La icónica Samantha Hudson ha dinamitado el plató de El sótano club en Ten al calificar de «fascista» y «agitador» a Vito Quiles, tras una pregunta de Alba Carrillo sobre la ética profesional del comunicador a raíz de la denuncia de Begoña Gómez.
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Una colisión ética en el corazón del entretenimiento
El ecosistema de la televisión lineal española suele ser un reflejo amplificado de las tensiones que recorren las calles, y lo vivido recientemente en el plató de Ten es la prueba definitiva de que la política y el espectáculo caminan hoy de la mano. La irrupción de figuras que transitan la delgada línea entre la información y el activismo más radical ha generado una brecha insalvable en el sector. En este escenario, el programa El Sótano Club se ha erigido como el epicentro de una de las críticas más feroces y directas que se han escuchado en la temporada. La controversia, que ya sobrevolaba el ambiente tras los últimos incidentes protagonizados por Vito Quiles, ha terminado por estallar cuando el equipo de colaboradores abordó la supuesta agresión denunciada por Begoña Gómez en una cafetería, un hecho que ha vuelto a poner bajo el microscopio las prácticas de ciertos perfiles en la esfera pública.
La atmósfera en el set se cargó de una electricidad poco habitual cuando Alba Carrillo lanzó una pregunta que muchos consideran el gran dilema de la comunicación actual: ¿encaja la forma de actuar de Vito Quiles dentro del ejercicio periodístico?. La respuesta no llegó cargada de matices ni de la prudencia que a veces atenaza a los medios generalistas. Samantha Hudson, haciendo gala de esa claridad meridiana que la ha consolidado como un referente del pensamiento crítico contemporáneo, tomó la palabra para desmantelar la imagen profesional del aludido con una rotundidad que dejó poco margen a la réplica.
El veredicto de una artista sin mordaza
Según recoge el diario 20minutos en una crónica detallada sobre el encuentro, la artista no titubeó ni un segundo al ejecutar su análisis. La firmeza de Hudson no fue una simple opinión al aire, sino una sentencia estructurada sobre lo que ella considera una degradación de la profesión. Samantha fue contundente al afirmar que «lo de Vito Quiles es acoso y fascismo. No es un periodista, es un agitador utraderechista financiado por grupúsculos fascistas que tienen un interés muy claro en difundir relatos de odio y quedar de víctimas. Lo que quieren es armar un revuelo enorme». Estas palabras suponen un ataque directo a la línea de flotación de un modelo de comunicación que, según su criterio, se aleja por completo de la búsqueda de la verdad para centrarse en la provocación como moneda de cambio para ganar notoriedad en las plataformas digitales.
Pero la indignación de la colaboradora no se detuvo en la figura individual de Quiles. Hudson extendió su malestar a la presencia de estos perfiles en las instituciones educativas, un terreno que considera sagrado para el debate libre de coacciones externas. Con una vehemencia que traspasaba la pantalla, lanzó una petición que es ya un clamor en ciertos sectores sociales: «Que paren ya de ir fascistas a las universidades a dar por el culo porque luego pagan justos por pecadores». Con esta declaración, ponía el dedo en la llaga sobre la legitimación de ciertos discursos en espacios públicos y las consecuencias directas que ello acarrea para el resto de la comunidad estudiantil y activista del país.
El espejo de la desigualdad judicial y social
Para dotar de contexto histórico y social a su argumento, la artista quiso rescatar un caso que considera el ejemplo perfecto de la asimetría que impera en el sistema actual. Hudson aludió directamente al episodio de las siete de Somosaguas, un grupo de estudiantes y activistas de la Universidad Complutense de Madrid procesados por su participación en una protesta contra la extrema derecha en el campus. La comparación buscaba subrayar lo que ella percibe como una injusticia manifiesta en el trato mediático y legal.
En sus propias palabras, y ante la atenta mirada de sus compañeros de mesa, denunció que «así están las siete de Somosaguas, con un litigio de narices, y luego está gente tan de rositas».
Su razonamiento subraya una herida abierta en la narrativa pública: mientras el activismo universitario sufre a menudo el peso de la ley por defender sus ideales, figuras como Quiles se mueven con una aparente impunidad en los medios a pesar de las graves acusaciones de acoso que pesan sobre ellos. Esta reflexión final de Hudson no solo cerró el debate en el plató, sino que abrió una conversación masiva en las plataformas digitales, donde el término fascismo dejó de ser un tabú para convertirse en el eje de una denuncia necesaria sobre la salud de nuestra democracia informativa.
