —literales— del camino.
