La icónica Alaska analiza sin tapujos la brecha generacional de los años 80, denunciando cómo Joaquín Sabina y los artistas de su época menospreciaron el movimiento pop y la cultura de La Movida Madrileña.
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La historia de la música española tiene capítulos que no siempre se cuentan con la misma armonía que sus canciones. Olvido Gara, mundialmente conocida como Alaska, ha decidido poner voz a una realidad que muchos sospechaban pero pocos se atrevían a verbalizar con tal claridad: el choque cultural entre los cantautores «serios» y los jóvenes que revolucionaron el pop en los años 80. En una reflexión que invita a revisar la cronología emocional de nuestra cultura, la artista señala directamente a la generación de Joaquín Sabina como un bloque que, lejos de abrazar la novedad, la observó con una condescendencia que rozaba el rechazo.
El desprecio al mundo pop: una herida histórica
Alaska ha sido tajante al definir la actitud de los músicos que eran apenas unos años mayores que ella durante la eclosión de La Movida. Según la cantante, figuras como Sabina y su entorno intelectual y musical siempre mostraron un desdén sistemático hacia todo lo que oliera a pop. «Esa generación siempre nos despreció», afirma la artista, aclarando que no se siente «dolida», pero sí consciente de una realidad histórica donde lo lúdico y lo moderno se consideraba inferior a la canción de autor con tintes políticos o sociales.
Esta barrera invisible no era una cuestión de talento, sino de concepto. Para los artistas que ya se habían asentado en la transición, el color, el sintetizador y la estética disruptiva de Alaska y los Pegamoides o Dinarama no encajaban en su definición de cultura «de peso». El desprecio al mundo pop era, en esencia, una falta de comprensión hacia una juventud que quería bailar sin pedir permiso ni dar explicaciones ideológicas.
Sabina y el choque de dos mundos irreconciliables
La mención a Joaquín Sabina no es casual. El de Úbeda representa el máximo exponente de una lírica urbana que, aunque compartía las mismas calles de Madrid con los chicos de La Movida, se movía en una frecuencia totalmente distinta. Mientras Alaska exploraba los límites del punk y el glam, Sabina consolidaba un estilo de cantautor canalla que miraba con recelo la «frivolidad» del pop.
Alaska subraya que este distanciamiento fue bidireccional, aunque la carga de superioridad moral venía siempre del mismo lado. Para ella, el hecho de ser un poco más mayores les hacía creer que tenían el monopolio de la autenticidad, relegando a La Movida a un fenómeno pasajero y superficial. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que ambas corrientes eran necesarias para entender la España moderna, aunque la reconciliación nunca llegó a ser completa en el plano personal o profesional.
La Movida frente a la intelectualidad de la Transición
Estas declaraciones sugieren un ajuste de cuentas pendiente con la historia oficial de la música española. Durante décadas, se ha intentado vender una imagen de unidad cultural en el Madrid de los 80, pero Alaska rompe ese mito al evidenciar que la convivencia fue, en muchos casos, inexistente o tensa. La «generación de Sabina» buscaba una trascendencia que el pop evitaba conscientemente, y en ese choque de intenciones nació un vacío que aún hoy se percibe en las entrevistas de sus protagonistas.
Alaska insiste en que no hay rencor, sino una descripción de hechos. Ella y su grupo de amigos vivieron su propia revolución sin esperar el visto bueno de los veteranos, creando un legado que hoy es patrimonio de todos, pese a que en su momento fueran vistos como «poco más que niños jugando a la música» por aquellos que ya llenaban teatros con sus guitarras acústicas.
El tiempo pone a cada uno en su lugar
Hoy, con la perspectiva que dan los años, tanto Sabina como Alaska son instituciones de la cultura española. Sin embargo, la confesión de la cantante nos recuerda que la modernidad siempre tiene que luchar contra el juicio de quienes llegaron primero. El «desprecio» que menciona Olvido Gara es la prueba de que La Movida fue un movimiento realmente subversivo, tanto que incomodó incluso a los que se creían los más liberales de la época.
