Iba a casa de Lola Flores todas las semanas y acababan las dos tumbadas en su cama leyendo revistas del corazón. Lydia lozano lo ha contado por primera vez, junto a un retrato demoledor de en qué se ha convertido la televisión: «Yo antes era mucho más libre».
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«Son secretos que me llevaré a la tumba»
El recuerdo más íntimo de toda la conversación tiene como protagonista a la mayor figura de la cultura popular española. La periodista ha revelado que frecuentaba semanalmente el domicilio de La Faraona, y que aquella relación no era la de una reportera con una estrella, sino algo mucho más cercano y doméstico. «Me iba a su dormitorio y ahí estábamos las dos, tumbadas en la cama leyéndonos las revistas del corazón», ha contado. La escena, por sí sola, vale más que cualquier reportaje: la artista más grande del país comentando en pijama los cotilleos que se publicaban sobre los demás y sobre ella misma.

Y ahí es donde la colaboradora cierra la puerta con una frase que suena a promesa cumplida durante décadas: «Fue maravilloso oír las críticas y los comentarios de Lola, pero son secretos que me llevaré a la tumba». En un oficio en el que todo acaba contándose antes o después, y en el que ella misma ha vivido de contar, esa negativa dice bastante de dónde pone el límite. No hay titular escondido ni promesa de revelarlo más adelante: simplemente no lo va a contar.
«Antes era mucho más libre. Ahora te tienes que cortar»

El otro gran tema de la charla es un diagnóstico sobre el oficio, y no es precisamente optimista. «Yo antes era mucho más libre. Ahora te tienes que cortar al decir las cosas por todo», ha expresado al reflexionar sobre la situación actual del periodismo del corazón y sobre lo que ella percibe como un retroceso de la libertad de expresión en televisión. No lo dice desde la nostalgia vaga, sino comparándolo con un momento muy concreto: la época en la que empezó a hacerse un nombre como tertuliana en ‘Tómbola‘.
Aquel programa, que se emitía en televisiones autonómicas como Canal Nou y Telemadrid y en el que coincidió con nombres como Karmele o Jesús Mariñas, funcionaba con unas reglas que hoy resultan impensables. Ella lo resume con una anécdota que retrata la época mejor que cualquier análisis: «Si había que llamar borracho a uno frente a las cámaras, se le llamaba. La gente bebía en el plató, era otra época». Lo cuenta sin escandalizarse y sin pedir perdón, describiendo lo que era aquello: entrevistas centradas en la vida personal del invitado y libertad absoluta para decir lo que se pensaba.
Su defensa cerrada de ‘Sálvame’: «Lo mejor que le ha pasado a la tele»

De todos los capítulos de su carrera, hay uno que defiende a capa y espada y sin matices. Formó parte de ‘Sálvame‘ desde 2009 hasta 2023, catorce años que la convirtieron en un rostro reconocible en cualquier casa de España, y su valoración no admite término medio: fue «lo mejor que le ha pasado a la tele en décadas». Es una afirmación que sigue dividiendo a la profesión y al público, pero que ella sostiene sin buscar equilibrios ni concesiones a quienes lo consideran el símbolo de la degradación televisiva.
Esa defensa encaja, además, con su diagnóstico sobre la libertad perdida. Para quien vivió primero la barra libre de las autonómicas y después el fenómeno de masas de la sobremesa de Telecinco, el momento actual —en el que sigue trabajando como colaboradora de ‘De lunes a viernes‘ y ‘¡De Viernes!’— se percibe necesariamente como un repliegue. No dice que se trabaje peor, dice que se habla con más miedo. Y viniendo de alguien que ha estado en los tres momentos, la comparación tiene el valor de quien no la hace de oídas.
Qué fue de Conchita, la del polígrafo

El apartado más inesperado de la conversación es el que dedica a Conchita, la mítica poligrafista de aquel programa, uno de los personajes más reconocibles de la televisión de la última década pese a no ser presentadora ni colaboradora. Según cuenta, a ella no le ha faltado el trabajo tras el cese de las emisiones, y el destino que ha encontrado su máquina es bastante más pintoresco de lo que nadie habría imaginado.
Por un lado, asegura que prestigiosos restaurantes de Madrid la contratan para interrogar a camareros sospechosos de robar en la caja registradora. Por otro, y aquí es donde la anécdota se dispara, sostiene que también la llaman parejas anónimas de alto poder adquisitivo para destapar infidelidades en la más estricta intimidad. Es decir, que el polígrafo que durante años sirvió para tensar tardes de televisión sigue funcionando, solo que ahora lo hace a puerta cerrada y sin cámaras, en cocinas de restaurante y en salones privados.
