Cuando le encargaron el tema para la clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona, a Peret no le salía la música. Llevaba días dándole vueltas sin encontrarla, hasta que se acordó del estribillo de una de las rumbas que había compuesto durante su década de predicador evangélico. Decía «Jesucristo es poderoso, Jesucristo tiene poder». Cambió una palabra por otra, y de ahí salió lo demás. El estadio entero acabó cantando una canción de iglesia sin saberlo.
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Se cumplen doce años de su muerte, ocurrida el 27 de agosto de 2014 a los 79, y esa anécdota resume mejor que ninguna otra a un hombre al que casi siempre se cuenta por la mitad: o el creador de un género, o el que lo dejó todo por Dios. Fueron la misma persona, y de hecho una cosa alimentó a la otra. Lo que sigue son las partes de su biografía que no suelen caber en los obituarios.
Del barro de Mataró al Tívoli, con doce años
Se llamaba Pere Pubill Calaf y nació el 24 de marzo de 1935 en Mataró, en un pequeño asentamiento de chabolas llamado Los Corrales, donde vivió hasta los cuatro años. Su nieta lo ha descrito con las palabras que él usaba: hambre, frío, barro y miseria. Después la familia se mudó a Barcelona, junto a la calle de la Cera, en El Raval. Su padre era comerciante ambulante de tejidos y todo el mundo lo conocía por un apodo hermoso, el Mig Amic, «el medio amigo». Peret le dedicó una canción con ese título que Manuel Vázquez Montalbán llegó a considerar la mejor de la nova cançó catalana.

Apenas pisó la escuela, y no fue por falta de medios sino por una decisión doméstica: su abuela sostenía que allí le llenarían la cabeza de ideas raras. Aprendió en la calle y en los mercados, vendiendo desde crío, y antes de vivir de la música fue carpintero, tapicero y chatarrero. Hay un episodio de aquella infancia que él contaba con una frase que se le quedó grabada de por vida: tenía tres años cuando resultó herido leve en un bombardeo junto a su abuela y dos tías, y recordaba que alguien decía que estuvieran tranquilos, que los aviones «eran de los nuestros». Desde entonces, decía, siempre le dio miedo esa expresión. Su primera actuación como cantante llegó a los doce años, en el teatro Tívoli de Barcelona.
Qué inventó exactamente: el ventilador y unas palmas con partitura

Conviene ser preciso con lo que aportó, porque se repite mucho y se explica poco. La rumba catalana nace a finales de los cincuenta de una mezcla muy concreta: del rock tomó el ritmo y del mambo la armonía, y lo trasladó todo a una guitarra española, no flamenca. Ese detalle, que suele omitirse, era deliberado: reivindicaba una impronta gitana catalana distinta de la rumba flamenca que se hacía en otros barrios. Él mismo lo resumía diciendo que era la mezcla del rock de Elvis con ritmos caribeños, en particular los de Pérez Prado. Y sobre la corona que le colgaron siempre fue exacto: «Yo no soy ningún rey de nada, pero sí he creado un género de rumba, la catalana».
El ventilador es la parte que todo el mundo ha visto: voltear la guitarra y percutir sobre su madera, de modo que la misma mano lleve a la vez el rasgueo y la percusión. Pero hay una segunda aportación, menos vistosa y probablemente más importante, que casi no se cuenta. Junto a sus amigos de la calle de la Cera se propuso crear unas palmas distintas de todo lo conocido: medidas y ejecutadas con tal precisión que funcionaran como un instrumento percusivo con entidad propia, palmas que pudieran transcribirse a una partitura. Eso es convertir un gesto de acompañamiento en música escrita. Hay además un detalle que le honra y que hoy sería un escándalo en otras manos: adaptó a su ritmo canciones de autores caribeños —su Mataron al gitano Antón venía del Mataron al negro Bembón de Ismael Rivera— y se ocupó de que aquellos autores cobraran sus derechos.
A Eurovisión con escolta y permiso de armas

El 6 de abril de 1974 representó a España en Brighton y quedó noveno, con diez puntos, empatado con el belga Jacques Hustin. Ganó ABBA con Waterloo. Lo que no se cuenta es que no quería ir: «Me llevaron a la fuerza», dijo años después, y recordaba el argumento con el que lo convencieron desde la televisión pública, que hoy sonaría increíble: «No ha hecho el servicio militar, por lo menos haga esto». Estaba en la cima europea, vendiendo discos por millones, y aquello no le aportaba nada.
Y hay un dato que debería figurar en cualquier historia de la canción española y apenas aparece: fue a Eurovisión amenazado de muerte. Un mes antes del festival se había ejecutado a garrote vil a Salvador Puig Antich, y aquel viaje se convirtió en un asunto delicadísimo. Él lo dijo con todas las letras: «Me amenazaron de muerte y tuve que viajar con escolta». Su representante, el periodista Jorge Ragna, lo ha detallado todavía más: le presionaban de un lado para que fuera y del otro por ir, y durante unos años el cantante llevó encima un revólver con un permiso de armas especial. Su lectura del resultado, hecha décadas después, no tenía ni rastro de rencor: «No quiero decir que ABBA no ganara justamente, que lo hizo. Llevaban un estilo muy nuevo y un look muy moderno, pero a mí me perjudicó el clima político del momento».
Nueve años de silencio y un taxista detrás de otro

El 27 de noviembre de 1982, conduciendo hacia Mataró, tuvo lo que siempre describió como una revelación. Su manera de contarlo era literal y desarmante: dijo que había visto la cara de Dios y que comprendió que se le había metido en el corazón. Aquel mismo año dejó la música en la cumbre y se hizo pastor de la Iglesia Evangélica de Filadelfia. Le rebautizaron y durante casi una década se le conoció como el Hermano Pedro. En todos esos años solo compuso y grabó dos cánticos religiosos; el resto del tiempo predicaba y producía a otros cantantes. Fue una retirada real, no un paréntesis de promoción.
Se marchó de la iglesia a comienzos de los noventa, desencantado con asuntos de organización y de administración, y siguió predicando por su cuenta sin adscribirse a ninguna rama. La vuelta a los escenarios, en marzo de 1991, la explicó con una frase que vale por un ensayo entero sobre lo que significa ser popular en España: «Cada vez que cogía un taxi me decían lo mismo, que volviera a cantar». Un año después llegó la clausura olímpica, con aquella rumba nacida en un templo. Los dos actos de su vida, el del predicador y el del rey de la rumba, cabían por fin en la misma canción, y ni el estadio ni los millones de personas que lo vieron por televisión llegaron a enterarse.
Diez días antes de morir seguía grabando

Anunció su enfermedad el 30 de julio de 2014 y lo hizo, como no podía ser de otra manera, citándose a sí mismo: «¿No era acaso yo quien cantaba que es preferible reír que llorar y que así la vida se debe tomar? Pues en ello estoy». El Cáncer lo sorprendió preparando su primer disco íntegramente en catalán. No paró. Su último concierto lo dio en Valls, cuando ya entraba y salía de los hospitales, y lo abrió con una frase que lo retrata: «Me han dicho que lo tenía que cancelar. Pero aquí estoy». Y aún hubo tiempo para más: grabó su última canción diez días antes de morir. Fue la número trescientas de una vida.
Murió el 27 de agosto de 2014 en Barcelona, y la capilla ardiente se instaló, a petición de la familia, en el Saló de Cent del Ayuntamiento. Tres años antes había recibido la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en una ceremonia celebrada en el Palacio de El Pardo, un reconocimiento que, curiosamente, no figura ni siquiera en su ficha de la Wikipedia. La despedida más citada aquel día fue la de Rogeli Herrero, de Los Manolos: «De rey sólo hay uno y no pienso que tenga ningún heredero legítimo. Viva el rey». Y queda una espina que su familia hizo pública en 2019, cinco años después: pedían que la ciudad en la que vivió toda su vida y que tanto lo quiso le diera una calle, y sostenían que un mosaico compartido con otros grupos no era lo mismo. El creador de un género, decían, se merece una calle. Ahí siguen las palmas, mientras tanto, sonando en cada verbena de agosto sin que casi nadie sepa que están escritas.
