La durísima lucha de Marta Peñate por convertirse en madre ha sumado un nuevo y doloroso capítulo. La colaboradora ha tenido que ser ingresada por una hemorragia vaginal justo después de recibir su primera sesión de quimioterapia, un tratamiento que —conviene subrayarlo desde el primer minuto— no responde a ningún cáncer, sino a la grave complicación derivada de su segundo embarazo ectópico.
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La propia canaria quiso llevar tranquilidad a sus seguidores desde la cama del hospital, fiel a la transparencia con la que ha narrado cada paso de este calvario médico. «He tenido una hemorragia vaginal. Estoy aquí porque me quieren controlar», explicó la exconcursante, que rehusó dramatizar un cuadro que sus médicos vigilan de cerca. «No tengo por qué estar rayada porque estoy pasando una mala época, ya volverán las buenas», añadió con esa entereza que se ha convertido en su sello mientras encadena reveses en el terreno más íntimo.
Un ingreso en plena batalla por la maternidad

El sangrado que la ha llevado de vuelta a un box hospitalario es la última onda expansiva de un proceso agotador. La televisiva y su pareja, el italiano Tony Spina, habían logrado por fin el ansiado positivo tras una tercera transferencia embrionaria, después de que las dos anteriores se malograran por una infección y por un primer embarazo ectópico. La ilusión, sin embargo, duró apenas un suspiro: dos semanas después de anunciarlo, una visita a urgencias les dejó la peor de las noticias, ya que el embrión no presentaba latido y se había implantado de nuevo fuera de su sitio.
A partir de ahí, la de Supervivientes se adentró en un laberinto clínico que ha ido detallando sin filtros. Le administraron metotrexato en dos ocasiones para tratar de resolver el ectópico sin pasar por el quirófano, pero el fármaco no surtió el efecto esperado y el tejido llegó a «explotar» dentro del útero, con células diseminadas por la cavidad. Fue entonces cuando los facultativos la derivaron a oncología para intensificar ese mismo tratamiento, el origen de una palabra —quimioterapia— que asusta pero que en su caso conviene poner en contexto.
Por qué recibe quimioterapia sin padecer un cáncer
La clave está en el diagnóstico que la influencer puso nombre hace unos días: una enfermedad trofoblástica gestacional de grado I, la variante más leve. Se trata de una complicación poco frecuente —apenas un 0,1% de posibilidades— en la que ciertas células del embarazo fallido siguen creciendo y deben eliminarse. La propia interesada se ha esforzado en desterrar cualquier equívoco: no le ocurre por haberse sometido a una fecundación in vitro, sino que puede sucederle a cualquier mujer que busque quedarse embarazada, y su salud, insiste, no corre peligro.
El motivo de que el tratamiento se administre en clave oncológica es puramente farmacológico: se recurre al metotrexato en dosis más altas, previstas en apenas una o dos sesiones, para disolver por completo ese tejido residual. No hablamos, por tanto, del temido diagnóstico que la palabra evoca de manera automática, sino de un procedimiento pautado para cerrar de raíz un episodio reproductivo que se ha torcido una y otra vez. Entender esa diferencia resulta esencial para no confundir la gravedad del momento con una enfermedad que la exconcursante no padece.
La decisión de blindar el útero y no rendirse
Ante la disyuntiva que le plantearon sus médicos —la quimioterapia o una intervención quirúrgica en el útero—, la comunicadora lo tuvo claro y se decantó por la primera. La razón vuelve a ser profundamente personal: aunque confiesa que las fuerzas para seguir intentándolo flaquean, no está dispuesta a que le extirpen el órgano que aún guarda la posibilidad de una futura maternidad. «Operar mi útero es complicado», ha reconocido, escudándose en un consejo médico unánime que apuesta por preservar esa puerta abierta.
Mientras permanece en observación, la de Supervivientes sostiene el mismo pulso vital con el que ha afrontado cada golpe: sin ocultar el sufrimiento, pero negándose a instalarse en el victimismo. Su relato, crudo y sin maquillar, ha destapado además una realidad que rara vez ocupa titulares, la de tantas mujeres que transitan en silencio duelos gestacionales y tratamientos interminables. Por eso su «ya volverán las buenas» suena hoy menos a consuelo y más a una declaración de intenciones de quien, pese a todo, se niega a soltar la mano de su sueño.
