Ha muerto José Robles, y con él se apaga una de las voces más luminosas y más incómodas que ha pasado por un plató de televisión en España. El humorista tinerfeño, que en 2019 dejó al jurado y al público de «Got Talent» conteniendo el aliento con un monólogo interpretado a través de un asistente de voz mientras la esclerosis lateral amiotrófica le arrebataba el cuerpo, ha fallecido este viernes. «Nos vemos en el cielo» es la frase que ha quedado como epitafio en las despedidas que han ido apareciendo a lo largo de toda la mañana, y encaja con una biografía que él mismo se empeñó en escribir en clave de comedia, incluso cuando ya no le quedaba nada de qué reírse.
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El monólogo que enmudeció un plató entero y arrancó la ovación más larga

Aquella noche de febrero de 2019, el chicharrero subió al escenario del talent de Telecinco en su silla de ruedas y respondió a las preguntas del jurado mediante un ordenador que traducía en palabras lo poco que su cuerpo todavía obedecía. No fue un número de lástima ni una historia de superación edulcorada: fue humor puro, afilado, servido por un hombre al que la enfermedad ya le había robado el habla. «El humor es parte de mí, me corre por las venas», explicó entonces. «A todo le saco el lado divertido, y es que la vida es mucho más bonita con humor». El plató se rindió. Pero lo que convirtió aquella actuación en un pedazo de memoria televisiva no fue el chiste, sino la sentencia con la que la remató: «No me puedo permitir tener malos momentos. No tengo tiempo para perderlo en boberías, por eso elijo ser feliz cada instante que me regala el reloj».
La ELA le había sido diagnosticada años antes. Cuando pisó aquel escenario apenas podía mover las extremidades y su voz se había extinguido del todo. Con el avance implacable de la enfermedad llegó la tetraplejia y, poco después, una traqueotomía y un respirador del que dependió lo que le quedaba de vida. Al final solo podía mover los ojos, y con ellos gobernaba el ordenador que fue, durante años, su única puerta al mundo. Desde esa puerta escribía chistes. Y desde esa puerta, también, lanzó el grito que ninguna cadena convirtió en espectáculo.
«Ayúdenme a vivir»: la batalla más dura la libró fuera del plató
Porque la historia de José Robles no termina en la ovación, y ahí está la parte incómoda que hoy conviene no maquillar. Después de la traqueotomía necesitaba asistencia domiciliaria las veinticuatro horas del día, adaptar su vivienda y dar un respiro a su mujer, María José, que llevaba años sosteniéndolo prácticamente sola. No tenía con qué pagarlo. Lanzó un crowdfunding, abrió la etiqueta #SOSJoséELA en las redes y se puso a mendigar en público lo que un sistema de cuidados debería haberle garantizado sin que él tuviera que pedirlo. «Ayúdenme a vivir», escribió. Y en el verano de 2021 formuló la frase más demoledora de todas, la que debería haber abierto todos los telediarios de aquel día: «Me veo obligado a acudir a la eutanasia por no tener medios. Por favor, no me obliguen a morir».
Aquella declaración desnudaba una paradoja atroz. La ley de la eutanasia acababa de entrar en vigor en España y un enfermo terminal explicaba que se planteaba acogerse a ella no porque su vida hubiese dejado de merecer la pena, sino porque no podía costear los cuidados que le permitían seguir viviéndola. Robles nunca quiso ser un mártir ni una bandera de nadie. Se limitó a insistir, una y otra vez, en la única idea que le importaba: «Elegí luchar por ser feliz; la vida es demasiado bonita para tirarla». Y siguió eligiéndolo hasta el final, año tras año, en un cuerpo que ya no le pertenecía.
Un humor negro que no se rindió ni ante el último acto
Quien quiera medir la talla del personaje no tiene más que asomarse a su cuenta de la red social X, donde siguió publicando hasta hace unos meses con una sorna que ponía los pelos de punta y sacaba una carcajada a partes iguales. «Aún no tengo el día ni la hora», escribió el 16 de marzo. El 1 de abril, con la muerte ya rondándole la casa, remató: «Parece que el fantasma que viene a recogerme no tiene GPS ni nada». Días antes había soltado, sin más contexto, uno de esos aforismos suyos que resumen toda una manera de estar en el mundo: «Hay chistes de chistes muertos». No hay épica en eso, hay algo mejor: hay verdad. Un hombre al que la biología había reducido al parpadeo dedicando sus últimas fuerzas a hacer reír a desconocidos.
La televisión española produce cada temporada decenas de historias emotivas que se consumen en un minuto y se olvidan en dos. La de José Robles fue distinta porque no terminó cuando se apagaron los focos. Siguió allí, a la vista de todos, durante siete años más: en los crowdfunding, en los mensajes desesperados, en la denuncia serena de un enfermo que no pedía compasión sino recursos. Se marcha un hombre que convirtió el humor en una forma de resistencia y que dejó una lección que ningún concurso puede fabricar. Que descanse, por fin, sin prisa y sin reloj.
