Hay una frase que lo detiene todo, y la pronunció Nuria Roca mirando hacia atrás treinta años: «Tú podrías haber sido una de las niñas de Alcàsser». La presentadora tenía exactamente la misma edad que Miriam, Toñi y Desirée cuando las tres desaparecieron camino de una discoteca de la Ruta del Bakalao, y así lo confesó anoche en la última entrega de la temporada de Anatomía de…, en laSexta. Junto a ella, Cristina Tárrega y Chimo Bayo desmontaron la nostalgia fácil de aquel fenómeno con una sentencia demoledora: «Estamos vivos de milagro».
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El programa, titulado Anatomía del fin de la Ruta, llevó a Mamen Mendizábal hasta Valencia para reconstruir el mayor fenómeno de ocio nocturno que ha vivido este país. Los números siguen impresionando: hasta 40.000 personas cada fin de semana recorriendo la carretera del Saler, enlazando salas como Chocolate, Barraca, Puzzle, Heaven, Spook o ACTV, algunas de ellas capaces de meter a más de ocho mil personas en una sola noche. Un país entero bailando de madrugada. Y, al final del trayecto, una carretera sembrada de coches destrozados.
El crimen que apagó la música a veinte kilómetros de la pista
El testimonio más estremecedor de la noche fue el de la valenciana. Las tres adolescentes de Alcàsser intentaban llegar a la sala Coolor, otra de las míticas del circuito, cuando fueron secuestradas y asesinadas; sus cuerpos aparecieron 75 días después. Todo ocurrió a apenas veinte kilómetros de donde miles de chavales de su edad seguían bailando. «En ese momento tú lo sufres mucho, porque tú podrías haber sido una de las niñas de Alcàsser», recordó la presentadora, incapaz de esconder el escalofrío. «Sucede a veinte kilómetros de donde tú estás bailando. Tú también has hecho autostop, tú también has estado en un parking. Tú te has podido cruzar con veinte malnacidos… y les tocó a estas tres amigas que iban las tres juntas».
Aquel crimen, sostiene, partió en dos la historia del fenómeno y también la de toda una generación. «El caso Alcàsser nos inculcó el miedo que no tuvimos hasta ese momento. Marcó un antes y un después. Generó miedo. Sobre todo, a los padres», explicó la comunicadora, que describió el «parón» que se produjo a su alrededor: los jóvenes dejaron de salir con la misma inconsciencia y los progenitores empezaron a poner límites donde antes solo había carretera abierta. La libertad absoluta de aquellas noches se terminó de golpe, y no la mató la policía ni la prensa: la mató el horror.
«Lo llevaba una amiga con dos gintonics encima, sin cinturón»
El otro gran tema fue la carnicería de las carreteras, y ahí ninguno de los tres se escondió. La colaboradora de Telecinco reconoció haberse desplazado por aquella ruta «en moto sin casco, en bicicleta, en coche a las tantas», y dibujó una estampa que hoy pondría los pelos de punta a cualquier padre: «Lo llevaba una amiga con dos gintonics encima, sin cinturón». Su balance, tres décadas después, cabe en cuatro palabras: «Estamos vivos de milagro». Chimo Bayo, el hombre detrás de Así me gusta a mí, fue todavía más rotundo al rememorar un grave siniestro que sufrió viajando hacia Marbella: «Todos hemos estado a punto de morir en algún accidente».
Lo más inquietante es que nadie lo ignoraba. La propia Roca admitió que el peligro formaba parte del paisaje, asumido con una naturalidad que hoy resulta indefendible: «Tú sabías que iba a haber accidentes, pero lo asumías. No eras consciente del peligro». Aquel cóctel de coches, alcohol, drogas de diseño y madrugadas interminables se cobró un peaje que la nostalgia de las camisetas retro y las sesiones revival tiende a borrar del relato. El reportaje de Mendizábal, con los promotores Vicente Pizcueta y Clemente Martínez también como testigos, se encargó de devolverlo al primer plano.
La pija que dejó de serlo y la madrugadora que se levantaba a las seis
Hubo también espacio para la carcajada y para el retrato costumbrista. La televisiva valenciana narró su bautismo con una frase que resume el impacto cultural de aquello: «La primera vez que entro en una discoteca de la Ruta es a Barraca. Fuimos pijas hasta que fuimos a la Ruta. El día que entré en Barraca se me acabó la tontería». Para ella, aquel circuito no fue solo música: fue «empezar a salir, a descubrir, a moverme en libertad», y una puerta a otro planeta. «Quiero ir a Londres, quiero conocer todo esto, quiero ver dónde vive la gente que canta estas canciones», pensaba entonces. Y matizó, orgullosa, su papel tras los platos: «Yo pinché en la Ruta, pero los discos con alma y sentimiento».
La mujer de Juan del Val, en cambio, desveló el truco menos glamuroso y más eficaz de toda la Ruta: ella no trasnochaba, madrugaba. «Había gente que aguantaba toda la noche. No sé si se drogaban o no, entiendo que sí. Pero aguantar toda la noche a mí me parecía superpesado, no me parecía ni divertido», confesó entre risas. ¿La solución para no perderse nada sin destrozarse? «Me levantaba a las seis de la mañana y en una hora estaba allí». La misma estrategia que compartía su compañera, que remataba el cuadro con un detalle delicioso: «Te plantabas a las ocho de la mañana en la discoteca con todo el perfume puesto».
La entrega, con la que Anatomía de… cerró temporada, firmó un 6,7% de cuota y 634.000 espectadores, su tercer mejor dato del curso, y demostró que aquel fenómeno sigue interpelando a media España. Porque la Ruta no fue solo bakalao, cabezas rapadas y camisetas fosforitas: fue la primera vez que toda una generación probó la libertad sin manual de instrucciones. Y el precio, como recordaron anoche sus protagonistas sin edulcorarlo, se pagó en la carretera y, sobre todo, en un pueblo llamado Alcàsser.
