Hay confesiones que desarman precisamente porque se pronuncian sin rencor. Guillermo Campra (Barcelona, 1997), el niño que durante siete temporadas fue Alonso en ‘Águila Roja‘ y al que media España vio crecer en el prime time de TVE, ha puesto negro sobre blanco lo que ocurre cuando el aplauso se apaga y el teléfono deja de sonar. «La exposición pública te da una falsa ilusión de éxito. Luego llegas a casa y sigues estando solo y sin trabajo», resume en una entrevista concedida a Vanitatis en la que repasa veinte años de carrera, tres de sequía absoluta y una temporada entera sentado en una oficina como relaciones públicas mientras el país seguía llamándole «el niño de ‘Águila Roja’».
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«La interpretación no es un trabajo para niños. Un niño no debería trabajar»
La frase la pronuncia sin acritud, con el tono de quien ha hecho las paces con su propia biografía, pero es la más rotunda de toda la conversación. Campra rodó su primera película como protagonista con nueve años —‘Carlitos y el campo de los sueños’, dirigida por Jesús del Cerro en 2008— y desde entonces, admite, dejó de tener una infancia corriente: «Todo se torció y ya no fue nunca más una vida normal». Su entrada en la industria fue, de hecho, un accidente afortunado: la familia viajó de Barcelona a Madrid con el señuelo de una visita a la Warner y el niño acabó metido en una sala de casting para ‘Gominolas’, la serie que Cuatro emitió en 2007 y en la que no encajaba. Aquel «no», sin embargo, se cruzó con Emilio Aragón, que pasaba por allí, habló con sus padres y le ofreció el protagonismo de una película ya escrita. Tres meses después empezaba el rodaje. «Ahí empezó todo».
Lo que vino después fue una adolescencia con tutora en el plató —primero de Globomedia durante el rodaje del filme, luego durante los siete años de ‘Águila Roja’— y una lección que hoy resume con una claridad incómoda: «Te pierdes muchas cosas. Ganas otras, pero lo que yo haya podido ganar como actor a los 11 o a los 12 lo podía haber conseguido luego con 18 años. No era necesario ganarlo entonces». El dato que sostiene su reflexión es demoledor y no lo aporta él, sino el Informe Sociolaboral de la Fundación AISGE: en España apenas entre un 7% y un 8% de los actores viven de su profesión. «¿Cuántos chavales de los que empezamos a trabajar de niños seguimos currando hoy en día? Está Ricardo Gómez, Patrick Criado… los cuentas con los dedos de una mano», enumera. A él, mientras tanto, le vendieron otra película: «Si a mí desde los 12 hasta los 19 me estás diciendo que mi trayectoria iba a ser espectacular, y en el momento en el que termina ‘Águila Roja’ ocurre todo lo contrario, yo lo que pensé es que no valía para esto».
Tres años sin una sola llamada y un escritorio como red de seguridad
El actor no adorna esa travesía. Con dieciocho años, en uno de los parones del rodaje, se plantó en una tienda que abría en la calle Fuencarral de Madrid, escribió a la marca por Instagram y se puso a montarla: estuvo allí seis meses hasta que volvieron a llamarle para grabar. Años más tarde llegó el desierto de verdad —tres temporadas sin ninguna oportunidad en el horizonte— y entonces entró a trabajar en una oficina como relaciones públicas. «Pensé que eso era retroceder, pero me cambió la vida para muchísimo mejor, a nivel emocional y a nivel económico. La estabilidad la tienes que buscar; no te llega sola», sentencia. En esa etapa acuñó la imagen más gráfica de toda la entrevista para describir su relación con la fama: «Soy Hannah Montana». Se pone la peluca rubia exclusivamente por trabajo, y prefiere «estar jugando a videojuegos con mis amigos encerrado en casa que ir a eventos que lo único que hacen es engañarte».
Su relación con las redes es igual de descreída, y eso que fue uno de los primeros influencers del país cuando aquello ni siquiera era una profesión: «Viajaba con Álvaro Mel, María Pombo, Dulceida… nos íbamos a Cancún y estábamos siempre en todas partes». Hoy apenas cuenta nada de su vida, aunque reconoce sin pudor que la exposición «sigue generando dinero» y abre puertas «con una simple llamada de teléfono». Fue precisamente en TikTok, en otro de sus parones, donde subió medio en broma un vídeo diciendo que era el niño de ‘Águila Roja’ y que necesitaba trabajo. Se hizo viral, y en menos de un mes le fichaban para varios capítulos de una serie. «No hay mejor promoción que la que se hace uno mismo».
El silencio de ‘Élite’ y el regreso a casa con ‘Barrio Esperanza’

Campra también formó parte de ‘Élite‘ en su quinta temporada, con un personaje implicado en una violación grupal que asumió como una responsabilidad: «Ponerle cara a una persona capaz de hacer esas atrocidades es una oportunidad de denunciarlo». La experiencia, sin embargo, dejó un poso amargo del que aún no tiene explicación: «Después de haber grabado, se nos silenció y no sabemos muy bien el motivo. Teníamos un peso muy importante en la trama y no hicimos ni la promoción. Aún a día de hoy nadie nos ha explicado nada». Su reproche no va contra la ficción, sino contra el modo de administrarla: «Le estás dando voz a algo para denunciarlo. Si luego no le das la importancia que se merece, al final lo deshumanizas muchísimo».

El círculo se ha cerrado donde empezó, en Globomedia y televisión Española. Diez años después de ‘Águila Roja’, el actor ha vuelto al mismo lugar convertido en Manu, el profesor de educación física de ‘Barrio Esperanza‘, uno de los éxitos de ficción de la pública este 2026, donde comparte reparto con Mariona Terés, Ana Jara Martínez, Ruth Núñez, Alejo Sauras y Mariano Peña. Estaba en la oficina cuando le llamaron, convencido de que no volvería a actuar. Ahora acaba de protagonizar ‘El desvío’, la película de Jorge Rodrigues junto a Roberto Álamo y Javier Pereira a la que llama «el proyecto de mi vida», sueña con dirigir —y ya sabe que la protagonista será su hermana, la también actriz Carla Campra— y no descarta que el escritorio vuelva a esperarle: «Igual dentro de cuatro años me vuelvo a encontrar en la misma situación. Esto es muy inestable».

De ahí que su declaración de amor al oficio suene tan verdadera como su advertencia. «Aunque pueda ser un trabajo precarizado, hay gente que va a la oficina y no es feliz; yo, cuando voy a rodar, estoy en la plenitud de mi felicidad. Este trabajo es como una relación tóxica: convives con el amor-odio con lo que estás haciendo». Veinte años, veintitrés cotizados y una moraleja que ningún casting enseña: el éxito, cuando llega demasiado pronto, no siempre viene a quedarse.
