La duda quedó suspendida en el aire esta misma mañana, cuando Isa Pantoja confesó a sus seguidores que no sabía si sería capaz de encender la televisión y contemplar la ruina de Cantora. Ya hay respuesta, y la ha dado su marido. Asraf Beno ha revelado en declaraciones a los medios que su mujer no llegó a ver el especial que Telecinco dedicó al abandono de la finca. El motivo cabe en seis palabras: «No, porque es muy duro para ella».
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La confirmación cierra el círculo de una jornada en la que la hija de la tonadillera había sido la única del clan en pronunciarse en primera persona, y lo había hecho desde el teléfono móvil, respondiendo a un seguidor anónimo con una sinceridad que desarmaba: «En el fondo siempre pensé que algún día volvería, así que eso me hace sentirme triste y no sé si seré capaz de verlo». No lo fue. Y su marido, que sí lo vio, tampoco salió indemne.
«Había unos testimonios y unas cosas»
El relato del modelo tiene el valor de lo espontáneo. Preguntado por su propia experiencia frente al televisor, no recurrió a la diplomacia ni al comunicado medido: «Bueno, fue duro para mí porque mira que no… pero era difícil, ¿eh? Hostia, había unos testimonios y unas cosas». En esa frase entrecortada, con el exabrupto incluido, hay más verdad que en cualquier declaración institucional. El especial no se limitaba a enseñar humedades: recogía relatos de quienes vivieron en aquella casa y de quienes la sirvieron durante décadas.

El marido de la colaboradora fue además preguntado por el contraste entre lo que él recordaba de la finca y lo que devolvían las imágenes. Su respuesta fue igual de escueta y elocuente: «Tampoco mucho, pero obviamente está mucho peor. Sí, sí». Quien conoció la propiedad en tiempos menos sombríos confirma, sin necesidad de adjetivos, que el deterioro ha ido mucho más allá de lo que cabía imaginar.
Cuatro silencios y una sola voz
El mapa de reacciones dentro del clan dibuja un cuadro elocuente. Kiko Rivera ha optado por el mutismo absoluto y ha esquivado a la prensa que le abordó esta semana, de modo que todo lo que se sabe de su estado de ánimo llega filtrado por terceros. Anabel Pantoja fue interpelada por los periodistas y prefirió marcharse sin decir palabra. Y la propia Isabel Pantoja ha hablado, pero no con su voz: lo hizo a través de un comunicado de su equipo en el que sostiene que la finca «lleva casi tres años totalmente deshabitada» y que «es lógico» que una propiedad rural en suelo rústico se deteriore.
Frente a esa estrategia de contención, la hija de la artista eligió el camino contrario, el de no fingir entereza. Y su marido, ahora, ha confirmado el desenlace de esa negativa: no encendió la televisión. Hay algo profundamente humano en esa decisión, y algo que retrata el peso simbólico de un lugar. Se puede sobrevivir a un enfrentamiento familiar de dos décadas y no ser capaz de mirar cómo se cae a pedazos la casa donde uno fue niño.
Una casa que ya pertenece a otro
El dolor tiene además un componente definitivo que ninguna reconciliación podría revertir. Cantora ya no es de los Pantoja. La finca, lastrada por una hipoteca impagada que rondaba los 2,2 millones de euros y por una deuda con Hacienda superior al millón, terminó embargada, subastada y vendida el pasado mes de marzo a un empresario de origen libanés y nacionalidad francesa, que pagó al contado una cifra en torno a 1,2 millones, muy lejos de su tasación.
De modo que lo que la colaboradora no quiso ver no era solo el estado de unas paredes. Era la constatación pública, en horario de máxima audiencia y ante millones de espectadores, de que aquel regreso que ella imaginaba posible ha dejado de serlo para siempre. No hay puerta que forzar ni herencia que reclamar. Solo un cortijo vacío, unas cámaras recorriéndolo y una familia que ya ni siquiera comparte el relato de su propia casa.
Quizá por eso la respuesta de su marido resulta tan reveladora en su brevedad. No dijo que estuviera enfadada, ni dolida, ni que hubiera preferido no hablar del asunto. Dijo simplemente que era muy duro para ella. A veces la manera más elocuente de contar una tragedia familiar consiste en apagar el televisor y no encenderlo.
