El actor Enrique Arce, pieza clave en el éxito global de ‘La Casa de Papel‘, ha generado un terremoto mediático al confirmar su negativa a interpretar a Carlos Mazón en una película sobre la Dana. En declaraciones exclusivas a LOC, el intérprete valenciano antepone la ética y el respeto a sus raíces frente a un papel que considera moralmente inasumible.
Te recomendamos

Haakon despide al rey Harald al estrenar reinado en Noruega: «Mi padre siempre lograba que quienes lo rodeaban se sintieran a gusto»

Daniel Sancho ya tiene fecha para pedir su vuelta a España y su portavoz desmiente la ley que lo ataba 20 años a Tailandia

Lola Fernández Ochoa sube hoy al pico donde apareció su hermana Blanca y crea una fundación de salud mental para deportistas

La periodista Mayte Campos anuncia en Instagram a sus seguidores que su bebé está bien tras la eco 20 y que ya se despide de su pelo porque se le cae a cachos
La ética de un actor por encima del guion
En un ecosistema donde la ambición profesional suele dictar el camino, Enrique Arce ha decidido marcar un límite infranqueable. El actor, que alcanzó la fama mundial como el polémico Arturo Román, se enfrenta ahora a un guion real que le toca las fibras más sensibles de su identidad. Durante su paso por la novena edición del Festival de Cine de Ibiza, donde participó en la gala de los Premios Astarté, Arce reveló que recibió la propuesta de encarnar al presidente de la Generalitat, Carlos Mazón, en un proyecto cinematográfico sobre la tragedia de la DANA. Sin embargo, su respuesta fue un «no» rotundo que resuena hoy con fuerza en toda la industria audiovisual española.
Arce, de 53 años, no oculta que su situación actual le permite elegir desde la libertad, algo que no siempre fue posible. «Hubo una época en mi vida en la que yo era un actor que tenía que poner lentejas sobre la mesa y yo he hecho mucha basura por dinero», confiesa con una honestidad desarmante. Pero el presente es distinto. Con la estabilidad que le ha brindado su éxito internacional, el intérprete valenciano ha decidido que su carrera no puede avanzar a costa de la sensibilidad de sus paisanos. Para él, ponerse en la piel de un político tan cuestionado por su gestión en la catástrofe no es un reto actoral, sino una falta de respeto a quienes aún sufren las consecuencias del lodo.
Un rechazo basado en la identidad y la memoria
La decisión de Enrique Arce no responde a una estrategia de imagen, sino a una vivencia personal directa. El actor ha sido testigo de cómo la DANA ha golpeado a su propio entorno, mencionando incluso a familiares que perdieron su sustento en localidades como Alfafar. Por ello, su negativa es tajante: «No quiero meterme en la piel de una persona que ha generado tanto dolor, porque soy valenciano». Estas declaraciones, recogidas originalmente por el medio LOC, dejan claro que para el actor existe una frontera moral que el cine no debería cruzar tan pronto.
Arce es contundente al analizar la intención del proyecto que le fue presentado. «A mí no me parece bien capitalizar o beneficiarme del dolor de los valencianos», afirma, subrayando que «lo más importante de mi vida es la calma de mis paisanos, por encima del cine, de mi ego». Esta postura refleja una madurez profesional que prioriza la coherencia personal sobre la relevancia de un papel protagonista. El actor valenciano insiste en que la herida está demasiado fresca y que cualquier intento de dramatizar estos hechos con fines comerciales resulta, a su juicio, inapropiado. «Aquí aún hay demasiado dolor», sentencia con la gravedad de quien conoce de cerca la tragedia.
El desapego de la fama y la mirada al oficio
Más allá del conflicto por el papel de Carlos Mazón, Enrique Arce ha compartido una reflexión profunda sobre su actual relación con la fama y la industria. A pesar de haber trabajado en producciones de alto presupuesto en Hollywood y ser reconocido en lugares tan dispares como la India, el actor mantiene un saludable escepticismo sobre el mundo de las alfombras rojas. Asegura que su «cuota de ego ya está más que amortizada» y que ya no siente la necesidad de asistir a eventos como los Premios Goya a menos que tenga una nominación personal. Para él, el brillo de los focos ha perdido la urgencia de antaño.
Sobre el eterno debate del intrusismo en la profesión, especialmente con la llegada de influencers y presentadores al cine, Arce se muestra sorprendentemente pragmático. Define la actuación como una labor «muy democrática» que no requiere de una titulación académica obligatoria, a diferencia de la medicina o el derecho. «Uno decide que es actor y si le dan la oportunidad, lo es», explica, despojando a la profesión de misticismos innecesarios. Esta visión artesanal del oficio es la que le permite levantarse cada día centrado en el texto y el rodaje, alejándose de las polémicas estériles y buscando una autenticidad que, en este caso, le ha llevado a rechazar un contrato que otros habrían aceptado sin dudar.
Un mensaje de lealtad a Valencia
Enrique Arce cierra este episodio con una declaración de principios que reafirma su compromiso con su tierra. A pesar de su proyección internacional, el actor no olvida de dónde viene y quiénes son los suyos. Su rechazo a interpretar al presidente valenciano en la gran pantalla es, en última instancia, un acto de lealtad. Arce ha pedido que no se le utilice para alimentar debates políticos, pues su postura nace del respeto humano y no de una militancia partidista. Su «¡Amunt València!» final es más que un lema; es la rúbrica de un hombre que ha entendido que hay personajes que, por mucho que puedan brillar en pantalla, oscurecen el alma de quien los interpreta cuando el dolor real sigue presente en las calles.
