Doce desconocidos encerrados en una ciudad construida a escala real, con dinero de verdad en juego, propiedades que comprar, alianzas que firmar y traiciones que ejecutar antes de que te las hagan a ti. Y al final, un único superviviente con dos millones de dólares en el bolsillo. No es la sinopsis de una distopía: es el nuevo concurso de Netflix, que ha decidido convertir el ‘Monopoly‘ —el juego de mesa que lleva casi un siglo arruinando cenas de Navidad y amistades de toda la vida— en un reality de estrategia a tamaño natural. La plataforma acaba de confirmarlo oficialmente al abrir el proceso de selección de concursantes, y el estreno está previsto para el otoño de 2027.
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Monopoly Town Square: una ciudad entera construida para arruinarse los unos a los otros
El escenario tiene hasta nombre propio: Monopoly Town Square, una recreación física del universo del juego por la que se moverán los doce participantes. Todos arrancan, aparentemente, en igualdad de condiciones, y a partir de ahí cada decisión los acercará a la fortuna o los dejará fuera del programa. El objetivo es exactamente el que uno esperaría: ganar dinero, adquirir propiedades, negociar acuerdos, esquivar la cárcel y, sobre todo, provocar la bancarrota de los rivales. Quien se quede sin recursos queda eliminado, y así uno a uno, hasta que solo permanezca en pie el propietario más poderoso.
Pero la clave del formato no está en la gestión financiera, o no solo. Está en lo que Netflix ha aprendido a explotar mejor que nadie en la última década: la mecánica social. La persuasión, el engaño, la capacidad de anticipar el movimiento del otro. Las alianzas serán decisivas —permitirán protegerse temporalmente, intercambiar recursos o frenar el crecimiento de un adversario—, pero solo puede ganar uno, de modo que llegará inevitablemente el momento en que todos tengan que traicionar a alguien. Es, en esencia, el mismo motor emocional que convirtió a ‘El juego del calamar‘ y a los grandes formatos de supervivencia en fenómenos globales, pero con hipotecas.
Las incógnitas que la plataforma todavía no ha resuelto
Con el anuncio en la mano, quedan más preguntas que respuestas, y no son menores. La compañía no ha explicado cómo funcionarán algunos de los elementos más icónicos del tablero: no se sabe qué papel tendrán los dados, cómo se decidirá la compra de propiedades ni si aparecerán las cartas de Suerte y Caja de Comunidad, esas que en la versión doméstica pueden mandarte a la cárcel sin pasar por la casilla de salida. Tampoco ha trascendido cuántos episodios tendrá el concurso, cuánto durará cada entrega ni, el dato que más morbo genera, quién lo presentará.
Lo que sí está claro es el procedimiento para intentar entrar. El casting ya está abierto, aunque de momento solo para residentes legales en Estados Unidos: hay que ser mayor de 21 años, tener pasaporte en vigor y disponer de hasta tres semanas de agenda libre para la grabación. Los aspirantes deben enviar un vídeo de aproximadamente un minuto explicando quiénes son, por qué quieren competir, cuál sería su estrategia y —la pregunta trampa— qué harían exactamente con los dos millones de dólares si llegaran a ganarlos.
El juego que enseñó al mundo lo que era la especulación inmobiliaria
Hay una ironía deliciosa en todo esto que conviene no pasar por alto. El ‘Monopoly’ nació hace casi un siglo y su antecedente directo, The Landlord’s Game, fue concebido precisamente para denunciar los males de la concentración de la propiedad y de los monopolios inmobiliarios: era una herramienta pedagógica contra la especulación. El destino quiso que acabara convertido en el juego que ha enseñado a varias generaciones a arruinar al vecino con una sonrisa. Y ahora, un siglo después, se transforma en televisión con dos millones de dólares de premio para el que mejor lo haga.
La jugada tiene toda la lógica del mundo para Netflix, que lleva años convirtiendo marcas reconocibles en formatos de entretenimiento masivo y que sabe que la audiencia ya no ve concursos: ve conflictos. Aquí tiene los dos ingredientes servidos: una nostalgia intergeneracional que no necesita explicación y un mecanismo dramático infalible, porque no hay nada más televisivo que ver a un puñado de desconocidos pactando por la mañana y apuñalándose por la tarde. Solo falta saber quién dirigirá el cotarro desde el plató. Y, sobre todo, si alguien se atreverá a hipotecar sus propiedades en el momento exacto en que el resto huele la sangre.
