Javier Bardem ha puesto precio a sostener unas ideas en público. El actor lo ha hecho en una entrevista de promoción de El ser querido, la película de Rodrigo Sorogoyen con la que vuelve a la cartelera española, y lo ha resumido en una frase sobre lo que él cree que se arriesga hoy quien no se mueve de sus convicciones: «mantenerse en las cosas en las que crees, aunque sepas que por ello hoy te pueden partir la cara».
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La frase con la que Bardem mide lo que cuesta no moverse

La conversación llega en pleno estreno y el actor la lleva enseguida al terreno de las convicciones y de lo que cuesta defenderlas cuando el debate ya no ocurre en un plató ni en una barra, sino en un teléfono. Bardem describe las redes sociales como un sitio del que conviene marcharse antes de que la discusión decida por uno. «Para mí, las redes sociales son la discusión acalorada en la barra de un bar. Lo que hay que hacer es salir de ese bar, dar un paseo y mantenerse en las cosas en las que crees, aunque sepas que por ello hoy te pueden partir la cara», dice el intérprete. La imagen es suya, y no la matiza después: es la respuesta con la que cierra ese tramo de la entrevista.
Antes de llegar ahí, el actor había situado el problema en otro punto, el de la fama y la gente que se acerca cuando el nombre ya pesa. «Con la gente que te regala el oído y te coloca en otro lugar, siempre tienes que tener claro lo que es importante para ti, eso que llamamos valores, y aferrarte a ellos sabiendo que darás bandazos ante gente que quiere debilitarlos manipulándote o sumándose a ellos por razones equivocadas», sostiene. Y añade una medida propia para saber si uno sigue en su sitio. «Hay que prestar atención siempre a aquello que hace que te puedas mirar al espejo sin sentirte avergonzado». Bardem admite en esa misma conversación que sus posiciones públicas le han costado críticas y algún disgusto, y aun así rechaza refugiarse en la equidistancia.
El actor rechaza la neutralidad y pone el ejemplo de Suiza
Preguntado por ese desgaste, el intérprete lo da por asumido y contesta con una comparación que se explica sola. «Eso es la vida… O, al menos, como yo la entiendo. Hay que tomar posiciones. Esta cosa de la neutralidad a mí no me vale. La neutralidad está muy bien para Suiza, que tiene muchas cuentas bancarias, un montón de vacas y unos chocolates maravillosos. Pero la vida es otra cosa», afirma. El actor no entra a nombrar ningún caso concreto ni a señalar a nadie en esa respuesta: se queda en el terreno de cómo entiende él que hay que estar en el mundo, que es el asunto por el que se le pregunta.
A renglón seguido pone él mismo el límite, para que no se lea como una invitación a la pelea permanente. «De lo que se trata es de que tus valores no te hagan daño ni duelan a los demás, sino que sumen, tiendan puentes y sirvan para denunciar aquello que consideras injusto», explica. Y sitúa la dificultad justo donde antes había situado el ruido. «Lo que ocurre es que, en estos tiempos del dominio de las redes sociales, cada vez es más complicado. En ellas se desvirtúa todo y es muy difícil que no te convenzan de que lo estás haciendo mal, de que estás equivocado. Tienes que desarrollar un ejercicio constante de reflexión y de descontaminación». El actor emplea esa última palabra, descontaminación, como una rutina que hay que sostener, no como una escena aislada.
El ego, la disciplina y la responsabilidad de contar historias

La entrevista arranca antes en el oficio, y ahí el actor describe la contradicción con la que dice que se trabaja delante de una cámara. «El actor tiene que tener un ego tremendo para ponerse delante de una cámara o subirse a un escenario y sentir que es lo suficientemente interesante como para que lo miren y lo escuchen. Eso tiene que estar», señala. Y de inmediato añade la otra mitad. «Pero también la disciplina de saber quitarte de en medio para que la gente no te vea a ti, sino al personaje». Es la misma idea de conservar una perspectiva propia que después traslada a la fama y a las convicciones.
En ese sistema de valores que describe, el actor coloca la cultura en el centro y le atribuye una función práctica: entiende el cine, la literatura, la música o la pintura como herramientas para comprendernos y para imaginar otras realidades. «Sin buenas historias el mundo sería peor. Esa realidad paralela nos cuenta, nos dice, nos avisa, nos acompaña, nos retrata y nos da también alegría, felicidad y esperanza. No podemos vivir sin todo eso», sostiene. La frase con la que cierra ese punto le devuelve la carga a quien hace las películas. «Y tenemos una responsabilidad enorme con lo que hacemos porque llegamos a mucha gente».
El papel desde el que llega esta entrevista

Las declaraciones llegan a propósito de El ser querido, en la que el actor interpreta a Esteban Martínez, un prestigioso director de cine que se reencuentra con su hija, a la que da vida Victoria Luengo, durante un rodaje exigente. Es el trabajo con el que Bardem vuelve a ponerse a las órdenes del Cine Español y el que ha llevado a los periodistas a preguntarle por el ego, por la fama y por lo que se paga por sostener una posición pública. La película está además en el centro de la actualidad del sector: figura entre las tres preseleccionadas para representar a España en el Oscar a mejor película internacional, junto a Los domingos y La bola negra, y la elegida se conocerá a mediados de septiembre.
No es la primera vez que el actor habla del coste de posicionarse en público. El pasado mes de mayo ya sostuvo que defender determinadas causas podía pasar factura profesional en Hollywood, tal y como recogimos cuando denunció represalias en la industria y habló de listas negras. Aquella intervención se produjo en un escenario internacional y con la industria estadounidense de fondo; esta llega en la promoción de una película española.
