Arturo Pérez-Reverte ha puesto palabras a algo que le ronda desde hace tiempo. El escritor, de 74 años, ha reconocido en una entrevista con el diario chileno La Tercera que se siente sobre todo mediterráneo y que el tramo final de su vida le empuja de vuelta al puerto de Cartagena donde aprendió a mirar el mar de niño. «Uno intenta regresar allí donde fue feliz, allí donde proviene, como volver al hogar para morir».
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«Yo soy español, pero sobre todo soy mediterráneo»

La frase la suelta sin coartadas y sin matizarla después. «Yo soy español, pero sobre todo soy mediterráneo», afirma Pérez-Reverte al hablar de sus raíces, y lo que viene detrás es todavía más frontal, porque ya no habla de geografía sino de calendario. «A medida que me hago mayor y llego hacia el final de mi vida, lo es más», explica, para rematar con la confesión que lo ordena todo. «Uno intenta regresar allí donde fue feliz, allí donde proviene, como volver al hogar para morir». El Mediterráneo, dice, es su verdadera patria, un símbolo de identidad antes que un accidente del mapa, y esa pertenencia se le ha ido intensificando con los años en lugar de diluirse.
Esa querencia no se queda en la bahía de su infancia. Cuando necesita reconocerse, Arturo Pérez-Reverte busca refugio en la luz y en los aromas de ciudades que comparten el mismo mar y el mismo oficio: Beirut, Estambul, Sicilia. Son escalas de una misma cuenca, puertos con salitre y con historia encima, y en ellos encuentra lo que no le da ningún otro paisaje. El mar ha sido siempre su elemento narrativo por excelencia y, según cuenta, también el lugar donde se siente acompañado incluso en la soledad de un café frente a la costa. El origen está fechado en su niñez: creció en Cartagena rodeado de libros de piratas y del salitre de un puerto en el que no dejaba de imaginar historias, y de ese cruce entre la genética marina y las novelas de aventuras que poblaron su infancia sale buena parte de lo que ha escrito después. El tramo final de su propia existencia, dice, le invita a buscar el sosiego en aquellos lugares donde alguna vez fue feliz.
«El mundo actual no me sirve»

Hay una segunda confesión, y esta apunta a su mesa de trabajo. El rechazo de Pérez-Reverte al mundo de hoy es una constante en su discurso: lo define como un escenario vulgar, carente de las posibilidades narrativas que sí ofrecen el pasado o los clásicos griegos y latinos. De ahí sale la frase que explica su catálogo entero. «El mundo actual no me sirve… Yo no puedo hacer una novela con teléfonos móviles o redes sociales». Con eso defiende la novela histórica como la mejor herramienta para explicar al ser humano de hoy a través de situaciones de ayer.
Los grandes conflictos humanos —la traición, el odio, la venganza— le parecen universales y siguen sirviéndole igual, pero prefiere desarrollarlos en épocas donde la tecnología no empañe la luminosidad de las ideas. Un teléfono en el bolsillo de un personaje resuelve en diez segundos lo que durante siglos costó una vida entera, y ahí se le cae la novela. De ahí que sitúe sus tramas en el pasado o entre los clásicos griegos y latinos, donde encuentra las posibilidades narrativas que, a su juicio, el presente ya no ofrece.
La Hispanidad, según él, «un hermanamiento»
El escritor tampoco esquiva en esa conversación los asuntos que le han costado polémicas, y en particular el legado de España en América. Defiende el concepto de Hispanidad como un «hermanamiento» y como una comunidad cultural de 600 millones de personas, y se muestra crítico con quienes exigen disculpas por la conquista, a la que compara con los excesos de otras potencias coloniales.
De ahí sale su lectura de la fecha del calendario. Lo que se celebra cada 12 de octubre, sostiene, es la creación de un «mundo nuevo, mestizo y maravilloso», unido por una lengua y por unos lazos que, según sus palabras, nos hacen «más inteligentes y simpáticos». Es el mismo hilo que recorre el resto de la conversación: una identidad que se explica por el mar y por la lengua.
Un corsario en el Egeo y una mujer sin esperanza

Esa manera de entender el oficio tiene su ejemplo más reciente en La isla de la mujer dormida, su novela más reciente y, para él, la culminación de un deseo nacido en aquella infancia cartagenera. El libro traslada al lector al año 1937, en plena Guerra Civil Española, pero lejos de las trincheras peninsulares. Su protagonista, Miguel Jordán Kyriazis, es un marino mercante enviado por el bando sublevado al Egeo para interceptar el material militar que la URSS hacía llegar a la República. La trama es una invención del autor, aunque el rigor histórico es absoluto: la reconstruyó a base de cartografía, memorias de marinos y viajes personales para «mirar, oler y oír» la esencia de las islas. Esa fase de documentación, reconoce, es la más divertida, frente a la tarea «árida y mecánica» de la escritura diaria.
Uno de los pilares de esa historia es Lena Katelios, un personaje que rompe el molde de las mujeres fuertes y luchadoras que suelen poblar su narrativa. Lena ya se siente vencida por la vida y por el desmoronamiento del héroe al que decidió seguir. «Quería contar la historia de una mujer cuando sabe ya que no hay esperanza», explica el escritor. Tras sacrificar su juventud por un hombre que ha resultado ser una decepción, el personaje decide vengarse a través de un «rencor intelectual» y utiliza el sexo y la indiferencia como armas de frialdad.
