Bajó del avión con la capucha de la sudadera puesta, la cara seria y los ojos pendientes de dos niños. Gerard Piqué ha aterrizado este miércoles en el aeropuerto de Barcelona acompañado por Milan y Sasha, de vuelta de la final del Mundial que ha dado a España su segunda estrella. A su lado no estaba Clara Chía. Y a las preguntas de la prensa sobre cómo fue su reencuentro con Shakira en Nueva York, el exfutbolista no respondió absolutamente nada.
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El silencio llega después de una imagen que dio la vuelta al mundo el domingo. Campeón en Sudáfrica 2010, el central tenía sitio reservado en el palco junto a los suyos —Xavi Hernández, Iker Casillas, Andrés Iniesta, Sergio Ramos o Jesús Navas siguieron el partido desde allí—, pero eligió la grada y la compañía de sus hijos. Una decisión aparentemente menor que acabó colocándolo, sin pretenderlo, en el sitio más incómodo posible: entre el público, con la cámara buscándolo, justo cuando en el descanso saltó al escenario del MetLife Stadium la madre de sus hijos.
Quieto mientras sus hijos cantaban ‘Dai dai’
La escena fue exactamente la que todo el mundo imaginó y nadie esperaba ver tan literal. Mientras Shakira ponía a bailar al estadio entero con ‘Dai Dai‘ en el espectáculo del descanso, Milan y Sasha coreaban eufóricos la canción de su madre desde la grada. A su lado, muy serio, su padre permanecía inamovible, intentando pasar desapercibido en lo que era su primer encuentro público con la artista en mucho tiempo. Las imágenes se hicieron virales en cuestión de minutos y dieron la vuelta al planeta acompañadas de la misma pregunta repetida hasta la saciedad en redes: qué estaría pensando en ese momento el exjugador del Barcelona.
Conviene, sin embargo, no leer el gesto como una declaración. Su entorno sostiene desde hace tiempo que las diferencias con la cantante quedaron atrás, que la relación es cordial y que ambos hablan con frecuencia por asuntos de los pequeños. Bajo esa lectura, la escena no sería un desaire ni un drama contenido, sino la actitud de quien está en un estadio con sus hijos y prefiere no protagonizar el plano mientras suena la música. El problema, cuando uno ha sido la mitad de la ruptura más comentada de la última década, es que la discreción también se interpreta: quedarse quieto acaba diciendo tanto como bailar.
La ausencia que ha llamado la atención: Clara Chía

El detalle que ha alimentado buena parte de la conversación no es lo que se vio, sino quién no estaba. Clara Chía no acompañó a Piqué en la final, y su ausencia resulta llamativa por una razón de calendario: apenas unos días antes se había visto a la pareja paseando por Nueva York de lo más enamorados, coincidiendo con la celebración de su cuarto aniversario de relación. Es decir, estaban juntos en la misma ciudad y en las mismas fechas, y aun así ella no apareció en el estadio ni ha vuelto a España en el mismo vuelo que él y los niños.
Las explicaciones posibles son muchas y ninguna está confirmada, empezando por la más razonable de todas: que se trate simplemente de un partido al que el exjugador quiso ir con sus hijos y no en pareja, y de un regreso a Barcelona para disfrutar del periodo de vacaciones que le corresponde con ellos. Nadie del entorno ha aclarado nada, y el propio protagonista tuvo la ocasión de hacerlo a su llegada y decidió no aprovecharla. Ni sobre la ausencia de su novia en un momento tan señalado, ni sobre si llegó a coincidir con Shakira durante la jornada del domingo. Todo sigue exactamente donde estaba: en el aire.
Vacaciones en Barcelona y un guion que se repite cada verano
A partir de ahora arranca el capítulo previsible: el turno de custodia. El exfutbolista ha regresado a la ciudad condal para pasar con Milan y Sasha el periodo estival que le corresponde, ese reparto de semanas que desde la marcha de la cantante al otro lado del Atlántico se ha convertido en el calendario que ordena la vida de esta familia partida en dos continentes. Cada entrega y cada recogida de los niños se ha convertido en noticia, cada verano se repite el mismo esquema de aviones, aeropuertos y fotógrafos esperando en la terminal, y cada vez el protagonista sale con la misma cara de no querer estar ahí.
Lo que hace distinto a este julio es el escenario en el que se cruzaron los caminos. No fue un juzgado, ni un colegio, ni una entrega de niños en un aeropuerto: fue la final de un Mundial, con ella actuando ante decenas de millones de espectadores y él sentado entre el público con los hijos de ambos coreando la canción. Difícilmente puede escribirse una metáfora más exacta de en qué punto está esta historia. Y difícilmente puede esperarse que ninguno de los dos la comente: llevan años demostrando que su mejor respuesta pública es no dar ninguna, y este miércoles, bajo la capucha y camino de la salida del aeropuerto, Piqué ha vuelto a aplicar la misma norma.
