Es el único que ha decidido no decir nada, y probablemente sea el que más tendría que contar. Kiko Rivera ha optado por el silencio absoluto desde que Telecinco destapó el estado de abandono de Cantora, la finca en la que creció y de la que fue copropietario. Pero su entorno sí ha hablado, y lo ha hecho a través del periodista Pepe del Real, que este jueves reconstruyó en Vamos a Ver un recorrido demoledor por las estancias vacías: «Alguien del entorno de Kiko me cuenta que estaba sorprendidísimo y que se le partía el alma. Esa reacción nunca se había contado».
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El relato, conviene subrayarlo desde el principio, no procede del propio protagonista. Ni una sola de esas frases ha salido de su boca. El hijo de la tonadillera fue abordado por la prensa esta misma semana en Sevilla y se mantuvo firme en su decisión de no pronunciarse, por mucho que insistieran los micrófonos. Todo lo que sabemos de su reacción llega filtrado por terceros, y así debe leerse.
El salón vacío, la piscina invadida y un recorrido casi en soledad




La descripción que ofreció el periodista tiene la textura precisa de lo vivido. Según su relato, el músico se llevó las manos a la cabeza y «no podía creer que todo estuviera tan dejado». La piscina, tomada por la maleza y las hierbas, «le impresionó muchísimo». Recorrió después las habitaciones que marcaron su infancia, la suya, la de su tío y la de su madre, y lo hizo prácticamente solo, acompañado únicamente por su pareja. Pero el golpe definitivo llegó en la estancia principal: «La estancia que más le impresionó ver vacía y desolada fue el salón. Me cuentan que estuvo a punto de echarse a llorar al entrar».
Ese salón despojado es hoy la metáfora perfecta de un patrimonio evaporado. Las imágenes emitidas por la cadena han mostrado una casa sin muebles ni lámparas, con humedades trepando por las paredes, grietas abiertas y suciedad acumulada en dormitorios que un día fueron el corazón sentimental de una de las familias más observadas del país. Fuera, la plaza de toros que mandó construir Paquirri ha quedado reducida a un descampado.
Cuatro reacciones distintas ante la misma ruina
El comportamiento del clan ante el escándalo dibuja un mapa revelador. Isa Pantoja fue la única que rompió su silencio en primera persona, y lo hizo desde el teléfono móvil, contestando a un seguidor en sus redes sociales, para confesar que ni siquiera se veía capaz de encender la televisión. Anabel Pantoja fue abordada por la prensa y prefirió marcharse sin decir palabra, visiblemente incómoda. El músico ha optado también por el mutismo. Y la propia Isabel Pantoja ha hablado, pero no con su voz: lo ha hecho a través de su equipo.
El comunicado de su entorno, difundido antes de la emisión del especial, ensaya una defensa basada en la lógica del abandono: «Es una finca que lleva casi tres años totalmente deshabitada. Isabel hace más de dos años que se fue a vivir a Madrid, después de Madrid estuvo en Gran Canaria, y evidentemente hizo una mudanza, se llevó todas las cosas y se vació la finca». Y añaden un argumento que resume la estrategia entera: «Es lógico que una finca rural, en un campo, en un suelo rústico y demás, se deteriore y esté en esas condiciones, hay que darle normalidad a lo que es normal». La cantante, sostienen, está «totalmente tranquila y feliz» en Canarias y prepara una gran gira para el año que viene.
Una casa que ya no es de nadie de la familia
Detrás del deterioro material hay una ruina económica documentada que explica por qué nadie regó el jardín. La finca arrastraba una hipoteca impagada de alrededor de 2,2 millones de euros, con cuotas mensuales que rondaban los doce mil euros y que dejaron de abonarse durante años, hasta que el impago derivó en embargo y subasta. A ese agujero se sumaba una deuda con Hacienda superior al millón de euros que ha llegado a activar un procedimiento penal.
El desenlace se firmó el pasado mes de marzo. Cantora ya no pertenece a la tonadillera: la adquirió un empresario de origen libanés y nacionalidad francesa, que pagó al contado en una operación sometida a estrictos controles antiblanqueo. El precio, en torno a 1,2 millones de euros, quedó muy lejos de la tasación, que rondaba los 4,3 millones. La misma persona había intentado antes comprar la parte que correspondía al hijo de la artista.
De modo que la escena que describe el periodista, la de un hombre recorriendo en silencio los cuartos de su infancia y frenándose al borde del llanto en un salón vacío, tiene un componente que ninguna cámara alcanza a captar. No estaba visitando su casa. Estaba visitando una casa que ya es de otro, y que probablemente no volverá a pisar. Quizá por eso, y a diferencia de todos los demás, ha decidido que sobre esto no piensa hablar.
