El universo de las pasarelas y la alta política internacional vuelve a situar sus focos sobre una de las figuras más enigmáticas, elegantes y complejas de las últimas décadas. La cantante, compositora y exmodelo de los años noventa Carla Bruni ha decidido sincerarse a nivel emocional en una reciente intervención para abordar una de las facetas más desconocidas y espinosas de su trayectoria personal. La que fuera primera dama de Francia ha desvelado que lleva un año completo sin probar una sola gota de alcohol, una drástica determinación que no obedece a un imperativo de salud o a una elección meditada, sino al cumplimiento estricto de una promesa realizada en la intimidad a su hija pequeña, Giulia Sarkozy, de catorce años de edad. Su testimonio ofrece una radiografía descarnada sobre la gestión de los hábitos compulsivos en la madurez y la influencia de las nuevas generaciones.
Te recomendamos

Sandra Barneda festeja el Orgullo con un beso a Pascalle Paerel y un claro mensaje de libertad

Alba Carrillo despide a su hijo Lucas en Barajas: un viaje a Estados Unidos que une a toda la familia

Rocío Muñoz desafía la millonaria demanda de Omar Montes y asegura tener pruebas para desmontarle

Aitana festeja su 27 cumpleaños besando a Plex y soplando velas ante sus fans en Asturias
La revelación de este retiro de la bebida se produjo durante la participación de la intérprete en el espacio sonoro Sens & Confidences, un foro donde la italiana abordó el cambio radical que ha experimentado su rutina diaria en estos últimos doce meses. Con una mezcla de ironía y honestidad, la artista describió cómo se gestó el compromiso familiar que la ha mantenido alejada de las copas, reconociendo el peso que supuso la petición directa de la adolescente. La determinación de la menor obligó a la modelo a replantearse sus dinámicas de evasión social en un proceso donde el consumo de estas sustancias se encuentra completamente normalizado.

«Mi hija me pidió que dejara de beber durante un año y le dije: ‘De acuerdo’. Desgraciadamente», confesó de forma franca, dejando entrever el esfuerzo inicial que requirió la desconexión. No obstante, la vocalista quiso extraer una lectura positiva de esta fase de sobriedad, asegurando que la experiencia le ha servido para recolocar la importancia de estas corrientes en su vida social: «En realidad, es una gran alegría. Precisamente porque pone todo esto del alcohol en perspectiva. Obviamente es algo maravilloso, pero requiere moderación. Eso seguro. Y sigue siendo un poco artificial». Durante la charla, la creadora no dudó en catalogar la sustancia como un «veneno delicioso pero indigesto», evidenciando la dicotomía interna a la que se enfrenta.
El laberinto de los excesos y el amparo de Nicolas Sarkozy

No constituye esta la primera ocasión en la que la musa de las pasarelas aborda públicamente su tendencia hacia el consumo desmedido de diversa índole. En anteriores comparecencias, como su intervención de enero de 2023 en el espacio de entrevistas Contre-Addictions, la maniquí rememoró que su vinculación con los hábitos compulsivos arrancó de forma prematura durante una infancia marcada por la ingesta masiva de azúcares, llegando a consumir entre treinta y cuarenta refrescos diarios, para posteriormente dar el salto al tabaco y las copas. Con una crudeza inusual en los círculos de la alta sociedad parisina, resumió aquella etapa de juventud con una frase elocuente: «No es que bebiera todos los días, es que me ahogaba todos los días».

En ese mismo escenario, la cantante ensalzó el papel equilibrador que ejerce su esposo, el exmandatario francés Nicolas Sarkozy, quien se ha erigido en el principal apoyo para mantener el orden en el hogar común gracias a su perfil abstemio. «Éil me ayuda a dejarlo porque no bebe. No es muy partidario de dejarse llevar, mientras que yo… ¡No somos del mismo tipo!», admitió de forma distendida, retratando las notables diferencias de carácter que definen a la pareja. La intérprete detalló las dificultades que arrastra para imponerse límites una vez que se inicia el consumo: «El problema es que, como soy adicta, no me detengo ante una ligera intoxicación. Para mí, una cerveza pequeña es como agua mineral». Esta falta de término medio la llevó a comparar la primera copa con la aparición de «un pequeño diablo delicioso» que la empuja a seguir y anula su capacidad de decisión de cara a la segunda copa.
De la estética demacrada al auge del bienestar
La madurez de la artista italiana se encuadra en una evolución cultural que describe perfectamente el cambio de paradigma experimentado por la industria de la moda desde finales del siglo pasado. La maniquí formó parte activa de la legendaria hornada de supermodelos que dominó los años noventa, una época dorada donde la cara más amable de los desfiles convivía en los camerinos con una preocupante cultura del exceso, las jornadas interminables y la presión estética extrema. Aquella tendencia, bautizada por los analistas como heroin chic, ensalzasen las ojeras marcadas, la delgadez severa y el aspecto enfermizo como cánones de máxima sofisticación, teniendo a Kate Moss como máximo exponente involuntario.
Aquel panorama comenzó a resquebrajarse tras sucesos como el fallecimiento por sobredosis del fotógrafo Davide Sorrenti en 1997, un suceso que empujó al propio mandatario estadounidense Bill Clinton a reprochar públicamente unas campañas publicitarias que «glorifican la muerte». El verdadero cambio social llegó décadas más tarde con la instauración de la cultura del autocuidado y la salud mental, un movimiento de bienestar donde la desconexión, los límites personales y la sobriedad han dejado de verse como una excentricidad para transformarse en el nuevo símbolo de estatus y equilibrio de la generación Alpha, la misma a la que pertenece la hija de la modelo.
