Había una promesa sobre la mesa y sigue sin cumplirse. Fran Rivera se ha enfrentado por primera vez a las preguntas de la prensa sobre el estado de ruina en el que ha quedado Cantora y, entre evasivas y un evidente hartazgo, ha soltado dos titulares que reabren la herida del clan: que el reparto de las cabezas de toro de Paquirri que su hermano Kiko Rivera anunció a bombo y platillo continúa en punto muerto —«no hemos hablado con él»— y que el abandono de la finca no le sorprende lo más mínimo. «No me extrañaría nada», ha zanjado, en lo que suena a dardo directo a Isabel Pantoja.
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El torero, abordado por las cámaras de Europa Press, se ha empeñado en construir un muro de indiferencia que, sin embargo, se le ha resquebrajado por los flancos. «No he visto nada. Te puedo dar una opinión muy pobre sobre nada porque no sé de qué me estás hablando, la verdad», arrancó, negando haber visto las imágenes que han puesto a media España a hablar del cortijo de Medina Sidonia. E insistió, ya visiblemente incómodo: «No te puedo decir nada, no sé qué decirte, no puedo opinar de algo que no sé, que no he visto. No tengo ni idea de lo que me estás hablando. Yo vengo de currar, y el resto no sé nada, hijo. Perdona, pero te puedo ayudar muy poco, la verdad». La escena, con el diestro escudándose en su jornada de trabajo, dibuja a un hombre que ha decidido no entrar al trapo… hasta que entra.
La reconciliación taurina que se quedó en el aire

Porque el dato verdaderamente relevante de sus palabras no está en lo que opina de las humedades, sino en lo que revela sobre su hermano. El pasado 9 de junio, el dj confirmaba públicamente que la decisión de repartir con sus hermanos las ocho cabezas de toro que pertenecieron al diestro de Barbate contaba con el visto bueno de su madre: «Hemos, hemos. Mi madre y yo, los dos. Tal y como está la cosa, creo que conviene aclararlo», dijo entonces, sellando lo que parecía el principio del fin de décadas de guerra. Aquel gesto llegaba después de que el propio hijo mayor del torero contase, sorprendido, que había recibido un mensaje «muy cariñoso» del músico para dividir los enseres taurinos entre Cayetano Rivera, él mismo y el remitente.
Más de un mes después, aquel movimiento de acercamiento sigue sin traducirse en nada tangible. «Tampoco te puedo decir mucho más. No hemos hablado con él. Te sirvo de muy poco hoy», ha reconocido el mayor de los Rivera Ordóñez, admitiendo así que el reparto no ha avanzado ni un centímetro. Conviene recordar de dónde salieron esos trofeos: el intérprete de Todo me va bien los sacó del cortijo el pasado 17 de abril en un episodio de alta tensión, con la cerradura del acceso principal reventada y la guardesa de la propiedad amenazando con acudir a la policía por los destrozos. Aquel asalto se vendió como el primer paso de una paz histórica. Hoy, quien tenía que recibir las piezas asegura que ni siquiera se ha producido una llamada.
La familia del torero, en pie de guerra

El contexto de estas declaraciones es el terremoto que ha provocado el especial de Telecinco El Precio de Cantora, que entró por primera vez en décadas en la finca y devolvió un retrato desolador: habitaciones vacías, grietas, humedades, telarañas, la piscina convertida en un estanque de agua estancada y algas, y la plaza de toros cubierta de excrementos de animales. El símbolo del imperio que levantó el matador se ha degradado hasta lo irreconocible, y eso ha encendido a los suyos. Tanto José Antonio Canales Rivera como Antonio Rivera, sobrino y hermano del torero, han confesado su enfado y su tristeza al comprobar que el legado no está donde debería estar.
Enfrente, el silencio. La tonadillera, según ha publicado la revista Semana, no se ha inmutado ante la difusión de las imágenes, mientras su equipo de trabajo se afana en recordar que abandonó la propiedad hace más de dos años y que una finca rural de esas dimensiones se deteriora con rapidez si no se cuida a diario. Su hijo, el gran señalado por la opinión pública, sigue sin pronunciarse. Y Irene Rosales, que conoce la casa por dentro, prefirió rebajar el escándalo hace apenas dos días con un «se le está dando mucho bombo», la misma línea conciliadora que sostiene que nadie dejó morir aquello a mala idea.
Una indiferencia que dice más que un ataque
La postura del padre de Tana Rivera es, en el fondo, la más demoledora de todas. No hay reproche explícito, no hay lágrima, no hay comunicado: hay un encogimiento de hombros. Un «no me extrañaría nada» que, en el diccionario del clan, equivale a decir que ya se lo esperaba, que el deterioro de la casa donde su padre fue feliz es la consecuencia natural de una historia que hace mucho que dejó de importarle. Es la respuesta de quien lleva cuarenta y dos años reclamando lo que considera suyo —los trajes de luces, las cabezas de toro, la memoria misma del hombre que murió en la plaza de Pozoblanco en 1984— y ha aprendido a no esperar nada de la otra orilla.
La pregunta, ahora, es si esa entrega prometida llegará algún día o si se disolverá como tantos otros gestos de reconciliación que este culebrón ha ido escupiendo en los últimos años. El dj tiene la palabra, y la pelota, literalmente, en su tejado: las cabezas están en su poder desde abril. Mientras tanto, el cortijo se cae a pedazos ante las cámaras de la televisión y los descendientes del diestro asisten al espectáculo con una mezcla de rabia y resignación. Cantora ya no es una finca: es el escenario de una ruina que va mucho más allá de las grietas de sus paredes.
