Lo ha dicho sin levantar la voz y sin señalar a nadie, que suele ser la manera más eficaz de que una frase duela. Berta Collado se ha sincerado este viernes sobre la relación que mantiene con las redes sociales y ha soltado un diagnóstico que retrata a media profesión: «Hay una sobreexposición brutal, nunca he sido esclava de eso». La presentadora, que lleva dos décadas entrando y saliendo de los platós españoles sin haber convertido jamás su vida privada en materia prima, ha explicado en Divinity Extra cómo entiende el uso personal y profesional de unas plataformas que hoy funcionan como peaje obligatorio para cualquiera que quiera seguir existiendo en televisión.
Te recomendamos

Josep Pedrerol prepara su desembarco en Mediaset a nueve días de que expire su contrato: el fichaje que reescribiría la madrugada televisiva

Atresmedia contraataca a Mediaset por «AlaZ» y la acusa de querer monopolizar el abecedario: «No es la defensa de unos derechos, sino una campaña para destruir el éxito de Pasapalabra»

Manu Sánchez revela en directo las amenazas de muerte que recibe por «El perro andaluz» y lanza un ruego a Feijóo: «Dejen el cáncer para los que estamos luchando contra el cáncer»

Paula Vázquez destapa el horror que la expulsó de la televisión: «Fotografías de mi casa apuntando con una pistola» y compañeras que aún hoy dicen «cosas denunciables»
La diferencia entre estar y exhibirse
La declaración de la comunicadora llega en un momento en el que la ecuación del oficio se ha invertido por completo. Durante años, la televisión fabricaba personajes y las redes se limitaban a comentarlos; hoy son las redes las que fabrican perfiles y la televisión la que acude a fichar lo que ya viene con público incorporado. En ese trueque, la exposición ha dejado de ser una consecuencia del éxito para convertirse en su requisito previo. Contar dónde se desayuna, con quién se duerme, cuánto se sufre y cuánto se celebra ya no es una elección personal: es, para muchos rostros, una obligación contractual no escrita. Que alguien con la trayectoria de Berta Collado plante ahí una frontera —«nunca he sido esclava de eso»— tiene un valor que va más allá de la anécdota de una entrevista.
Su matiz, además, es más interesante de lo que el titular deja ver. La presentadora no reniega de las redes ni se sube al púlpito de quien anuncia que se marcha para siempre y regresa tres semanas después. Distingue, sencillamente, entre el uso profesional de una herramienta y la entrega íntegra de la intimidad a un algoritmo que siempre pide un poco más. Estar no es exhibirse. Publicar no es desnudarse. Esa distinción, tan elemental que suena hasta ingenua, se ha vuelto revolucionaria en un ecosistema donde el silencio se interpreta como desaparición y donde una semana sin publicar equivale, en la contabilidad brutal de la relevancia, a una carrera terminada.
Veinte años en pantalla sin vender un solo capítulo de su vida
La biografía profesional de la comunicadora avala lo que dice. Se hizo conocida en la etapa dorada de «Sé lo que hicisteis», donde el humor y la impertinencia convivían con una escuela de televisión que exigía oficio antes que ruido, y desde entonces ha atravesado formatos, cadenas y ciclos sin haber protagonizado un solo escándalo de portada. En un país donde el camino corto hacia la fama pasa invariablemente por sentarse en un plató a hablar de la propia familia, esa ausencia de titulares es casi una hazaña. La palabra «sobreexposición» en su boca no es un reproche abstracto lanzado contra un enemigo invisible: es la constatación de un modelo de negocio que ella ha visto crecer desde dentro y en el que ha elegido no participar.
Su regreso a Mediaset el pasado mayo de la mano de Risto Mejide, después de unas semanas especialmente convulsas en «Todo es Mentira», confirmó que el grupo sigue confiando en un perfil que aporta exactamente lo contrario de lo que abunda: kilómetros, temple y capacidad de sostener un directo sin necesidad de encender un incendio. La comunicadora vuelve así a ocupar el espacio que mejor conoce, el de la colaboradora que opina desde el conocimiento del oficio y no desde el titular pactado. Y lo hace, precisamente, recordándole a la casa que la contrata cuál es la línea que no piensa cruzar.
Una frase incómoda para casi todos
Conviene medir bien el alcance de lo que ha dicho, porque interpela a más gente de la que parece. Interpela a los rostros que retransmiten su duelo, su embarazo o su divorcio a cambio de un pico de seguidores. Interpela a las productoras que ya no fichan por talento sino por comunidad. Interpela a los programas que rellenan escaletas enteras comentando lo que un famoso publicó en una historia efímera de veinticuatro horas. Y nos interpela, sobre todo, a quienes lo consumimos, porque la sobreexposición no existiría si no hubiera al otro lado una demanda insaciable dispuesta a premiarla con atención.
No hay en las palabras de Berta Collado ni superioridad moral ni nostalgia de un tiempo mejor que probablemente nunca existió. Hay algo más sencillo y más raro: una profesional que ha decidido que su trabajo se mide por lo que hace delante de una cámara y no por lo que enseña detrás de ella. En pleno verano de confesiones, hospitales, comunicados y reconciliaciones publicadas al minuto, resulta casi subversivo escuchar a alguien de la casa decir en voz alta que hay una parte de su vida que no está en venta. Ni siquiera a cambio de likes.
