La pregunta la lanzó ella misma, sin aviso previo y sin la mediación de ningún plató, desde su perfil personal en redes: «Mujeres de por aquí, ¿alguna de vosotras se ha librado en su vida de haber sufrido algún tipo de abuso, de acoso, de alguna agresión de índole sexual, por parte de algún hombre, a lo largo de su vida? Yo no. ¿Vosotras?». Quien escribe es María José Campanario, odontóloga, esposa de Jesulín de Ubrique y uno de los rostros más escrutados y peor tratados de la crónica social española de las últimas dos décadas. La respuesta que recibió la ha desbordado, y este viernes ha vuelto a escribir para contarlo.
Te recomendamos

Paz Vega rompe su silencio sobre su deuda millonaria con Hacienda y no busca culpables: «Mi prioridad es regularizar completamente mi situación»

Adara Molinero enseña el primer pinchazo de su fecundación in vitro en manos de Vicente Romero: «Con mucha ilusión, pero también con mucho miedo»

Shakira alza la voz contra la inteligencia artificial: «Se han generado imágenes mías con personas con las que no he estado»

El homenaje más emotivo de Carme Chaparro a su madre tras el peor año de su vida: «Ninguna riqueza se acerca a que mamá te mire y te sonría»
El mensaje inicial lo publicó ayer en su cuenta, la que firma bajo el alias Mery Land. No esperaba nada parecido a lo que llegó. «Sabía más o menos cuáles serían la mayoría de vuestras respuestas, pero os estoy leyendo llorando», escribió mientras se acumulaban los testimonios. Y hoy, incapaz de terminar la lectura de una sentada, ha publicado el cierre del hilo: «Nunca pensé que este hilo que subí ayer tuviese la repercusión que tuvo. Sabía que habría muchas mujeres que responderían ‘sí’ o ‘no’, más noes que síes, pero lo que leí ayer y lo que he terminado de leer hoy, porque ayer fui incapaz de terminar, me abre las carnes. Gracias a todas las que respondisteis, a los hombres que entendisteis y apoyasteis (dos o tres) y, sobre todas las cosas, un abrazo inmenso a todas vosotras. Ojalá nunca, jamás, ni una más, tuviese que pasar por cosas así».
Una afirmación en primera persona, sin nombres y sin causa judicial
Importa fijar con precisión qué ha dicho y qué no ha dicho la odontóloga, porque en asuntos como este el matiz lo es todo. La empresaria afirma en primera persona no haberse librado de sufrir «algún tipo de abuso, de acoso, de alguna agresión de índole sexual» a lo largo de su vida. No relata un episodio concreto, no fija una fecha, no describe un lugar y, sobre todo, no señala a nadie. No consta denuncia judicial alguna, ni causa abierta, ni persona investigada a raíz de estas palabras. Se trata, por tanto, de una reflexión personal hecha pública en su propio perfil, y como tal debe leerse: un testimonio, no un procedimiento.

El único caso con nombre propio que aparece en su escrito no le concierne a ella, sino al país entero. La esposa del diestro cerró su reflexión invocando la efeméride más sombría del calendario judicial español reciente: «No todos los hombres, pero cinco hombres, hace justo hoy 10 años, planificaron ‘violentar’ y, lo llevaron a cabo, a una mujer en Sanfermines. Por turnos, todo ordenado. No contentos con ello, lo grabaron y siguieron riéndose de ello, hasta que fueron detenidos. Ya disfrutan de permisos penitenciarios y a partir del 2029 irán saliendo, progresivamente, de la cárcel. No todos los hombres, pero siempre hombres». Es la referencia al caso conocido como La Manada, la agresión sexual múltiple cometida durante los Sanfermines, y de esa última frase suya procede el titular que ha recorrido la prensa esta mañana.
La mujer que aprendió a callar
Que sea precisamente ella quien abra esta conversación tiene un espesor difícil de exagerar. Pocas figuras de la vida pública española han sostenido un escrutinio tan largo, tan invasivo y tan cruel como el que ha soportado la odontóloga desde que su vida quedó unida a la del torero. Durante años se especuló sin descanso sobre su salud, sobre su matrimonio, sobre su cuerpo y sobre su carácter, en programas y portadas que rara vez le concedieron el derecho a responder. Su relación con los focos ha sido, por eso, de una distancia casi militante: apenas concede entrevistas y ha convertido sus perfiles en el único canal donde habla con voz propia y sin intermediarios.
Ese blindaje explica el impacto de lo ocurrido estos dos días. La empresaria no ha buscado un plató, ni ha vendido una exclusiva, ni ha convertido su testimonio en un producto. Ha lanzado una pregunta a otras mujeres y se ha quedado a leer las respuestas hasta que no ha podido más. La mecánica es exactamente la contraria a la del negocio del corazón: aquí no hay protagonista, hay un altavoz cedido. Y lo que ese altavoz ha devuelto —cientos de mujeres contando lo que nunca contaron— es lo que la ha hecho llorar.
Dos generaciones, dos silencios rotos
La escena tiene además un eco doméstico que estremece. Hace apenas unas semanas fue Julia Janeiro, su hija, quien decidió dar la cara públicamente para denunciar el acoso que sufre en las redes desde niña, el aluvión de mensajes de odio de personas adultas que, dijo, llegan a desearle la muerte. Aquello era acoso digital, un fenómeno distinto del que describe ahora su madre, y conviene no mezclarlos ni atribuir a una lo que dijo la otra. Pero el paralelismo resulta imposible de ignorar: madre e hija, en el mismo verano, decidiendo por separado que ya no se callan.
De momento, el testimonio circula prácticamente en solitario: al cierre de esta información solo La Razón lo había recogido entre la prensa nacional. Habrá que ver si el resto del ecosistema mediático que durante veinte años ha diseccionado su vida encuentra hoy el mismo interés por escuchar lo que tiene que decir. Ella, en cualquier caso, ya ha dicho lo esencial, y lo ha dicho sin señalar a nadie y sin pedir nada a cambio: que la pregunta que lanzó al aire encontró demasiadas respuestas afirmativas. Ese, y no otro, es el dato.
