El «flaco» de Úbeda atraviesa una etapa de estabilidad que contrasta con los fantasmas de un pasado marcado por el exceso y la persecución fiscal. Joaquín Sabina ha roto su silencio sobre la delicada situación económica que le dejó «temblando», confesando que, tras décadas de despreocupación financiera, el fisco le ha propinado un golpe definitivo. Sin embargo, el artista asegura que su verdadera ruina no fue perder la fortuna malgastada en «mujeres, alcohol y fiestas», sino el vacío existencial que le provocó un ictus y la posterior depresión.
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El «mordisco» del fisco: 2,5 millones de euros

La relación de Joaquín Sabina con la Agencia Tributaria ha sido, en sus propias palabras, un «viaje de los que quitan el hipo». El Tribunal Supremo confirmó que el cantante debía abonar cerca de 2,5 millones de euros tras años de litigios por el uso de sociedades para tributar sus derechos de autor entre 2008 y 2010. Sabina, que siempre ha delegado su gestión económica en terceros, lamenta el trato recibido durante el proceso.
«Me quejo de que me traten como a un delincuente cuando yo solo quería hacer canciones», confesaba el artista, llegando a bromear con que sus últimas y exitosas giras, como Contra todo pronóstico, han servido principalmente para «pagarle el sueldo al ministro de Hacienda». A pesar del desfalco, su patrimonio sigue siendo envidiable, centrado en su imponente piso en la plaza madrileña de Tirso de Molina —una suerte de museo-biblioteca— y su refugio estival en Rota, Cádiz.
La ruina emocional: El miedo a la calle
Más allá de las cuentas bancarias a cero, Sabina ha querido profundizar en su quiebra más dolorosa: la emocional. El ictus que sufrió marcó un punto de inflexión que lo sumergió en una depresión profunda durante dos años. «Me sentí una ruina humana. De pronto, el tipo que se comía la noche y no dormía, tenía miedo de salir a la calle», admite con una vulnerabilidad inusual.
Ese periodo de silencio creativo, donde se sintió «vacío, sin una sola palabra que escribir», fue para él mucho más difícil de gestionar que cualquier deuda económica. La casa que antes era el escenario de las fiestas más locas de Madrid se convirtió, por un tiempo, en una «cárcel» personal donde el artista tuvo que aprender a vivir sin la adrenalina de los escenarios.
Jimena Coronado: La arquitecta de su nueva estabilidad

Si Joaquín Sabina disfruta hoy de una estructura sólida y profesionalizada es gracias a Jimena Coronado. Su mujer ha pasado de ser su musa a supervisar directamente sus contratos, sociedades —como Ultramarinos Finos SL— e impuestos. Jimena ha logrado que el dinero del cantante deje de evaporarse en invitaciones masivas para amigos en hoteles de lujo, garantizando que al «maestro» no le falte de nada en su madurez.

A sus 77 años, Sabina vive una rutina de hombre rico en tiempo y cultura. Sus mayores gastos ya no son las juergas interminables, sino la adquisición de libros raros, primeras ediciones literarias y cenas privadas con su círculo íntimo, entre los que se encontraban Benjamín Prado o la añorada Almudena Grandes. Ha saldado sus cuentas con el Estado y, aunque Hacienda le dejara «temblando», ha encontrado el significado de la vida en la paz de su hogar.
